domingo, 30 de diciembre de 2012

Capítulo VI : La Esperatriz -1ª Toma


      
     Cuando por la noche golpearon los cristales satinados del dormitorio de la Esperatriz, ella se acurrucó sobre sí misma y se tapó los oídos que le latían como si un caballo de coñac cabalgara en sus tímpanos. Quiso olvidar todas las palabras que había aprendido, quiso olvidar y olvidar y no le pareció suficiente el olvido, era tal la calentura que sentía y que le apretaba el pecho que nada la vencería. Así que cerró los ojos y respiró hondo y le dio la espalda a Lázaro Malacara que venía desde el valle de Scevo para golpear su ventana.

            -Lola, ábreme la puerta que te traigo un regalo.

            Pero Lola agachó la cabeza, se acurrucó aún más sobre sí misma y se pasó la lengua por los bordes de los labios. Era él quien la estaba llamando. Él, Lázaro Malacara, que había cabalgado sobre su yegua blanca y la había herido con las espuelas de las prisas que son propias de los enamorados. Pero ella no quería que le metieran bulla aunque fuera el mismísimo Alfonso XIII el que viniera a visitarla.

            -Lola, ábreme que eres una provinciana. ¿Por qué no vamos a dejar rienda suelta a esta luna de sexo? ¿No te das cuenta de que vengo caliente como los palos de un churrero? Y tú, ¿qué quieres, engañarme? ¡Por Dios, si te lo noto en la voz que es donde se notan todas las cosas! Y ayer en el plano astral titubeaste como una niña. Lola, que soy yo y de carne y hueso.

            Y es que Lázaro aunque era chaparrito tenía más labia que Salinas de Gortari que repartía medallas doradas de falsedad a mejicanos ilustres.

            Lola entonces mojó sus dedos en el tazón que tenía sobre la mesita de noche, tazón lleno de raspaduras de yelos y yerbabuena y se lo untó por la lengua recién despertada del sueño.




            -Lola, que soy un hombre cabal, que no le voy a decir a nadie lo que hagamos esta noche, que he reservao una habitación en el Málaga Palace y no la tengo que dejar hasta la hora del Ángelus del día de mañana. ¿Qué quieres que me raje ahora después de haber cruzao el Atlántico? Venga, paloma negra, no juegues conmigo ni con la virgen de Guadalupe.

            Y en aquel momento la Esperatriz, que se sentía ya perdida desde que escuchó su voz, tuvo que reconocerse a sí misma que estaba empapada y que le importaba un rábano gordo los ejercicios espitituales que hizo en el seminario aconsejada por la Srta. Nancy, la cruz que salía en el Nodo y que estaban construyendo los vencidos, y la pulcritud temporal de los acontecimientos. Decidió entonces irse por un momento. Lola se levantó con la respiración agónica de la petit mort y se dijo que a la porra la mala suerte, los augurios nefastos que construyen los resecos célibes y el trozo de acera que a las ocho de la mañana acostumbraba a regar, también mandó a la porra la silla de enea sobre la que pasaba  el día sentada mano sobre mano viendo a la gente atareada que solía llevar relojes Certina para orientarse, algunos Omega, los pocos.




            El reflejo de Lázaro Malacara en el cristal de su cuarto tenía los dones de un rostro herido, llevaba una cicatriz orgullosa en la mejilla izquierda que alguien le había hecho porque él en una noche de parranda le nombró la madre a Vicente, un compañero vengativo que llevaba botas de cuero. También sobre una ceja Lázaro Malacara portaba la seña de un golpe que se dio con una ventana en la hacienda de Don Carlos, un cacique que vestía de negro y que en noches de delirium tremens decía que era pariente del Zorro. Además de su pelo ralo y de su piel cuarteada por tantos días al sol, Lázaro contaba con una mirada de caviar y un aliento fresco de café con hielo, porque Lázaro no solía tomar, que no, que no tomaba ni tequila ni aguardiente, que Lázaro sólo bebía agua fresca y detestaba el tabaco. Así que cuando Lola lo escuchó tirarle chinitas a su ventana sabía que aquella voz que la requería se metería en su corazón como un pájaro infantil y que sin ella poderle poner frontera le besaría sus senos con el deleite del que se toma una limonada. Ya se los había besado durante noches enteras cuando en la región de los astros se encontraron por casualidad en una linde de la sierra de la Tierra Fría, allá por la altiplanicie, donde se encuentran los cuerpos secos que hartos de esperar presencias empiezan a practicar el amor udrí con el amante que se inventan. Allí sur la place chacun passe, chacun vient, chacun va; drôle de gens que ces gens-là. Drôle de gens! Drôle de gens!

            Lola se tapó los oídos y sin embargo escuchaba sus taconazos de brigadier sobre los adoquines húmedos de la noche marítima que estaba acariciando a Málaga entera igual que una lluvia de sal y risa. Lola se miró al espejo y se dijo en francés, porque si algo tiene el amor es que da el don de lenguas: L´amour est un oiseau rebelle que nul ne peut apprivoiser.... L´amour est enfant de Bohême, il n´a jamais, jamais connu de loi... Si tu m´aime je t´aimerai. Así que Lola sólo con el viso beige que para colmo no era suyo, que se lo había robado a la Sra. Nancy en una de las veces que iba a hacerle la colada y que mientras su hermana se metía conchas de jabón en las bragas, ella simuló un dolor de tripa y se guardó la prenda mojada bajo el vestido, Lola, digo, sin importarle su porte abrió la puerta del cuarto y salió descalza al vestíbulo, después con sigilo quitó los cerrojos de la calle y con los ojos de una ninfómana que sólo sabe pedir más y más y más, y encor, porque no olvidemos que el amor da el don de lenguas le susurró a Lázaro Malacara: Tra la la la la la la la coupe-moi, brûle moi, je ne te dirai rien, Tra la la la la la la la je brave tout, le feu, le fer et le ciel même.

            Y Lázaro Malacara que estaba en la puerta esperándola con un cochecito oriental llamado djin-richi-cha le hizo una empalagosa reverencia y le ofreció que se sentara. Después Lázaro, humildemente, se colocó entre los palos para guiarla por las calles de la salinera Málaga. Ella, antes de sentarse, se puso una bata de contemplativa y cogió entre sus manos un libro de Alberti de hermosa encuadernación azul, se trataba de los pleamareños versos de A la pintura. Vino la húmeda ficción del mar a lamerle sus pies que afortunadamente no eran de japonesa y rodearon la Plaza de la Merced donde estaba erecto el obelisco de Torrijos y se metieron cuesta abajo por la calle Victoria hasta que desembocaron en el Parque negro de noche y de misterio, allí bajo una palmera tenue como su inexistente reflejo opaco se paró Lázaro y entonces ella, con una voz finísima mitigada por la luz opaca, dijo con ironía hablando de sí misma en tercera persona: “La Lola se va a los puertos”.

                                                                       (Continuará)



domingo, 23 de diciembre de 2012

domingo, 16 de diciembre de 2012

Manantial




                        Había una niña chica con trajecito
                        de pobre.
                        Había una niña helada con trajecito
                        de pija.
                        Había un chorro de agua,
                        un nacimiento en el monte.
                       ¿Fue el único que se dio cuenta
                        de que las dos eran niñas?
                        ¿Sería de esa fuente de luz
                        de la que bebió Dante?
                        No sé, no importa.
                        Hoy nos bañamos todas
                        en la misma charca de plata.








Desde aquí quiero felicitar a todos mis relectores y relectoras y desearles sencillamente unas buenas fiestas. Gracias por visitar este blog.




domingo, 9 de diciembre de 2012

El Jóker y la Blanca Doble



                        -Estoy junto a la blanca del dominó
                        -dijo el Jóker-.
                        Yo soy un perro con dueño
                        ella una perra callejera,
                        nariz judía
                        de hielo y perfil.
                        A mí no me dan miedo las cadenas.
                        Vivo cerca de la Blanca Doble.
                        Mentira.
                        Verdad.
                        Y es que como soy tan tramposo
                        tengo que mentir.
                        Aunque me da igual
                        que en el mármol canten las jugadas.
                        La Blanca del Dominó me pone a prueba:
                        Se ha vuelto invisible,
                        corre con disciplina de guepardo
                        y tengo hambre de su nunca de nata.
                        ¡Con que orgullo pasea el sueño
                        de la victoria!
                        Somos tan parecidas:
                        Yo tengo un traje de terciopelo
                        y cascabeles de latón,
                        ella me busca
                        con un vestido de alba
                        o de leche frita.
                        ¡Oh, qué solas nos han dejado
                        sobre el tapete!

                        Preside el encuentro una botella
                        de Chivas,
                        un piano en la terraza
                        y una noche, noche, noche”.
                        “Huum!, ¡qué agradable” -dijo
                        la Blanca del Dominó.
                        Y el Jóker sin pensárselo
                        la besó con su lengua jocosa.
                        -¡Qué agradable! -dijo de nuevo
                        la Blanca Doble y desertaron las
                        dos de sus simulacros.

                        Confidencial y alargada
                        la luz de las estrellas
                        iluminaba
                        sus juegos de
                        sociedad.








domingo, 2 de diciembre de 2012

La puta doncella de Voltaire



Voltaire en La Doncella: “Yo no he nacido para cantar a los santos.”
Stéphane Mallarmé en Le phenomène futur (prosa poética): " J´apporte, vivante (et préservée à travers les ans par la science souveraine) une Femme d´autrefois".     "Yo traigo, viva (y preservada a través de los años por la ciencia soberana) una Mujer de otro tiempo".


                        La puta doncella,
                        racional y alcohólica,
                        se acercó al jardín.
                        Y con su mano débil,
                        borrosa y grave,
                        acarició pétalos,
                        fumó cigarrillos
                        y se atareó en un injusto combate.
                        La ciudad al fondo,
                        a lo lejos el mar,
                        el río ciñe que te ciñe
                        carnicería esparcida.

                        ¡Cuánto olor dio el laurel
                        atacado de mentiras!
                        ¡Cuánto vino!
                        ¡Cuántas especias!
                        ¡Y qué frugal cobardía
                        creció en lo verde y en lo solo!
                        Las afiladas hojas,
                        húmedas o secas,
                        cortó dolor, cortó lo rojo.

                        “Ya veo la muerte,
                        ya veo el fin.
                        Escucho los pasos,
                        mis pasos que entran
                        y atardecen labios, esmeraldas,
                        bienvenidas...”

                        Laurel en su boca,
                        laurel en su pelo,
                        de laureles su espalda sensitiva.
                        Laureles en los estanques,
                        laurel en su voz,
                        la suya,
                        que ya canta sin ecos.
                        Laurel.



domingo, 25 de noviembre de 2012

Capítulo V : En el patio - 3ª Toma


               Estaba el pájaro sastre llenando de algodón su nido y el carbonero garrapino movía con agilidad el occipucio manchado, cien herrerillos comunes revoloteaban con su canto de hierro, los jilgueros enjaulados contemplaban la atmósfera de café que estaba inundando el patio, un canario de Hars entonó un solo dulcísimo. El tordo con sus plumas metálicas y su chillido libre anunciaba la puesta de sol, percibía ya el ave del paraíso el aroma de la marihuana, abre las alas y muestra su penacho exuberante mientras el pico picapino tamborilea el ciruelo de la esquina, pegado a la escalera. Sobre la silla azul estaba la labor dormida de la Sebastiana: una orquídea de hojas estrechas, la vulgarmente conocida como la sandalia del pescador. En las manos de Doña Fuensanta disputan Minerva y Juno; recrea Las hilanderas. Ella no sabe que ese viejo cuadro se salvó del fuego que arrasó el Alcázar de Madrid allá por 1734, tampoco sabe que en el mismo segundo en que da una puntada María Zambrano pasea su exilio por una plaza de Roma. Hay una luz rosa de vidriera parisina y los hombres hablan de rifles con culatas de caoba, los niños prenden las brasas y la Esperatriz acuna mi cabeza de aves repleta:

            -Yo ya estoy harta de tanta tila -dijo la tía Nati mientras echaba en los vasitos chicos un poquito de café, no mucho, justo lo suficiente para cogerle el gusto y no perder el sueño.
            -Tome, aquí está mi taza -dijo Doña Fuensanta.
            -A mí no me parece bien lo que vas a hacer, Nati -dijo la voz de la Esperatriz que hablaba desde el Zaguán y dejó correr el aire y solo se escuchó su timbre amarillo de lisimaquia de bosque-. Todas somos bueyes y llevamos el mismo yugo, no está bien que animales de la misma calaña caminen en discordia. Yo sé lo que es chupársela a un hombre y voy a beber de tus vasos, no veo razón para que a la Fuensanta se la trate como a una leprosa.
            -Tú tó lo conoces en sueños y ella lo ha probao de verdad -dijo la tía Nati que sabía que el mejicano Lázaro venía todas las noches desde el valle de Saveto a visitar a su hermana.
            -¿Me vas a decir que lo que yo siento es mentira? -dijo la Esperatriz que muchas noches se había despertao de placer y la prima de una guitarra le anunciaba un orgasmo igualitario con un hombre que venía envuelto en un poncho granate y negro y tenía un mostachón que le hacía gustirrinín en la concha; porque la Esperatriz no sólo la chupaba sino que a ella también se lo sorbían aunque solo fuera en sueños, cosa que por otra parte no era relevante.
            -Mira Lola, yo no quiero meterme contigo, pero ya es hora que mires la vida de frente. Ese Lázaro del que tú hablas no era mejicano, bien lo sabes tú, que era portugués y gitano, ¡gi-ta-no!, que por eso padre no te dejó casarte con él.
            -Ni tú ni padre habéis sabido nunca nada de Lázaro ni de lo hermoso que tiene el pecho ni de lo redondo que tiene el ombligo ni las campanas de gloria que tocan en mi cuarto las noches que él viene a verme -dijo la Esperatriz mientras se le saltaban las lágrimas y la esperanza bronca se arrastraba por el lodo del olvido, y le atormentaba la pérdida y tenía que reaccionar veloz para instaurar su propia acracia.
            -No me hagas hablar, Lola.
            -No me hagas hablar tú a mí. O le pones a Doña Fuensanta un vaso como a todas o cuento lo que tú sabes -la tía Nati se paró en seco y Mari Polvo le dio una calá al canuto y con su mirada de nubes sembrada le hizo un gesto a su madre para que entrara en razón y fuese generosa.
            -Gaste usté cuidao, mujer, que se va a caer, ¿es que le ha dao un mareo? -dijo Doña Fuensanta.
            -Se hará lo que tú digas -dijo la tía Nati sin hacer caso a las palabras de su convencina y bajando la cabeza sirvió el café a Doña Fuensanta, la Esperatriz al ver como su hermana se corregía le dijo con suavidad:
            -¿No te das cuenta de que temes a la sombra y que debía haber salío de ti la intención de no hacer de menos a Doña Fuensanta? Nati, ¿por qué te sientes tan manchada si en el fondo eres un trozo de pan? Te acabo de amenazar con tu propia pureza. Mujer, no te avergüences de lo que fue un accidente y maledicencia.

            -¿Qué pasa mamá? -se atrevió a preguntar Mari Polvo.
            -Nada.
            -No, nada, no. Algo te pasa.
            Nati miró a Lola a los ojos, sentía la desazón de los ahogados.
            -Lola, no me vayas a hacer eso a estas alturas -dijo Nati al ver que los labios de la Esperatriz estaban dispuestos para la palabra.
            -Ellas no te van a echar ná en cara. Doña Fuensanta te salvó la vida, tu hija te quiere con locura, Tomasita te respeta, la Sebastiana es como de la familia y la Carmencita huele a mandarinas. Además, yo estoy harta de guardar secretos.
            -Doña Fuensanta no me hubiera echao el capote si hubiera conocío mi pecado. Mi hija, tu sabes bien cómo es mi hija; Tomasita me faltaría el respeto, la Sebastiana es una mujer de la calle y la Carmencita sabe demasiao a azúcar.
            -Esa exigencia que muestras no es con ellas, es contigo.
            -Pero, mamá, ¿quieres decirnos qué te pasa?
            -Sentaros toas y tomaros el café tranquilas -dijo la tía Nati.

            Sebastiana guardó su labor en una talega de cuadros blancos y celestes y en lo alto de un taburete que cogió de la cocina puso el plato con los roscos.

            -Doña Nati ¿por qué no prueba usté lo que las niñas están fumando? Huele mú requetebién y mira qué tranquila se ha quedao la Carmencita -dijo Doña Fuensanta señalando a mi madre que tenía sonrisa de boba y los ojos entornados.
            -Si yo no sé fumar -dijo la tía Nati.
            -¿Quieres que te enseñe, mamá? -dijo Mari Polvo y su voz era un hilván, una línea rota, entrecortada por la ternura.
            -Anda, deja que tu hija te enseñe -la animó la Esperatriz con su tono de sábana blanca, tejido de trama perfecta para comenzar cualquier bordado.
            -Mira, se hace así -dijo Mari Polvo y mostró a su madre cómo debía actuar. Doña Nati con una sonrisa plácida, recuperada ya del susto que le había hecho pasar su hermana, se dejó hacer.
            -Pues no está mal del todo -dijo la tía Nati mientras tosía, docenas de agujas le pinchaban en la garganta.
            -No se preocupe usté, eso pasa al principio cuando una no sabe, pero después es como montar en bicicleta -dijo Carmen que temblaba igual que la nervadura de una hoja hecha de pespunte verde.
            -Inténtalo de nuevo, mamá -sugirió Mari Polvo con la sutileza de un punto de galón trabajado entre dos líneas.
            Una nube de humo le bañaba la cara a Doña Nati. Ella, tan cuidadosa con su pasado, sentía el fardo del pecado dentro de su cuerpo y su pecho era un festón abierto, tenía sequedad en la lengua, ansiedad de decir:

            -¿Os acordáis de María del Páramo?
            -¿María, tu compañera? -preguntó Mari Polvo sombreada por la memoria de su madre.
            -La misma. El otro día me la encontré en el mercao, estaba vendiendo ajos y laurel. Llevaba una pañoleta blanca en la cabeza como si fuera una virgen vieja -dijo tía Nati, inconsciente del realce con que había bañado a la pobre María del Páramo.
            -Yo hace tiempo que la perdí de vista -dijo Doña Fuensanta con su cara redonda-redonda como el tambor de un bastidor, redonda-redonda como la cabeza de Cesaria Evora-. Me dijo que iba a vivir con un hijo suyo, pintor de brocha gorda.
            -Se ve que ha vuelto. Tenía un delantal de alivio luto y los ojos resecos -el alivio luto era una forma de vestir discreta con estampados exiguos, generalmente blancos sobre el fondo negro de la muerte.
            -Pobrecilla, con lo buena mujer que era y la mala suerte que ha tenío -contestó Doña Fuensanta mientras miraba los helechos y en su mente amplia se dibujaba en hilo la geometría de la planta.
            -Yo algunas veces me siento como ella, como si fuera una pordiosera que tuviera que pedir limosna -y aquellas palabras de la tía Nati descubrieron un bodoque inmenso.
            -No diga usté eso, Nati -corrigió Doña Fuensanta, que trató a su amiga como una niña a la que se le guía la mano para que aprenda la cadeneta.
            -Es verdad. Toma, Mari, pa ti -confirmó la tía Nati, de pronto tuvo la seguridad y la resolución de la costurera que asegura un botón.
            -No te preocupes, madre, quédatelo. Yo voy a liar otro pa la Sebastiana y Tomasita que todavía no lo han probao -zizagueaban las palabras con una solidaridad malva y, por lo tanto, tópica.




            La tía Nati fumó con lentitud y torpeza la mezcla de tabaco y yerba.

            -Cuando yo era de vuestra edad trabajaba en la casa de unos señores importantes. Aquellos eran otros tiempos. Éramos cuatro muchachas en la casa: mi hermana Lola, Beatriz que era de fuera, María del Páramo y yo -la tía Nati rememoraba una escena pasada traída al presente por un difuso papel de sastre cuya voluntad desconocíamos todas.
            -Era una casa mú grande, ¿no? -preguntó mi madre que era una fuente de luz diminuta y precisa, tal vez una vela de esas que iluminaba la vista cansada de las modistas.
            -Sí que lo era. Mi Señora se llamaba Nancy, venía de Inglaterra y el marío tenía un negocio de compra-venta de joyas. Por las tardes, La Sra. Nancy se iba al hotel Miramar a tomar el té. Todos los días, a las cinco menos cuarto salía de la casa. Era un matrimonio mú bien avenío.
            -¿Tenían hijos? -adornó la Sebatiana que estaba colorá como un tomate de verdad y tenía el canuto en la mano y dominaba el arte de fumar, se ve que más de una vez había caído en la tentación del humo aunque fuese a escondidas-, porque un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores.
            -Tenía tres niños, malos como demonios y con las orejas que parecían soplillos -dijo la tía Nati que recordó las envidiadas meriendas de merengue que le ofrecían a los señoritos.
            -Llevas razón en eso que has dicho, Sebastiana -dijo la prima Tomasita a la que le impresionó el calado de su vecina-. Un matrimonio sin hijos es una desgracia. Usté perdone Doña Fuensanta si la ofendemos con nuestras palabras.
            -No me ofendes, hija. Si estoy de acuerdo contigo -dijo Doña Fuensanta sin ninguna escama, ella se sentía una mujer-manca por no tener descendencia.
            -La Sra. Nancy era mú elegante, le hacían los vestidos a medida y tenía hasta abrigos de pieles, era alta y rubia. Vaya, llamaba la atención por donde quiera que pasara -la tía Nati describía un figurín de los que estaba acostumbrada a hojear-. En la casa no nos faltaba de ná: había lámparas de cristales chicos, armarios labraos, alfombras de colores y hasta jabón de lavanda. De las cuatro que trabajábamos solo Beatriz se quedaba a dormir, las demás entrábamos y salíamos a no ser que tuvieran invitaos, entonces me quedaba yo también -los ojos de las mujeres parecían puntos de nudo francés-. ¡Qué bien olía aquel jabón! -dijo la tía Nati que recordó el olor de las toallas recién planchadas con sus encajes almidonados, el olor de la espuma del baño con que lavaban a los niños ricos, el tacto de la jarra y la palangana de porcelana, la blancura de la ropa de cama y la delicadeza de la ropa interior de la Señora-. La Señora nos daba una pastilla a cada una para que laváramos la ropa blanca, cuando ya ná más quedaba una conchilla yo me la metía en las bragas y me lo traía a mi casa para lavar a mis niños -dijo Doña Nati con una sonrisa picarona tan inocente como las flores, los animales o los pájaros que entraban despacio en el bosque de la noche con sus cabezas acurrucadas.
            -¿Te lo guardabas en el coño, mamá? -preguntó Mari Polvo sorprendida de que su madre se hubiera atrevido a tamaño estraperlo.
            -Sí, no podía verlo, la Sra. nos registraba antes de salir a la calle -confesó orgullosa la tía Nati como si fuese una muchacha de la Resistencia.
            -¡Qué mal nacía! -exclamó mi madre que daba calás de pecho y se le empezaban a tiznar ya los senos.
            -No, mujer, a lo que estaba acostumbrá. También nos traíamos Lola y yo el trozo de pan y tocino que nos daba a media mañana pa que os lo comieráis tú y tu hermano, aquí, nos lo guardábamos aquí, en el seno.
            -¡Ay, que buena has sío siempre! -dijo Mari Polvo y le dio un beso a su madre en la mejilla, un beso sonoro.
            -¿Se pasaban ustedes el día lavando y sin probar bocao? -preguntó la Sebastiana que le metió mano a los roscos y comía a dos carrillos.
            -Entonces éramos jóvenes y teníamos fuerza pa tó. Beatriz era la criada fina, la que servía la mesa, María del Páramo la cocinera y Lola y yo las lavanderas y las encargás del trabajo gordo. Nos iba bien, al fin y al cabo a qué otra cosa podíamos aspirar. Mi marío estaba enfermo, mi padre medio “caucando” así que nos tuvimos que echar a la calle a buscar el pan -tía Nati también comió con ganas, no sabía de dónde le venía ese hambre tan devoradora y esa necesidad de hablar como cuando era chica-. Por aquel entonces mi hermana Lola noviaba con...




            Se escuchó entonces un portazo y Jimmy Sailor bajó la escalera como si lo persiguiera la Interpol mientras gritaba: “He tenío una idea estupenda, se me ha ocurrío un negocio y nos vamos a montar en el dólar”. Mi padre era así, de pronto se le aparecía la virgen y hacía descubrimientos increíbles. Mi padre era muy guapo y tenía la sonrisa impaciente de los que piden melón, y señores, sin más que discutir, hay que darles la tajá en mano. Se acabó entonces la Hablación, nos quedamos todas como si nos hubieran echao un cubo de agua fría por encima y para colmo nunca nos enteramos del misterio de la tía Nati, porque del misterio de la tía Lola sí que me enteré más tarde, pero el de la tía Nati nunca llegó a mis oídos. Pero bueno, ya lo he dicho, mi padre es que era un poco impaciente y cuando hacía algún hallazgo imprescindible para nuestras vidas nadie osaba hacerlo esperar. Nadie, nadie, nadie. Nadie excepto la tía Lola, la Esperatriz, y su historia…

                                                                                         (Fin del Capítulo V. Continuará)

domingo, 18 de noviembre de 2012

Capítulo V : En el patio - 2ª Toma



            -¿Pero de qué coño estáis hablando? -dijo la tía Nati con los ojos desorbitados como si estuviera presenciando la carnalización de un dogma y para ella, en ese momento, el coño que acababa de decir estaba lleno de ira y de expreso desaire. Su voz era la de una prisionera que jamás había salido de un calabozo de típicos témpanos.
            -¡Mamá del pollito que hace pío, pío! -dijo Mari Polvo con mucho retintín.

            Carmen la de la tetas negras, lanzando una carcajada, recogiéndose el vestío y haciéndose aire con la palma de la mano en la entrepierna se puso a cantar:
            -Mi abuelita tenía un pollito, lo criaba debajo la cama, cada vez que la vieja gruñía y el pollo cantaba, la vieja decía: dale ahí, dale ahí, dale ahí.
            Mari Polvo y la prima Tomasita siguieron el compás al ritmo de las palmas mientras la Sebastiana y la Fuensanta sonreían visiblemente alborozadas.
            -Esta niña está loca -dijo la tía Nati.
            -No, loca no, que tengo un pesar en el corazón que no sé cómo echarlo pa fuera.
            Sebastiana detuvo la labor de los pistilos y con un susurro lleno de quietud y misterio se dirigió a las más jóvenes.
            -Mi marío cuando está apenao se lía unos cigarros con unas yerbas que compra en el puerto, si queréis traigo una poquita.
            -Venga, ve a por ella -la animó Mari Polvo.
            -Ya mismito estoy aquí -y salío la Sebastiana a todo correr atravesando el zaguán donde la Esperatriz tibiamente me acurrucaba.
            -A mí no me gustan las cosas raras en mi casa -dijo la Nati.
           -Mujer, no temas, qué malo puede traer la Sebastiana -la tranquilizó la Fuensanta que aun siendo mayor que ella estaba siempre más abierta a las pocas novedades que le procuraba la vida-. La juventud es más sana que nosotras. Fíjate, yo a mis años todavía no sé lo que es bailar, ¿es eso una pena o no? Claro que es una pena, pero es que a mí no me enseñaron a menearme y casi tó lo hago sentá, hasta planchar.
            -Yo no la quiero ofender Fuensanta, pero a usté lo que le pasa es que es mú floja.
            -No es flojura, es la reuma Doña Nati y la mala pipa con que me han criao.
            -Verdad, mamá, eso de que te dejen recién nacía en la puerta de una casa cuna lo tienes que llevar marcao pa toa la vida -dijo Mari Polvo.
            -¿Usté es huerfana? -preguntó Carmen con interés.
            -Sí, chiquilla -respondió Fuensanta con la tristeza prendida de los solitarios puros.
           -Como yo ahora -dijo mi madre y dio una nueva berracá y se abrazó a Mari Polvo que la recogió en su seno y le acarició el pelo.
              -No te quejes, niña. Fuensanta no ha conocío a su madre y tú sí, lo suyo es más grave.
            -No se crea usté Nati, yo eso lo tengo comparao con los que son ciegos de nacimiento y los que pierden la vista después de haber visto una rosa. ¿Qué será más doloroso? El que ha visto y deja de ver, ¿verdad? -dijo la Fuensanta, y habló como si fuese una filósofa pura.
            -Lleva usté razón -dijo Tomasita como si le hubieran tocao los centros-. Cómo va a ser lo mismo la que nunca lo ha probao que la que de pronto le quitan el caramelo de la boca.
            -¡Ah!, ¿pero tú se la chupas a mi hermano? -preguntó con diligencia Mari Polvo.
            Tomasita con arrobo de amapola dijo que no con la cabeza.
            -Que yo no me entere, que si no, te pongo de comer aparte y desde luego no serán mis cucharas las que te lleve a los labios -dijo la tía Nati.
            -Pues fíjese usté, Doña Nati, sus cucharas de alpaca saben chispa más o menos igual que la polla de mi Teodoro -dijo Fuensanta con la dignidad de una virgen Sevillana.
            -¡Usté se la chupa al Teodoro?, con razón tiene esa cara de pito -dijo Mari Polvo dándose una palmada en el muslo y lanzando una carcajada.
            -¿Es que por ahí se sale el tuétano, verdad? -preguntó la tía Nati con curiosidad.
            -No digas tonterías mamá. El tuétano es lo que está dentro de los huesos y eso es como un churro.
            -Yo no me lo trago, mire usté, pero el sabor que me deja es como la alpaca.
            -¡No tendrá Teodoro la picha de plata! -dijo Mari Polvo.
            -¡Qué chalaúras se te pasan por la cabeza, Mari! -dijo la tía Nati.
            -¡Ay que ver la Sra. Fuensanta lo callaíto que se lo tenía!


            -¿Y no le da a usté asco? -preguntó tía Nati.
            -Al principio no me gustaba, pero al pobre le hacía tanta ilusión. Además, pensé, si no se lo hago yo lo mismo se busca a cualquiera en la calle Camas y esos sitios son tan malos y tan peligrosos y mi Teodoro no es un hombre fuerte, usté sabe lo de su enfermedad de chico; yo lo que no quiero es contrariarlo, mire usté.
            -¿Y él se lo chupa a usté? -preguntó Mari Polvo.
            -Calla, calla, calla. ¡Por Dios!
            -La Sra. Fuensanta lo hace por necesidad, porque a los hombres no se le puede decir que no, pero ella no es una mujer viciosa -dijo la tía Nati haciéndose cargo de la situación-. Mi marío, que en gloria esté, nunca me pidió ná de eso. Él llegaba, vaciaba y a otra cosa. La verdad es que nunca me ha dao guerra.
            -Ni guerra ni paz -papá era un malaje, siempre con el labio colgando, con la escupidera llena de esputos y con la correa en la mano.
            -No hables así de tu padre, Mari, que nunca nos faltó de ná. Lo del labio era de herencia, al hombre que le costaba trabajo reírse y contestarte a lo que le preguntabas, lo de la escupidera era porque tenía flema en el pecho del tabaco y lo de la correa es normal en un macho.
            -¡Que lo diga usté Nati! Mi tío Nicolás era igualito que su marío. A mi madre nunca le felicitó ni un santo ni un cumpleaños; ahora, eso sí, a él había que tocarle las campanillas cuando le salía de los huevos, por eso me tuve que ir pa Barcelona, porque el mú guarro tenía la mano larga. Y mi madre, ¿cree usté que mi madre hacía algo? ¡Qué iba a hacer! Ná de ná. Ella no se daba cuenta -dijo mi madre y sus sollozos machacones parecía un fino telón de fondo.
            -Pero ese ¿qué tío es?
            -Un hermano de mi madre que era mocito viejo.
            -Mujer, si la pobre no se daba cuenta ¿qué iba a hacer?
            -Po fijarse, mujer, fijarse. Y avisar.
            -Vamos a ver cómo lo haces tú con tu hija.
            -A mi hija no le va a faltar de ná. Ni el silencio quiero que la toque ni al viento voy a dejar que la roce -dijo mi madre olvidando ya los días que pasé en Singapur rodeada de mierda.
            -Eso se dice mú pronto, pero después la vida da muchas vueltas y una no puede taparle a los hijos tó lo que quisiera -dijo la tía Nati con la resignación de una mujer enterada por las habladurías de las vecinas de que su hija tenía un querío y que ese querío era hombre casao y que Mari Polvo solo era  la otra y a nada tenía derecho porque no llevaba un anillo con una fecha por dentro-. Yo no digo que tu madre no te debía haber guardao de la mano de tu tío, no es eso de lo que te hablo, lo que yo te digo es que cuando a un hombre se le mete algo en la cabeza acaba cumpliéndolo; lo mismo la mujer no pudo hacer más.
            -Podía haberlo matao.
            -¡Qué ocurrencia! -dijo la tía Nati mientras se persignaba.
            -Carmen, los hombres son más fuertes que las mujeres -dijo Tomasita, que solamente creía en el amor-invasión y que lucía unas ojeras moraítas de noches en vela y la voz dolorida de las que no son capaces de exigir lo que su cuerpo le pide.
            -Que lo hubiera esperao una de las noches que venía borracho y le hubiera endiñao un botellazo en lo alto la cabeza.
            -Con un botellazo no se muere nadie -dijo Mari Polvo que había estao en más de una verbena y había presenciado peleas de soberbia donde corría la sangre escandalosa pero no llegaba nunca al río.
            -Bueno, que le hubiera metío una puñalá en el estómago a ver si se reía de una puta vez. No, que me tuve que ir yo pa Barcelona a servir y eso es lo más triste que hay en este mundo.
            -Tampoco es pa tanto, que aquí la que más y la que menos toas hemos quitao mierda y mira qué sanas estamos -respondió tía Nati.
            -Sí, pero da mucha tristeza estar en casa ajena limpiando el rastro que los otros dejan -dijo Doña Fuensanta que la propiedad más grande que había tenido era la Casilla, un par de habitaciones de paredes endebles, en el centro del patio, que tía Nati le tenía alquilada porque la pobre se había portao muy bien con ella durante una guerra que hubo de mil novecientos treinta y seis a mil novecientos treinta y nueve.
            -Si yo no le quito la razón, pero que hay cosas peores.
            -No tener perrito que te ladre, por ejemplo -dijo Tomasita que tenía una tristeza lánguida como un mar dulce y la mirada ausente de los obcecados.
            -¿Qué puede haber peor que no estar una segura en su propia casa?
            -No estar segura en la calle -dijo tía Nati.
            -En la calle siempre se está bien -dijo Mari Polvo.
        -Tú es que eres mú rialenga -dijo la tía Nati con la represión propia de una mujer sin el convencimiento de su fuerza y con el cariño escondido que profesaba a una hija que en el fondo necesitaba más amor que nadie porque era una oveja negra de esas que dicen los evangelios que se van por el monte y se pierde de la vista del pastor y está a punto de despeñarse y partirse los sesos contra una piedra.
            -¡Ay! Mú realenga y tó lo que tú quieras, ¿pero quién te va a cuidar a ti de vieja? -respondió Mari Polvo abrazando a su madre y ésta se expandió como una gallina clueca.


            -No me hagas cosquillas, tonta -dijo la tía Nati ruborosa y satisfecha de sentir su vejez asegurada aunque fuese en las manos de una taquimeca algo putilla que, al fin y al cabo, era lo que era Mari Polvo. Le dio un beso a su hija y la miró con el compasivo afecto que se le profesa a un alma perdida.
            -¿Tú ves?, mi madre nunca me besó así -y Carmen la de las tetas negras rompió de nuevo a llorar con desesperación.
            -¿Y esa mujer cuándo va a volver con el alivio? -dijo Doña Fuensanta refiriéndose a la Sebastiana que tardaba más de la cuenta.
            -Como el Vicente no es encogío ni ná... Seguro que tiene la yerba esa bajo llave.
            -Pero no es mal hombre -dijo la tía Nati condescendiente.
            -No, si aquí no hay ninguno malo, pero vaya si joden -dijo Tomasita inconsciente de las paradojas lingüísticas que se debatían en su mente.
            -Mi tío si que era malo, tenía la llave de la despensa enganchá de la trabilla del pantalón y cada vez que queríamos algo se lo teníamos que pedir a él, qué tío más malo, más mala follá y más desconfiao, si sus deos le parecían huéspedes.
            -No, el Vicente no es de esa calaña, ná más que es mú suyo pa sus cosas, pero la Sebastiana dispone en su casa como le viene en gana.
            -Po mi madre no disponía, ella agachaba la cabeza y ya está. Mis hermanos comiéndose los mocos mientras el malaje se zampaba buenos trozos de chorizo gaznate abajo. Así fue como nos tuvimos que ir de allí.
            -Yo no sabía que tuvieras hermanos.
            -Hermanos, hermanos no eran. Hermanastros.
            -¿Y dónde están ahora?
            -Uno en Alemania y otro se reenganchó en la legión y yo a Barcelona.
            -Mujer, a ti no te ha ío mal.
            -No, si no me quejo, es que maldigo mi suerte -la verdad es que mi madre no se quejaba del presente ni del periplo emocional a la que la había sometido la imaginación desbordante de Jimmy Sailor, ella de lo que se resentía era del helor que le había acompañao toda su vida, esa inseguridad de los que andan por el mundo con el tufo de la huida atado a su cuerpo.
            En ese momento se escuchó el arrastrar de la silla de la Esperatriz que dejaba paso a la Sebastiana que venía con un pañuelo en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.
            -Aquí está -dijo la Sebastiana alargando el envoltorio-. He aprovechao para traer unos poquitos roscos de huevo de los que sobraron el otro día.
            -Venga, yo voy a hacer un buchito de café -se apresuró la tía Nati-. Doña Fuensanta tráigame una taza, que como usté comprenderá después de lo que me ha contao del chupeteo...
            -No, si me hago cargo -respondió Doña Fuensanta con humildad.
            -Toma, llévate esto pa dentro -dijo Tomasita dándole la fuente de habichuelas.
            -¿No te ha visto tu marío? -preguntó Mari Polvo.
            -¡Qué va! No sé dónde se habrá metío.
            -¿Qué están haciendo los diablillos? -preguntó Fuensanta.
            -Ahí en la puerta, jugando.
            -¿Y esto cómo se hace?
            -Vicente lo mezcla con el tabaco y lo lía.
            -Tomasita, trae papel.

         Carmen se secó las lágrimas y siguió con la vista las uñas puntiagudas de Mari Polvo que con diligencia realizaba la operación. Tomasita y Sebastiana parecían dos testigos mudos delante de un notario. Mari Polvo lió una trompetilla de padre y muy señor mío.

                                                                                     (Continuará)