domingo, 11 de marzo de 2012

Europa

A veces rozo Europa
con la punta de los dedos,
camino por la Grand-Place
cuando Bruselas es más nuestra.
Sí, en esos días
que no nos piden pasaporte
para las risas
y las niñas saborean los bombones.

Paseamos por Tervuren
recordando el Reglamento,
aquel epígrafe que defendía
nuestra residencia
y viajamos en metro
o amamos las líneas del tranvía
mientras la lluvia
destiñe la esperanza.

Y no está de moda
hacer esta asociación vecinal,
pero amo Europa
como se aman las casas viejas,
los amores viejos
y el aroma de las mandarinas,
del apio y la cerveza.
  
Y nos besamos
mientras Tintín nos señala con el dedo
y Bianca Castafiore llora.
Y entonces me escondo
en el Bosque de los Cuidados,
en las humeantes tazas
de Lady Godiva salón de thé
y recito derechos
y órganos de participación
para que Europa sea más Europa
y pueda amarla siempre
como se aman los viejos amores
que se cita en La Rose Blanche,
por la tarde,
cuando la Grand-Place
es un Parlamento de Caricias.