domingo, 28 de julio de 2013

Capítulo IX - Locura : 1ª Toma



        Mi madre (es decir, también yo, en cierta medida, la Reina de la Morralla, porque los personajes están genéticamente entreverados) probó la locura el mismo día en que Jimmy Sailor (es decir, otro, alguien, cualquiera) tonificaba los treinta y un pares de nervios espinales practicando la postura llamada Vakrasana del Yoga. Aquel día, cuando Carmen la de las tetas negras salió al mercado de las Atarazanas para comprar unas poquitas de almejas y una pescadilla para hacer un cocío pescao se le reliaron los puestos en la cabeza y empezó a extraer conclusiones grotescas a propósito de la morfología de las frutas. Hacía viento en abundancia y resonaba en las arcadas la lascivia del aire violador cuando Carmen agarró un plátano dorado y se puso a chuparlo mientras tanto, sus oídos estaban abiertos y penetraban por ellos los más minúsculos ruidos: las tragantás de saliva de una mujer que estaba en el otro extremo de la plaza, las toses del pescadero que limpiaba la merluza, el crujir del bigote de Domingo el de la carne, la caída de las gotas de sudor de Pestañitas que vendía ajo y yerbabuena, también laurel.

            Mi madre, una vez que engulló la amarillez pajiza de la bananilla canaria, cogió dos limones y se los metió por dentro del vestío y paseó por los corredores del mercado mientras pronunciaba activistas eslóganes. Después cogió una zanahoria y en la mantequillería la embadurnó de grasa, y de esa guisa se la metió en las bragas sin parar de reír como una posesa insolente excluida de por vida de los cuadros de Mari Pepa Estrada.

            Y es que mi madre era un personaje demoledor y abstracto, taciturno y beodo, corrientosa como el agua y exacerbada y color lombarda las encías y eminentemente fumadora. Todo el mercado se sublevó y ella encabezó una manifestación gloriosa mientras mostraba sus senos desnudos de yunques ahumados como los de Soledad Montoya, y en el brazo derecho portaba una bandera tricolor y en el izquierdo un pez espada. Aquel día volvió a la Metacasa guarnecida de verde por dos guardias civiles a los que ella les intentaba arañar la entrepierna, antes le habían echao una foto para tenerla fichada. Mi padre, que en aquel momento se encontraba en plena Matyasana, con las bullas y sin darse cuenta, al ponerse en pie, se quebró una pierna.

            -Su mujer está como una cabra -dijo el número de la esmeralda pareja de hecho.
            Y mi padre respondió:
            -Un torbellino no dura toda la mañana. Un chaparrón no dura todo el día.


Mercado de Atarazanas


            Carmen la de las tetas negras, que escuchó cantar a los pájaros sobre el viento voraz encarcelado en el patio, empezó a gritar que los canarios hablaban como si fueran niños pobres y que la calandria estupefacta y a oleadas decía plegarias inteligentes. Mi padre, que no había visto nunca a su mujer tan lúcida abrió la puerta y echó a la benemérita a patadas. En el fondo se querían. Se quedaron los dos solos y Carmen le dijo a su marido que lo de la pierna quebrada era una señal del infierno que le anunciaba la partición de los bienes maritales. Jimmy Sailor, que pensaba que su unión era indisoluble se enojó como un cosaco y le preguntó a su mujer que qué pretendía con aquella declaración de independencia. Carmen la de las tetas negras dijo que lo que buscaba era su cuerpo, su propio cuerpo para ella sola, para disponer a su antojo de cada uno de sus poros, inclusive cuando hubiera cambio estacional. Que él la engañaba, no dejaba de engañarla sin parar y que ya estaba harta.

            Mi madre, entre otras cosas, dijo que se sentía como si se le hubiera muerto toda una pequeña ciudad dentro de sus pechos negros de fumadora y que ese dolor era intransferible, que era un dolor tan inmenso como un terremoto y que él era un hijo de puta desconsiderado que nunca había respetado el duelo de esa pérdida tan inesperada y que por eso le había castigao el señor y se le había partío la pierna, para que sintiera los dolores que había padecido ella. Sin transición posible y no sé por qué extraña analogía mi madre empezó a hablar de su madre y dijo que su madre tenía el sudor dulce y no hablaba casi nada y que hasta regañaba descaradamente con ella mientras vivía, pero que ahora le resultaba insoportable tener la certeza de que nunca la iba a volver a ver, que eso no se lo deseaba ella ni a su peor enemiga. Mi madre dijo que echaba de menos la forma en que regaba las macetas, su manera de hacer las “almondigas” y ese desparpajo geográfico que demostraba y que le hacía distinguir tan bien las carreteras de los campos sembrados de cebá.

            -Carmen, estás diciendo tonterías. Y si la echas tanto de menos, si quieres, vamos a Granada en busca de tus raíces.
            -¡Qué tío con más mala fondinga!, ¡hay que ver las cosas que me dices! ¿No te das cuenta de que a Granada le ha pasado el tiempo por encima y ya no es la misma? Es como si te quisieras comer un cucurucho de leche merengada dos horas después de haberlo comprao. Allí está tó derretío. Ya no me queda ná.
            -¿Y la niña?
            -Eso no es una niña, es un monstruo. Ella te quiere a ti, yo no le gusto.

            Cuando la escuché rápidamente me encerré en un hueco que había en el armario de la Esperatriz y compuse mi primer poema, se trataba de un romance de cuatrocientos versos en el que cantaba los beneficios de una buena llorera y me reía de aquellos a los que les molesta que se viertan lágrimas porque lo consideran de impotentes, entre otros héroes citaba a Héctor el lacrimoso. Y mientras me limpiaba los mocos en la manga se lo di a mi madre que me miró como si fuera mi hija y me dijo que había empezao a llover, que nos asomáramos a la ventana. Me cogió de la mano y después me subió en sus brazos y las dos miramos al cielo que estaba gris-gris. Nosotros, por aquel entonces, no sabíamos lo que era la música clásica, a lo más que llegábamos era a las bandas de trompetas y tambores, si hubiéramos sabido quién era Schumann habríamos disfrutado con sus delirios y mi madre se hubiera sentido acompañada en ese silencio de agua enfangada.

Estuvimos un rato viendo llover hasta que me dio un beso en la mejilla y me soltó en el suelo y me dijo: “Anda, vamos a mojarnos el pelo, para que nos crezca y nos podamos hacer peinados de presidentas”. Yo la seguí y las dos nos pusimos a dar saltos y mi padre gritaba para que entráramos pero no le hicimos caso. ¡Qué va!, que nos metimos debajo del canalón y nos pusimos como sopas, y después mi madre saltó y saltó y saltó como una rana y me dijo que abriera la boca para beber el agua de las nubes y yo le hice caso porque era mi madre y yo le hacía caso en tó.

            -¡Que os vais a enguachisná! -dijo mi padre, pero nosotras íbamos a lo nuestro y seguimos bebiendo gotas de lluvia hasta hartarnos. Y es que hasta Schumann tiene sus sinfonías dulces que huelen a tostadas de pan con mantequilla donde la vida cotidiana es un placentero andante un poco maestozo como el recodo de un plácido río.

            Yo me quité los zapatos y brinco va brinco viene me puse pingando. Aún recuerdo la sensación de los húmedos adoquines sobre mis pies de niña. Mi madre me siguió y ella también descalza y con las pupilas dilatadas no paraba de gritar y gritar: “¡Somos republicanas, somos republicanas, somos republicanas!”


                                                                                                           (Continuará)






domingo, 21 de julio de 2013

Portada








            Dolores Canosa está muy enfadada conmigo, dice que le robé las cucharillas de plata la tarde en que me invitó a tomar café. Tengo que decir en mi defensa que yo no tengo las dichosas cucharillas y que todo el mundo sabe que la gran Dolores es una desconfiada. Le propuse que nos fuéramos a tejer al patio de mi amiga Virginia, ahora se lleva mucho eso, creo que lo llaman Knitting o algo así. Bueno, pues me respondió que eso lo hacia ella hacía veinte años. “Como todo”, le respondí, “entre las de tu generación, que sois unas pioneras, y la nueva generación que acaba de descubrir el Mediterráneo o agita el móvil como si fuera una coctelera por lo de la leche del wechat estamos apañadas. Digo yo que entre el resentimiento y la novedad habrá un lugar para nosotras, las que nos quedamos en medio y además somos lesbianas.”

                                       “Ya estás otra vez con lo del lesbianismo”, me respondió ella. Ella que me preguntó hace poco que quién llevaba los pantalones en mi casa, ¡qué tontería!  Es que se le olvida quién soy y cada vez que se le olvida me hace invisible, y yo no puedo ir a ningún sitio donde me traten como invisible. Para que no me enfadara me preguntó cómo llevaba mi nuevo libro de poesías, cree que no la conozco ni me doy cuenta de sus estrategias. ¿Hasta cuándo va a durar esta locura de la deconstrucción? Yo creo que la culpa de todo la tiene Ferran Adrià y esa comida que hace tan chiquitilla, como para muñecas, porque a Derrida no lo ha leído tanta gente.

            Bueno, le dije que mi nuevo libro titulado Cómo decir deseo lo llevo muy bien, y es que soy una profesional, una poetiZa de arte mayor. Y me fui, me fui con viento fresco al patio de mi amiga Virginia, el Patio Vesubio, a tomarme un thé con ella para celebrar mi cumpleaños y allí, entre otras, estaba Karina Von Vaster, fotógrafa de halos emocionales y creadoras de collages alegres, ella fue la que me hizo esta portada para el Capítulo 9 de La Reina de la Morralla, titulado “Locura”.

            Fue mientras estaba allí que me telefoneó Dolores diciéndome lo de las cucharillas. “Pero, ¿qué se ha creído esta mujer?”, pensé. El caso es que le dije que se equivocaba conmigo y entonces se echó a llorar y me dijo que esa cubertería es una herencia de familia. Le colgué indignada y tuve que tomarme diez chupitos de thé de jengibre. Mientras bebía pensaba en las contradicciones de la vida, en cómo estampé mi firma para que a la gran musicóloga Dolores Canosa le diesen el Príncipe de Asturias. Y que conste que lo seguiría haciendo, que se lo merece. Y pensé también en el desprecio de las clases altas, en los malos sentimientos que nos hieren, en la cobardía, en el miedo y en la ginefobia y en los hermosos poemas que estoy escribiendo, dedicados todos a mi amada, para que se nos vea. También me di cuenta de que la pobre Dolores Canosa tenía ya una edad, que había luchado mucho en esta vida y que la estaba juzgando severamente.

La llamé, le dije que yo no tenía las cucharillas y ella me contestó que no sabía de lo que le hablaba, descubrí sus lagunas de memoria, su temblor en la voz y su sentido del ritmo que siempre ha llevado con ella como si fuera un estandarte, me cantó una nana y me dijo que me esperaba, que no volviera demasiado tarde a casa. Esta vez fui yo la emocionada, comprendí entonces el inmenso dolor que hay en el olvido y las trampas de la vejez. Desde aquí, desde esta tribuna pública quiero proponer a Dolores Canosa como candidata al Nobel de Música, no sé si existe esa categoría, pero desde luego ella merece ese galardón, es una gran compositora. Nanainoní, nanainoná.

Después me eché unas risas con Virginia y Karina Von Vaster, la autora de la portada de este capítulo, mientras tejíamos una bufanda (yo sólo sé hacer bufandas, a un jersey no llego ni de coña)  para regalársela a Dolores para que no pase frío cuando vaya a Estocolmo. También, muy modernas nosotras y sin faltas de ortografía, lanzamos al espacio un hashtag: #doloresnoesdesconfiada. Queríamos limpiar su mala fama provocada por lecturas adversas y perspectivas perversas; vaya, escribir nuestra pequeña historia en el espacio público de Internet para que quede claro y haya constancia. No sé si lograremos ser trending topics. No sé si las jóvenes nos apoyarán en nuestra empreSA o piensan, tal vez, que estamos perdiendo la cabeZA.

           En fin, el próximo domingo comienza el Capítulo 9 de La Reina de la Morralla titulado “Locura”





domingo, 14 de julio de 2013

Vacaciones


                                              

                        A mano derecha un lugar sin preguntas,
                        a mano izquierda el sitio de los colores
                        sin banderas.
                        Los hombres hace tanto tiempo
                        que olvidaron nombrar etiquetas y
                        medallones que no sé si será
                        prudente recordar que lo olvidaron.
                        En fin, la historia.
                        Las farolas acaban de encenderse,
                        el cielo tiene un manto rosa.
                        No quiere decir nada este exceso,
                        merecía azúcar.
                        Créanme, tampoco me la han regalado.















domingo, 7 de julio de 2013

La Umbra


                                   

                        En el Jardín de la Umbra,
                        donde se esconden los imprudentes
                        al lado del estanque
                        con peces naranjas
                        que nadan en las aguas frías,
                        está el Kiosco Azul.
                        Y allí sobre el escenario,
                        cantaba la mulata Rizo
                        que otros llamaban Marlene.

                        Combatientes del deseo
                        iban vestidos de blanco
                        como heladeros
                        y muchachas de añil
                        que aparentaban indiferencia
                        bebían granizada.

                        Ellos con chaquetas blancas de sal,
                        con camisas blancas como la nata,
                        con pantalones blancos de nieve,
                        con zapatos blancos de coca,
                        con corbatas de marfil
                        sostenían sus vermuts
                        mientras la mulata Rizo
                        que otros llamaban Marlene
                        cantaba con voz de caribe
                        boleros ebrios de marihuana.

                        Allí en la umbra,
                        donde a nadie le faltaba el valor
                        para el sexo,
                        ella, la negra, con un vestido
                        color champagne gime
                        con voz herida.

                        Y dicen que este jardín huele a puerto
                        y la luna y su luar
                        ciñe la figura de los amantes
                        que bailan con brillo y contención.
                        Allí recuerdan los cuerpos
                        un pasado satisfecho
                        de ilusiones y compañía.

                        Allí, en el Jardín de la Umbra,
                        en el Kiosco Azul,
                        mientras cantaba la mulata Rizo
                        que otros llaman Marlene,
                        conocí a mi amor Violet
                        que tiene piel de droga
                        y ojos inmensos como rachas de fiereza
                        y unas piernas apretadas
                        dispuestas a abrirse como tijeras.
                        Las palmeras entonces dañaban el cielo
                        mientras la orquesta daba sus sones exquisitos
                        y bailábamos mi amante y yo
                        en la más absoluta oscuridad
                        por fin abandonadas por los dioses
                        y por todos los templos
                        de todas las religiones.
                        Allí fluíamos turquesas
                        por una pista de sombra.
                        Y su cuello era largo
                        y sus orejas llevaban breve zarcillo
                        y susurraba mi nombre
                        y sonreía
                        mientras la mulata Rizo,
                        flexible como una pantera,
                        se contoneaba como una puta.
                        Sí, estábamos cercadas de burdeles
                        y los bancos del Jardín
                        estaban llenos de enamorados
                        retorcidos y voraces.
                        Nadie quería consuelo
                        ni resignación,
                        simplemente buscaban otro cuerpo
                        en el terral de la Umbra.

                        Allí melancólico y envuelto en dolor
                        entró mi marido con un cuchillo de hielo.
                        Terrible puñal y sangría en sus ojos,
                        venía a separarme de mi amante generosa.
                        Dijo, entre otras insolencias,
                        que yo no había fregado los platos
                        ni lo esperaba sentada en el sofá
                        ni sabía en que gastaba mi sueldo.
                        Le contesté, en medio del revuelo,
                        que compraba caricias de hombres vestido de horchata
                        y amor eterno de una equilibrista igual que yo.
                        Entonces gritó Marlene
                        que otros llamaban la mulata Rizo
                        y los músicos enfundaron sus instrumentos,
                        entonces cesó la fuente
                        y el cantar de sirenas,
                        entonces hubo silencio
                        y yo miré a sus bucles rubios
                        y escupí en el suelo jurando
                        por mi libertad:
                        ¿Por qué este loco y su apariencia
                        quiere romper este jardín de placer?
                        Burdos sus movimientos
                        fueron a mi corazón,
                        mis manos arrancaron del liguero
                        una pistola de agua
                        y le llené los ojos de verdades pequeñas.

                        ¡Oh! la mulata Rizo
                        convirtió su voz en un refugio
                        y las estrellas enfocaron
                        el Jardín
                        en el que todas, deslumbradas,
                        cantaron al unísono:
                        “Pídeme que esté alegre.”
                        Y carcajadas sonoras
                        llenaron los arbustos.
                        Nadie tuvo miedo,
                        de nuevo los músicos y sus melodías
                        acompañaron a la Marlene
                        y en la Umbra nada se movió,
                        buscadores del amor
                        volvieron a sus veladores.
                        Después de todo,
                        la noche no había hecho
                        nada más que empezar.





Nota: Doy dos citas de dos escritoras admirables:
“Pídeme que esté alegre” Carmen Martín Gaite
“Las cosas pequeñas impresionan a las mentes pequeñas” Vita Sackville-West