domingo, 11 de noviembre de 2012

Capítulo V : En el patio - 1ª Toma


          Estaba quieta la tarde, traspuesta de jazmines fragantes, cuando el aire recibió el silbido de la oropéndola que brillaba como un fuego de miel. Los pensamientos lilas y las matas de gitanillas, las hojas de la aspidistra y la confusión de la enredadera quedaron por un momento inmóviles al escuchar el canto mientras a mi madre le corría una gota de sudor por el canalillo de las tetas. Entonces se escuchó el chorro dorado de Mari Polvo que estaba en el Retrete de las Princesas meando en un cubo de zinc. Graznó un cuervo negro como un tizón de corcho y le respondió un papamoscas gris de cabecilla inquieta. Fuensanta, en la puerta de la Casilla, daba puntadas a un cuadro de Velázquez que estaba haciendo a punto de cruz, y la vecina Sebastiana remataba una orquídea de pistilo morado con la aguja sabia del crochet. La tía Nati, mucho más práctica, le había echao de beber a los pájaros y había servido un caldo del puchero aderezado con yerbabuena para que las mujeres, remisas a comer en un día de entierro, tuvieran en el estómago algo de alimento; después cogió el punto y vuelta va, vuelta viene ya estaba a mitad de un jersey verde botella que le tejía a su hijo Andrés. La prima Tomasita le quitaba las hebras a un manojo de habichuelas que cocería con papas para la cena. Cantaron, en fin, los canarios y con sus trinos de orfeón conjuntado bañaron el patio de música, Mari Polvo ya se secaba el coño con un trozo de papel de periódico y el meao iba perdiendo su calidez de néctar cuando abrió la puerta del excusado y sus labios rojos de pin-up sonrieron victoriosos.

            -Creía que me lo hacía encima -dijo, y su voz chillona revoloteó libertaria y acarició las plumas dormidas de un joven pechiazul.

            Mi madre agachó la cabeza y sus ojos de turrón del blando empezaron a soltar lágrimas transparentes, parecían diamantes líquidos de un extraño poder. Las mujeres, todas, la miraron; primero con discreción, después sin reparo y le preguntaron:
-Niña, ¿otra vez vas a empezar a llorar?, ¿qué te pasa ahora?

Y mi madre, que aún era una niña de diecisiete años, levantó la mirada con la dignidad de una soprano italiana. Las miró a todas, contó las aves enjauladas y las que revoloteaban sin restricción y pidió un vaso de agua. La pobre tenía un nudo en la garganta.

            -Venga, chiquilla, no te apures, si aquí estarás acompañá. Nosotras somos tu familia ahora, no tienes que tener miedo -dijo la tía Nati mientras la apuntaba con las agujas.

            La joven e inexperta Carmen, siempre abandonada y llena de sudor frío no podía poner freno a su congoja.

            -Nati lleva razón -dijo Fuensanta-, fíjate en mí que no les toco ná y lo bien que se portan conmigo.

            Mi madre le echó un vistazo de arriba abajo, contempló su gordura flácida, su cuerpo rebosante sobre la endeble silla de enea que taponaba la puerta de la Casilla y dio un par de berracás descomunales mientras entre pucheros decía:

               -Y es que me acuerdo de las morcillas que hacía la pobre.
            -Pero si aquí también tenemos morcillas -dijo la Sebastiana que iba todos los años a ayudarle a su madre a hacer la matanza.
         -Sí, pero son malagueñas -dijo mi madre que era de una sutileza nacionalista incomprensible en una época en la que todavía no se ponía en las latas de conservas la denominación de origen de los productos.
             -¿Qué le pasa a las morcillas malagueñas? -respondió irritada la tía Nati que tenía mú poco aguante.
             -Que no tienen cebolla.
          -Po le echamos cebolla -dijo Mari Polvo que no conocía ningún principio moral que impidiera renovar el acervo culinario de la provincia.

            Mi madre con una llantina histérica y sin saber qué responder se puso a temblar como una posesa.

            -Pero Carmencita, no seas tonta, ¿quieres que te eche una manta? -dijo Mari Polvo abrazándola. Mi madre, cabezona como era, no respondió nada, es más, siguió gimiendo igual que los dementes.
            -Es que mi madre era mú buena conmigo y me quería mucho, pa mi cumpleaños siempre me compraba habas y saladillas -dijo de pronto entre resuellos.
            -Hay que ver como la tiene tomá con las cosas de comer. Pero si aquí no te va a faltar de ná -dijo la tía Nati, ofendida ya por el desprecio que mostraba mi madre.
            -No es eso.
            -Entonces, ¿qué es? -preguntó la tía Nati.
            -No le apure usté, madre -dijo Mari Polvo-. Venga, chiquilla, tú no te preocupes -le decía mientras no paraba de mecerla igual que la Esperatriz me mecía a mí para que me durmiera y no armara ruido.
            -Es que me acuerdo del jamón de Trevélez.
            -¡Del jamón? -dijo mi tía Nati sorprendida y Fuensanta miró a mi madre con la envidia de la que solo ha probado las mantas de tocino o la manteca con chicharrones. Sebastiana, más altiva, con eso de que hacía matanzas se las podía dar de pan con tomate... Aunque todo el mundo sabía que la Sebastiana iba a ayudarle a su madre Juana, y que ésta era guardesa de una finca allá por Alhaurín de la Torre, y que el cerdo, al final, era para el señorito, que ella solo se quedaba con las pezuñas-. Esta niña está delirando -dijo la tía Nati mordiéndose los labios y con ganas de endiñarle una bofetá a mi madre que ya le estaba calentando el coño.

Bueno, eso era un decir porque la tía Nati no quería tener coño, ni coño ni ningún agujero que fuese soltando meaos, sangre o niños o tiras de flujo sin ningún permiso. A ella le estorbaba el chocho, le hubiera gustado ser una Mariquita Pérez, una muñeca sin vello y sin esa herida húmeda ahí entre las piernas. Le molestaba su sexo, le molestaba de una forma salvaje, y no es que quisiera ser otra cosa como modernamente se estila. Ella no quería tener nada que se pareciera a un bicho sin acabar de hacerse como una encia llena de saliva. Por eso cuando murió su marido, Pedro, se quedó en paz y se lavaba sin mirarse y hasta procuraba no arrascarse cuando le picaba y le ofrecía su sufrimiento a Dios, que según ella era un hombre sin nada que le colgara. Nunca sintió ardores de pasión y si los tuvo los aliviaba con bicarbonato, que era con lo que se lo enjuagaba todas las noches antes de irse a dormir.

            -Venga, rosita de abril, cara de mora, flor de la Habana, niña de Puertaoscura, yo que también he sufrío por no ser quería estoy a tu vera, ¡coño! -canturreó Mari Polvo y para ella la palabra coño tenía una significación bien distinta a la que tenía para su madre. Entre la Nati y ella había un abismo inconmensurable porque Mari Polvo hablaba con la boca de la vagina.

            Pero Carmen la de las tetas negras se arañó la cara y se deshizo el caracolillo que tenía en la frente igualito que Estrellita Castro, y sus ojos profundos como la procelosa oscuridad de un mar nocturno, y sus peinetas rojas y sus labios de carmín antiguo y sus pulseras de cuentas falsas y su ser entero y sus entrañas entristecieron con la lánguida melancolía de los que sienten la soledad como si fuera un cerdo de colmillos sucios.

            -Estoy sola. Ella fue la que me inventó -dijo Carmen refiriéndose a la difunta abuela Angustias-. Ella era la que me enseñó a peinarme, a limpiarme los oídos con las horquillas de los cocos, a pasear por la Gran Vía a ver si encontraba novio, ella me enseñó la zambra, menear las manos y lavarme los rebordes del pandero pa que no me quedaran mijillas.

            Se hizo un silencio de rapto, hasta los pájaros parecían atragantados. ¡Por Dios, como se podía ser tan, tan...! No sé.  La tía Nati, roja como la mercromina, dentro de su vestido de duelo eterno parecía que iba a estallar; la prima Tomasita que hasta entonces había estado absorta como una muerta mientras limpiaba las habichuelas dijo un ¡ay! de opereta y en pie en medio del patio lanzó su discurso.

            -¡Ay, el pandero!, la pipitilla como el hueso chico de una chirimolla, los labios blandos, tó el manojo de pelos de alrededor y ese túnel hondo por donde entra la picha del Andrés, y allí, al final, algo así como una cebolla enana que empieza a soltar lágrimas. ¡Ay, el higo!, ¡cuánto me gusta que me lo toquen! ¡Ay!, ¡qué lástima me da cuando se pone estirao como si le echaran almidón porque al pobre no le hacen caso! ¿Sabéis lo que os digo?, ¿verdad?, cuando parece que va a hablar y que dice échale, échale que ya no puedo estar sin que me rieguen. ¡Ay, ay, ay!, cuando te magrean tó el culo y se te ponen los vellos de punta, y a tu marío se le escapa la mano pa la entrepierna y está allí dale que te dale hasta que te chorrea a las patas abajo. Eso es lo mejor, que te chorree y después te la meta; entonces, entonces es cuando entra sola, sin calzador, como una alpargata vieja. ¡Ay, ay, ay! Y después. en la palangana, con agua fresquita, olé, olé, olé. Mira que te lo agradece el joío. ¡Ay, Dios mío qué gusto cuando te hacen trencitas y el coñito negro es un torito que bufa! ¡Ay, qué gusto cuando te quitan las telarañas y se te remueve el cuerpo como si fuera un tren! Eso es mejor que comer, y mira que es bueno comer. ¡Anda!, y cuando entra poquito a poco como si fueran los pajes de una cabalgata; esa elegancia, ese vaivén. Y de pronto, toma ya,  te dan la puntilla torera. Y si encima te maman las tetas, ya eso no tiene precio. ¿Es que no os han mamao nunca los pezones?, ¿verdad que parece que van a estallar flores de las ubres y del ombligo te van a salir ramas de canela y granitos de café? ¡Ay!, cuando te muerden el pescuezo mientras te están dando empellones y te meten la lengua en la oreja y te dan bocaos y te hacen palmas las aletas. Eso sí que es requeteprecioso.

            -¡Cuñá!, ¡Dios mío!, no te conozco -dijo Mari Polvo.
            -Cómo me vas a conocer ni tú ni nadie si llevo seis meses sin catarlo con la mierda de la máquina del tiempo.
            -¿Eso qué es? –preguntó la inocente de mi madre.
          -Un artilugio que está fabricando mi Andrés y que nos dará de una puta vez la oportunidad de alternar con los Europeos. Vaya, que ya no vamos a ser unos atrasaos.
            -¿Estarás desesperá? -dijo mi madre dando jipíos-. A mi marío también se le ocurren cosas de esas, siempre pensando en los demás… Y digo yo, esa máquina podrá correr para atrás, así podría charlar con mi madre, se me han quedao muchas cosas en el tintero –dijo Carmen de las tetas negras con su voz casi infantil, y se secó una lágrima profunda.
            -¡Yo qué se! Lo que sí sé es que a mí me tiene desatendía con la leche de la invención.
            -¡La  má-qui-na  del   ti-em-po! –dijo mi madre acariciando las sílabas y con sus ojos velados por una cortina de agüilla salada. Sus ojos o el origen de un mar diminuto.

                                                                                              (Continuará)





domingo, 4 de noviembre de 2012

Portada









Poppy Plus, que ha leído a Nabokov setecientas veces y en cada una de las lecturas ha llegado a la misma conclusión, hasta que un día, sin saber cómo, cayó en sus manos Leer Lolita en Teherán de Azar Nafisi, y cambió su mundo y sus enrojecidos ojos, quemada la vista por Instagram.

Poppy Plus, digo, ha decidido dejar por un momento Twitter y escuchar las voces de las mujeres en el patio. También me ha dicho que ya no le importa que la llamen cursi o, incluso, un poco kitsch. Poppy Plus se ha enamorado, pero enamorado de verdad; conduce rápido cuando se cita con su amado, empuja los ascensores con sus propias manos para llegar cuanto antes a la casa de ese ser que le hace decir tonterías como: “Te quiero para toda la vida” o “Je t´aime. Moi, non plus”.

Poppy ha crecido, sus editores miran para otro lado, buscan otras voces. Pero a ella todo eso le trae al fresco, a punto ha estado de clausurar su Tumblr, su Goodreads y su blog, que ya considera anticuado. Por supuesto, no puede darse de baja en Facebook. En fin, ella dice que ha descubierto la intimidad y que ahora no puede prescindir de la noción de “secreto”. Le he dicho que no se ponga tan estupenda, que ni tanto ni tampoco, que necesitamos sus hermosos versos, y que en la vida hay una cosa que se llama el término medio.

Poppy me ha hecho esta portada, un tanto desconcentradamente, ya les he comentado que ahora no piensa ni en su obra ni en el desayuno diario; vive enajenada, que es otra forma de estar en sí misma, eso dice. Poppy será una excelente escritora, ahora está un poco sobrevalorada, pero nunca vienen mal los refuerzos excesivos.

Mientras se decide a escribir la Gran Novela que la catapulte no sabemos bien adónde, porque los universos literarios están todo el día en continua modificación, ha decidido pararse, respirar, y oír. Oír las voces que había despreciado, tal vez por tener un excesivo color local, tal vez porque no habían leído a Nabokov… Ni a Mary Shelley. En fin, todas tenemos algún que otro prejuicio.


El Capítulo V, de La Reina de la Morralla, titulado “En el patio”, comenzará el próximo domingo. 




domingo, 28 de octubre de 2012

La cólera vigilada


                        De los tejados,
                        de los picos de los pájaros,
                        de la luz
                        y las ventanas.
                        De aquellas cortinas cobardes
                        y de aquel otro silencio
                        sale una violencia atolondrada.
                        Y el desprecio del torpe molinero,
                        el mismo que cansado de amasar
                        se echó junto a la fuente,
                        cerca de la jara y los palmitos
                        que sombrean su última pesadilla.

                        “Maldito hombre
                        que te levantas entre azules
                        y sin respetar el sol
                        ni el ritmo inventas tu
                        fracaso en otros ojos.
                        Maldito hombre
                        que no conoce el valor
                        de la levadura”.

                        Así habló el pastor y
                        bajó la cañada fresca
                        de los cerezos:
                        “Maldito hombre
                        que no conoce el color
                        de la amistad,
                        que no aprecia el recto
                        laberinto del horizonte,
                        invitación sencilla”.

                        El pastor buscó el arroyo
                        con la sed de su boca
                        y sobre el pecho
                        una incesante cautela
                        le hacía aún llorar.
                        “Maldito hombre
                        que no comprende el pulso
                        de las aves,
                        las tiras azules de la tinta,
                        el valor del pan.
                        Maldito hombre que
                        nos hace a todos tan desgraciados”.
                        Y el pastor deshizo su honda,
                        buscó el tirachinas
                        y el aire gimió
                        como un animal.
                        “Maldito hombre”,
                        mientras sollozaba
                        con la dignidad
                        de los esclavos.

                        Sobre las amapolas y las lilas,
                        entre las hierbas y
                        las flores blancas dejó su cuerpo.
                        Y las cabras, libres,
                        perdieron su orden.
                        El molinero sin pan,
                        el pastor sin leche.

                        El pastor se quedó dormido
                        y cada pérdida
                        abunda en el invierno
                        y se allana todo de desdichas.
                        María fuerza entonces los cereales
                        para que no se enturbie
                        la claridad del hambre
                        y el río despacha el agua
                        entre los álamos,
                        y la sombra apacigua
                        el dolor y también
                        el sueño de los egoístas.
                        Dormido está el molinero
                        junto a la fuente.
                        Duerme el pastor
                        cerca del arroyo.

                        Cansada también María
                        de llevar ese nombre
                        abandonó el trigo y la cebada,
                        el cuidar laborioso
                        de los riegos que en la tarde silban
                        al hallarse sin sol.
                        Y la antigua María
                        acechó la corriente de las aguas,
                        el ruido de las barcazas,
                        humedad y madera,
                        y como un nido
                        allí estaban los brazos
                        de un remero que
                        olvidó en el invierno
                        volver al reino de
                        donde salió joven.
                        Y río abajo se
                        fueron los dos
                        y dejaron aquella
                        tierra perezosa,
                        y si se quieren despertar
                        que se despierten.

                        “Y entonces ¿qué quieres que te diga?
                        ¡Que mi voz se preste a
                        tu voluntad pequeña
                        de ebrio
                        y agitado como una interrogación suave
                        pero con la temperancia de una llaga?
                        ¡Que ensucies mi camiseta blanca
                        con tu ardid de reyecillo
                        y que me proclames
                        pan
                        señalado con tu artera?
                        Ya basta, contradictor,
                        engañante.
                        Ya basta, remero”, dijo ella,
                        y se lanzó al agua:
                        la antigua María fue sirena fluvial.

                        El remero
                        lloró silencio de sus ojos tibios.
                        “¿Cómo he podido ser tan bocazas?,
                        ¿cómo he podido exigirle
                        que me teja un jersey?,
                        ¿cómo se me ocurrió
                        pedirle que contestara
                        con mis respuestas sabias?”.
                        Y desde allí navegó
                        con angustias en el pecho.
                        Se preguntó también
                        si debía volver,
                        si comprar algún regalo,
                        si su mujer estaría sentada
                        en el umbral de la puerta,
                        si su cama de olivo
                        habría sido ultrajada por deseos
                        medios,
                        si su hijo reconocería su hazaña
                        o tal vez desdeñaría su aventura.
                        Si al fin y al cabo
                        no le llamarían farsante.

                        Estaba la tarde echada
                        como siempre bajo las cortinas,
                        avariciosos los secretos
                        y el sol que amaneció tan grande,
                        hinchado:
                        un seno naranja,
                        una boya en el rostro de ese mar
                        sin límites.
                        Estaba el sol allí,
                        sin pobreza,
                        cuando el molinero abrió los ojos
                        legañosos:
                        “¿Dónde están?”.
                        Nadie quedaba en el valle,
                        sólo el sueño del pastor escondido
                        tras una mata de marihuana.
                        “¿Dónde están?”, berreó, y
                        el miedo en sus manos blancas
                        y el sudor,
                        y la soledad al fin con la fiereza
                        del que nada cuida
                        se representó en su mente, soberbio.
                        Y entonces... Sí, fue entonces
                        cuando la tarde se echó
                        como una costumbre
                        olvidada de su astro
                        y sonrió vacía,
                        pero ella.

                        En la noche de la sierra
                        donde la sierra es nada y se pierde
                        y tan solo
                        y tan pequeño
                        y sin pan...
                        Las estrellas con su sed de preguntas,
                        las estrellas con su curiosidad brillosa.
                        En la noche de la sierra
                        anda al sur el molinero,
                        duda y vuelve al este,
                        desengañado quiere norte
                        o violento o con llanto
                        o sin voz grita,
                        solloza, y contesta la rana
                        en su vigilia verde.

                        Fue por la mañana
                        cuando crujió una hoja de periódico,
                        olas agudas rompían
                        en una playa de metal y asfalto:
                        el molinero encontró la salida.
                        Al cruzar la autopista
                        le llovieron cláxones,
                        fuego por sus oídos fríos
                        y muertos y sin amigos susurros
                        y sin nada y sin ropa
                        se metió en la ciudad.
                        “Busco un ángel”,
                        dijo el molinero
                        con los pies hinchados,
                        igual que cualquier joven
                        que arrastra la noche hasta su cama
                        y duerme ya de amanecida
                        con el áspero sabor del alcohol que
                        no se brinda.
                        “Busco un ángel”
                        y rieron los compradores
                        del centro comercial,
                        las anchas bocas de los cajeros
                        y los guardias de tráfico.

                        La sirena vencida y extrañada
                        ensaya temblor.
                        ¡Qué mentira más grande!
                        El dolor de sus manos, el vértigo
                        principal
                        que se ciñe en su vientre, en sus
                        muslos, en su corazón trabajado
                        y en sus dedos y en aquellos brazos
                        que tanto nadan,
                        el dolor no finge
                        sino que corre,
                        ensaya serenos aires y es mentira,
                        mentira todo,
                        engaño sobre engaño,
                        cabalgada,
                        y aún cuando la vean muerta
                        dirán que es mentira
                        y que nadie jamás
                        le faltó el respeto.
                        Hunde la cabeza,
                        y el peso de las aguas dulces
                        le prueba
                        que le hicieron la mentira
                        para armar su detención.

                        Y llega lo diáfano,
                        un cultivo con sus ciclos,
                        una página elaborada,
                        muy elaborada,
                        que regresa a su cita,
                        ¿Y que le queda?
                        Otra brazada,
                        venga,
                        otra brazada.
                        Y el reloj pequeño
                        no está en su muñeca,
                        ni late
                        ni quiere.
                        ¿Alcanzará el delta,
                        aquella desembocadura azul
                        o quizás
                        se ahogue
                        como una de esas sirenas,
                        una más,
                        rechazada con terror?
                        En ese instante era
                        cuando le mordían las pirañas.

                        Y sobre las mejillas,
                        roja la pintura de la guerra.
                        “¡Ah, ah, ah!”, gritos de tribu,
                        siglos y siglos de sincronía
                        en los barrios marginales,
                        siglos y siglos
                        de carmín
                        ahora sobre los pómulos.
                        “¡Ah, yes, oh!” ¿Merece
                        la claridad de su inocencia
                        una irritación tan temprana?,
                        “¡Fuck!”, dijeron las ninfas-larvas
                        y salieron de su envoltura.
                        Salvada la sirena dejó su voz:
                        “Mami, Papi, ¿qué habéis hecho de mí?,
                        ¿os acordáis aún cuando iba en bicicleta
                        y buscaba vuestro calor de níquel?
                        ¡Oh Mami, Papi, hermanos,
                        qué sola en esta redecilla!
                        ¡Qué sola con sabandijas,
                        con cualquiera!
                        ¡Oh, Mami, Papi, hermanos,
                        sentíais mi túnica pesada,
                        mi varita mágica...
                        Pues veis, ya está
                        varada en este fango.
                        A deshora llegáis,
                        encallada en el necio olor
                        de la primera vida.
                        ¡Oh, Mami, Papi, hermanos, cómplices
                        que pedíais palabras
                        para rellenar vuestro fugitivo honor!
                        ¡Oh, Mami, Papi, cómplices, hermanos,
                        oíd
                        lo que sé hacer con una fuga!”


                        La sirena se zambulló en el océano.
                        El mar estaba abierto y frío
                        como una brusca verdad.
                        “¡Humm!”, ¡qué deseo, por fin!,
                        ¡qué deseo!
                        El mar tenía el gris general
                        y el brío de un viaje.
                        Gris es un color de velo,
                        de viento y mecida,
                        albero de ceniza y espigueo
                        de peces llamativos.
                        El mar,
                        por fin, estaba frío.

                        El pastor observó el tordo y su vuelo,
                        y los perros acariciaron con sus hocicos
                        aquellas manos niñas.
                        Bebió del río,
                        descubrió que ella no estaba.
                        Sacó el papel fino y lió las hojas
                        del arbusto.
                        Fue medio adormecido,
                        con aquella tranquilidad de lluvia
                        que supo lo que era el amor:
                        un grano de arroz, pura caligrafía,
                        almuerzos y cenas,
                        cierto placentero rumor distinto,
                        alguna brisa
                        que le acarició la cara
                        y se arropó en la harpillera.
                        Ya estaba preparado para mirar al mundo:
                        las infinitas teleseries,
                        el hampa,
                        la valentía de las lágrimas,
                        el impuesto del pudor.
                        Nueva calada,
                        harina sobre la hierba:
                        él también se había ido.
                        Y celados sus párpados suaves
                        conocieron descuidada la memoria.
                        “¡Bah!, ¿qué más da?”
                        Fue medio adormecido
                        con aquella tranquilidad tan nueva
                        que miró los castillos en la umbría,
                        los setos acompañados de pájaros,
                        las crías que la naturaleza regala,
                        los brotes que los árboles sirven,
                        la paz de la lechuza.

                        En cambio el molinero olvidó
                        la calma de las tormentas,
                        el padecer del débil,
                        los ecos que a veces lo callaban.
                        Había zarpado de su corazón de hombre
                        y llevaba el ancla de los esqueletos
                        como un soldado
                        que entona la última canción bélica.
                        Un montón de huesos y
                        de jaleos torvos.
                        Era la sombra de alguien
                        que dio frutos aunque fuesen obligados.
                        Y se miró las manos viejas,
                        el paladar viejo de derrotas que
                        se anunciaban victorias.
                        Y acarició la llamada,
                        aquella llamada de los antiguos
                        clientes que golpeaban su puerta
                        con la fruición del pan,
                        de aquel pan que él había perdido.
                        Y entre el ruido de los autobuses
                        y los camiones, los insolentes deportivos
                        y las motocicletas,
                        consideró el grosor de su mudanza.

                        “¿Cuál es la historia de este mar?
                        Un mar sin corrientes”.
                        Nadaba la sirena.

                        “¡Se filtra honda esta yerba!”.
                        La música más allá de su ambición,
                        y bajó la cañada con su rebaño el pastor.

                        “Raro este vacío entre las manos.
                        ¿Qué puede suceder?...”, dijo el molinero.
                        Y el mundo era un arco
                        hacia la nada.

                        El remero llegó a su casa,
                        se hizo un bastón
                        de caña y cuando su mujer
                        le preguntó cómo estaba
                        el mundo
                        dijo que ya no era el mismo,
                        que había mucha confusión,
                        que nadie quería ser
                        lo que había nacido.
                        “Afortunadamente”, dijo ella,
                        y se fue con la correcta lucidez
                        de quien ha esperado siglos.