domingo, 28 de abril de 2013
Dos noticias
1ª Noticia
Ha salido un mapa-guía de Córdoba para que las personas que vengan a visitarnos no se sientan extranjeras sino una más de la ciudad. Aquí está el enlace por si lo quieren ver. Colaboro con una pequeña recomendación.
http://use-it.travel/cities/detail/cordoba/
Se trata de un proyecto muy interesante llevado a cabo por Jesús Taguas y su equipo. La prensa de Córdoba recogió así la noticia de la presentación:
El Día de Córdoba
Diario de Córdoba
Cordópolis
Yo soy una europeísta convencida, incluso en los malos momentos. Si os apetece podéis releer Aquí mi poema Europa
2ª Noticia
Ha salido la revista El invisible anillo. Colaboro en ella con un cuento titulado Breve paseo por el boulevard de las cuentistas. Aquí va el enlace por si le interesa a alguien comprarla: Revista
Está editada por la editorial Eneida, con su acostumbrado cuidado.
domingo, 21 de abril de 2013
Taller realizado con la asociación Kaifa
Durante los días 8 y 9 de Abril he dado un taller de literatura a las mujeres de la asociación Kaifa.
Empecé pidiéndoles que me dijeran lo que ellas podían enseñarme. Así rompíamos la barrera entre monitora y participante. Pretendía alejarme con ello de las tediosas presentaciones clásicas o de las animadas presentaciones en la que nos hacemos pasar por Sócrates, y nos convertimos en obsesos de la mayéutica. Apuesto, por tanto, por el respeto de los saberes de todas y una relación de tú a tú en la que intercambiamos conocimientos educadamente y nadie es una página en blanco, sino un lienzo lleno de matices.
En el taller leímos poemas de Concha Méndez y de Celia Viñas y buscamos nuestras raíces en el Lyceum Club Femenino de Madrid de 1926.
Al finalizar cada sesión bailamos juntas. El final siempre lo marca la canción "Fiesta" de Rafaella Carrà.
Es importante saber divertirse y bailar y no pisar a nadie.
El lunes 15 hubo un recital en el Centro Cívico organizado por la Asociación Literaria Kaifa. Primero leyeron las integrantes de la Asociación Literaria Hasday: Juana Reina, María Romero Bodoque y Pepa Cabello.
Después leyó Matilde Arquero Mata y dos integrantes del Grupo Poético Wallada: María Romera Durán y Rafaela Sánchez.
También leyó María Ribera. Y la música la puso la guitarra de Daniel Martínez López.
La Asociación de Mujeres Kaifa pensó en mí para presentar el acto. Y me siento muy agradecida por ello. Aquí estoy junto a la junta directiva: Mª Ángeles Arquero y Paqui Villatoro quien recitó un poema de Mario Benedetti para cerrar el acto.
domingo, 14 de abril de 2013
Capítulo VII : La temprana edad - 6ª Toma
La
habitación estaba silenciosa, sólo los pasos de Sole y sus tacones prestados y
coloraos señalaban una extraña temporalidad, era el diapasón de los ritmos
inquietos, parecíamos dos torpes cazadoras. Bordeamos la endeble hipotenusa que
separaba la infancia de la vejez y entramos en el aposento de la tía Nati, que
era antiguo y teatral como la palabra misma que lo describe. Al fondo, pegada a
un muro extrablanco y sin ninguna decoración había una cama llena de clavos
como la que años más tarde vi en el Circo de la Unión. ¡Qué extraña visión!
Allí, ¿allí era donde dormía la tía Nati? Iba a preguntárselo a Sole cuando vi
su cara pintarrajeada desposeída de todo maquillaje y con la frescura del ser
temprano y asustado que de pronto se había limpiado y se mostraba sin máscara.
-¿Qué te pasa? -pregunté. Le temblaban mínimamente las
manos regordetas y sus ojos inmensos y verdes y su pelo rubio y toda ella
mostraba una desazón impropia y sutil. Sus labios se abrieron y se cerraron y
aunque hablaba no llegaba a pronunciar palabra. Yo me acerqué y mis cejas la
interrogaron con apremio. Había un abismo entre las dos. De nuevo habló sin
decir nada. Sólo sé que no podía aguantar su malestar creciente y esa cara tan
hermosa llena de una represión tan clara-. ¿Qué te pasa? -le volví a preguntar,
las dos éramos chiquitillas como coquinas y sin embargo ya habíamos aprendido a
desconfiar la una de la otra-. Yo soy tu amiga -Sole sonrío y me recordó que no
hacía mucho le había dado un empujón que casi la mato-. Te reíste de mí -le
contesté.
Guardamos silencio, supongo que sopesaba el pequeño
delirio en el que estábamos metidas y la necesidad de deshacer aquella
pescadilla que se mordía la cola con una fiereza ya añeja. Le di tiempo, es que
en su casa eran minimalistas y no solían utilizar ni muchas palabras para
expresarse ni mucha dorada a la sal ni mucho espacio, la nevera la tenían en el
salón, en la cocina escaseaban los platos desde que su madre los rompió en un
arrebato y dormían arrejuntaos los hermanos como piojos en costura, así que le
di tiempo, menos mal que mientras tanto los clavos de la cama de tía Nati, por
un proceso alquímico muy difícil de explicar ahora, se convirtieron en oro y
empezaron a deslumbrarnos como si las dos estuviéramos sentadas en el filo de
un balcón mediterráneo.
-Yo también sufro -dijo con esa voz de cabello de ángel y
esa dulzura pequeña de la que ya antes del parvulario ve que el futuro es una
muralla insalvable.
-No te preocupes -le dije-. Siempre nos podemos escapar
-me sonrió-. Sí, podemos meternos en una Ballena.
-¿En una Ballena?, ¿eso qué es?
-Un pez mú grande donde cabe tó el mundo.
-¿Tan grande?
-Si un avión se cae al agua, a la gente que va dentro no
le pasa ná porque la Ballena los salva.
-Pero nosotras no vamos en un avión.
-Ya, por eso tenemos que escaparnos, irnos pa la playa,
echarnos al agua y buscarla.
-¿Ella no viene a recogernos?
-No, no puede acercarse a la orilla. Somos nosotras las
que tenemos que ir hasta donde ella está.
-Yo no sé nadar.
-Yo tampoco, pero no importa, aprendemos.
-¿Y allí vamos a ser felices?
-Sí, todos los días. Allí hay de tó y nadie nos va a
regañar.
-¿A ti quién te ha dicho eso?
-Yo que lo sé.
-¿Cómo se llama la Ballena?
-Ballena y ya está.
![]() |
Dibujo realizado por Cristina Vela |
En aquel momento llegó mi madre sigilosamente con la
labor en las manos, metía el dobladillo a un vestío que le estaba demasiao
grande. Dijo que tenía el agua prepará para lavarme, que estaba mú sucia, que
dónde me había metío pa estar toa llena de churretes. Miré a los ojos de Sole
que estaba calmada y me sonreía con esperanza, le hice una señal que ella
comprendió rápidamente y decidimos telepáticamente guardar silencio. Pero mi
madre, que no había aprendido aún los dones de la discreción, le dijo a mi
padre que tenía una hija mentirosa que decía haber visto un pescado gigante y
mi padre, al que le hizo gracia la ocurrencia, me dijo que las niñas no mienten
y cogió el esqueleto niño de mi Ballena y lo envolvió con la barroca fraseología
del que no sabe imaginarse una fe sin aditamentos.
Porque
para Sole y para mí, la Ballena no era un animal sino una posibilidad alejada
en la bruma, que intentábamos alcanzar desde el Balcón de las Utopías donde,
desde que me llamaron mentirosa solíamos escondernos, y es que ella cada día
necesitaba escuchar noticias de aquel ser que nos estaba esperando en el
horizonte y muchas tardes, mientras caían flores violetas en el cielo acabado
del día, me preguntaba con inseguridad: “¿Tú crees que seremos capaces de
encontrarla?” Y yo le decía muy convencida que sí y Sole me miraba con sus ojos
ágrafos y con la melancolía de las que se sienten desde el principio derrotadas,
y es que Sole era tan minimalista que no tenía ni voluntad.
Mi padre sí que tenía voluntad de embadurnarlo todo y
echaba patrá y palante el calendario para apuntarse tantos y decía
barbaridades tan grandes como que la Ballena se llamaba Rafaela o que había que
matarla porque tenía mú mala leche, y que lo mejor era hincarle un arpón a ver
si escupía de una puta vez a un niño de madera que tenía dentro y que era mú
malo y mú desobediente.
Pero
nosotras, que habíamos descubierto el Balcón de las Utopías no estábamos
dispuestas a abandonar nuestras ilusiones simplemente porque Jimmy Sailor diera
argumentos de autoridad porque él había estao embarcao y nosotras no. Así que
hacíamos oídos sordos y poníamos cara de póquer y subíamos por la Espiral de
Témpanos que había tras la cortina de la Ventana Tapiada del aposento; y allí
en el Balcón charlábamos de nuestras cosas, y veíamos la parábola lejana de
aquel pez resbaladizo que nos hacía asomarnos de puntillas y crecer y crecer y
no parar de crecer y estábamos dispuestas a todo, a todo menos a pasar por el
Patio de la Hablación para que a cualquier gilipollas o a cualquier rancia o a
alguna indiscreta les diera por cortarnos el resuello.
(Fin del Capítulo VII) (Continuará)
domingo, 7 de abril de 2013
Capítulo VII : La temprana edad - 5ª Toma
A la Empanada de las Edades se entraba por el ángulo
extremo y siniestro del Zaguán, el recinto estaba dividido en dos por una
celosía de madera castellana, en el triángulo de la izquierda los niños tirados
en una manta hablaban bajito.
-¡Os pillé!
-El juego ha terminao -dijo Currito Tirachina.
-Pero podemos empezar de nuevo -propuso Marco-árbitro.
-No, es mú aburrío.
-Mejor jugamos a las casitas -dijo Sole que llevaba un
vestido floreado y los tacones grandes que le había robado a su madre y la cara
pintarrajeada y un olor a vejez prematura.
-¡Niños, callarse! -dijo la tía Nati desde el otro lado
de la celosía y se escucharon los abanicazos pausados de una mujer que imagina
todas las musarañas posibles e imposibles durante las horas del mediodía-. Mira
que si no voy a llamar pa que os den jarabe de palo.
Todos cerramos los ojos y nos hicimos los dormidos, yo
también. Allí, revueltos sobre la manta de rayas negras y naranjas parecíamos
estar sobre una balsa; eso dijo mi primo Billy que actuaba como un capitán y
hasta tuvimos que hacerle caso y quitarnos los zapatos, y de nuevo nos mandó
callar la tía Nati y prontamente cerramos los ojos y apretamos los párpados
para obligar al sueño.
Desesperado vino un olor a mondarinas, era de unas ramas
que Currito Tirachina había cogido de los árboles que había en el Solar de los
Desahucios.
-Huéleme las manos -me dijo muy bajito, cerca su boca de
mi oreja. Yo le hice caso.
-Las ramas las he cogío yo -dijo mi primo Billy con tono
de propietario y sin saber por qué esquivé su mirada-. Venga, vamos a dormir.
De nuevo intentamos cazar la región donde el reposo tiene
su reino de velos. Me puse boca abajo agarrada a un cojín muy blando, a mi
izquierda estaba Currito, a la derecha Sole, que con su boquita de pez dormía
ya al lado de mi primo Marco, y al lado de mi primo Marco estaba Billy. Una
colcha de calor nos dejó rendidos y no recuerdo ninguna imagen subrepticia que
se colara en mi mente. Estaba en la profundidad que sólo dan la hora de la
tarde y la inconsciencia más joven cuando mis pies desnudos sintieron el roce
de una flor mojada, instintivamente quise desahacerme de ese contacto, los moví
con rapidez, pero entonces unas manos los abrazaron como si fueran pajarillos
que debieran ser calmados, levanté la cabeza con trabajo, se desplazaba
amodorrada y me encontré con la sorpresa de los ojos esquivos de mi primo
Billy.
-¡Déjame en paz! -le dije.
-¡Chisss! -respondió tendido como un vasallo-. Cállate
que vas a despertar a los otros -y empezó a darme besos seguíos entre los
dedos.
-Que me haces cosquillas. ¡Déjame ya!
-¿Qué pasa aquí? -dijó mi tía Nati vigilante justo detrás
de la celosía, y a mí me dio miedo su mirada apagada de anciana muerta en vida,
y a mí me dieron lástima los ojos suplicantes de mi primo que me pedía que no
lo delatara.
Se hizo un silencio de rito y la somnolencia abrió sus
brazos más tibios mientras mi primo, seguro de mi complicidad, se pasó todo el
rato que le vino en gana besándome los pies mientras decía:
-Parecen
sapitos.
Que no, que no es un rape, que es un sapito chiquitito. |
Que son sapitos fritos, emborrizados en harina de maiz para que a los niños y las niñas que no soportan el trigo no se les hinche la barriguita con el gluten. |
Fue
grande ese día en que no tuve envidia de los tacones robados de Sole y aprendí
la utilidad de ir descalza por la vida. Me acuerdo perfectamente, me acuerdo
con la gratitud de la inocencia. Me acuerdo a pesar de que haya pasado el
tiempo y sucesos imponentes o importanciosos amores hayan querido dejar huellas
indelebles en mi ser no para satisfacer la voluntad de mis deseos sino para
señalar la soberbia de sus hazañas eróticas. Me acuerdo de la ingenuidad de un
acto sin ninguna pretensión excepto la del goce, y me acuerdo porque fue una
muestra de sencillez que me sirvió para comparar otras experiencias y el grado
con que se miden todos los verdaderos agasajos: la intensidad de la paciencia
que el amado está dispuesto a soportar. Se trataba de un juego entre niños. Qué
distinto de los actos llenos de cultura con los que desfilamos durante toda
nuestra vida y nos engañamos ocultándonos en justificaciones de pertenencia.
Confieso
que llevo aquella herencia y que hasta ha conformado mi forma de andar, tal vez
para no estropear las caricias que llevo dibujadas en las plantas desde
entonces. Bueno es saber que el amor muchas veces tiene la ignorancia como
prenda y que no la utilizamos frecuentemente, también es bueno el sorbo del
vino que se derrama suave y la entrega esmerada de los dátiles y la sed y el
viento que nos acaricia la cara con la sal del mar. Bueno es conocer cuáles
fueron las raíces de nuestra forma de querer. En fin, Venus (la que nació en
Chipre, ¡Oh, la bella Chipre!) tiene caprichos que hay que respetar, sobre todo si nos encariñamos de
sus pacíficas formas tan distantes de las arriesgadas aventuras que quieren
grabarse a fuego para hacernos esclavas.
Cuando nos despertaron para la merienda mi primo se
olvidó de mí y yo de él aunque eso sí, respetamos el silencio que nos había
cobijado con la madurez que da la cordialidad. Para merendar nos dieron un
dedal de vino dulce y pan con chocolate. Mientras saboreaba el chocolate negro
había una imagen que no se me borraba: los ojos de mi tía Nati a través de la
celosía, esos ojos viejos y enmarcados en un resentimiento tan visible que se
hacían insoportables, esos ojos proporcionaban una mirada extravagante como una
hoz dispuesta a seccionar todo lo que antes a ella le habían seccionado. Era
muy distinta a la mirada de mi primo Billy llena de pudor, sí, del pudor que
persigue a los desvergonzados.
Pedí a
Sole que me siguiera, ella me dijo que no, pero yo ya había descubierto la
palabra gracias al silencio del Baúl Inspirado, de los consejos recibidos
dentro del Armario de las Ausencias y de la presencia inexistente de la
Esperatriz que contaminaba su cuarto entero con símbolos generosos; así que la
convencí. Y las dos entramos de nuevo en la Empanadilla de las Edades, sentía
curiosidad por saber qué había tras el biombo.
(Continuará)
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