domingo, 6 de octubre de 2013

Capítulo X - Relaxing café con leche : 3ª Toma



            -Pues a la alemanita Mönchäunsita me la encontré el otro día en un cibercafé y me dijo que se había casao con Bocanicho, un tío mú triste, pero mú buena persona porque está todo el día suministrándole recetas para orientar su vida. Y no hace mucho me tomé una copa en un afterhour con la catalana CalientapOla y me contó que a un hombre en cuanto lo rozas se le va la cabeza.
            -Eso mismo dice mi amiga Allumeuse -dijo Tapaderita, se ve que sin darse cuenta ya estaban haciendo incluso literatura comparada. Mi madre, como siempre dominada por la curiosidad, cogió el diccionario pa enterarse de qué coño estaban hablando.
            -¿Existen Allumeurs en el mundo? -pregunté inocentemente.
            -¿No les he dicho que la niña promete? -dijo Madame Couvercle.
            -Lo que hace falta es que cumpla -dijo Mari-Polvo y siguió interrogando a su amiga-. Oye, ¿qué es eso de un cibercafé?, ¿y lo del afterhour? Anda, explícamelo que me has dejao intrigá.

            -Pues como siempre son las cosas, espacio y tiempo.
            -¿Y de Nurzha qué sabes?, ¿sigue aquí o ha vuelto a perder los papeles?
            -Una lástima, se ha muerto.
            -¡No me digas!
            -Sí -y se hizo el silencio.
            -¡Hay que ver cómo es la vida!
            -Esto ya está -dijo Tomasita y alargó el décimo con los nombres garabateados.
            -Pon el nombre de Mari-Match también y el de las otras que ha nombrao -dijo Mari-Polvo.
            -Como sigamos así no vamos a caber ni a un real.


  
        -¡Pero si el premio no es en reales, es en euros! -dijo Mari-Match que a tientas buscaba el vasito de café y la tostá de pan con sobrasada que se había pedío y el camarero trajo con tanto tanto trabajo, porque como estaba acostumbrado a verla por el local vendiendo su lotería se pensó que quería lo de siempre, pero se equivocaba, que aquella mañana no le apetecía croissant ni brioche.
            -¡Euros? -dijo mi madre mientras hojeaba nerviosa el diccionario.
            Entonces se pusieron a hablar del dinero y de lo importante que era tener cada una su propia tarjeta de crédito.
            -¡Ah, por cierto! -dijo Maripolvo-, quien me preguntó por ti fue la Crèmedelacrème.
            -¿Sí?, No me lo puedo creer.
            -Sí, me dijo que iba a presentar a su hija en sociedad.
            -¿La va vestir de largo?
            -No, dice que le va comprar un traje de astronauta, que desde que vive en una mansión con piscina se ha dao cuenta de que la chiquilla debe emprender la conquista del espacio.
            -¿No querrás que apuntemos también a esa Crèmedelacrème? -preguntó Tomasita.
            -Pues sí, quiero, que la muchacha es mú apañá y tiene su corazoncito y a escondías la pobre se hincha de bombones Godivas pa después vomitarlos.

            -Como sigamos así, esto en vez de un décimo va a parecer una casa de citas.
            -Escribe la letra en cursiva por si acaso -dijo Tapaderita.
            Mi madre como una loca se puso a buscar “cursiva” y casi llorando dijo:

            -En este libro no me entero de lo que significan las palabras, sé a lo que equivalen pero no lo que significan.
            -¡Ah, es que ustedes tienen su propio diccionario! Este se utiliza cuando ya sabes defenderte en tu propio idioma.

            La cabeza de mi madre que estaba sutilmente dividida en federaciones lo comprendió al instante. Ella no necesitaba que le repitieran las cosas dos veces, las cogía al vuelo.
            -¿Y eso dónde se compra?
            -En el Corte Inglés -dijo Mojoncita, que le encantaban las grandes superficies comerciales y que nunca, nunca podría ser un personaje de Saramago y es que para ella los hipermercados eran como un regalo, como el  Museo Thyssen.

            -¿Ustedes sabéis dónde está el Corte Inglés? -preguntó mi madre, pero este “usted” no es el mismo que el de Madame Simone o Couvercle, no nos vayamos a confundir. Este usted es como un “vosotros” lleno de vicio, el vicio del barbarismo.
            -Ya ves que sí lo sabemos. Si nos conocemos de memoria hasta el nombre de las plantas -dijo Coliflor que había aguantado durante horas la contemplación minuciosa que Mojoncita ejercía sobre todo en el departamento del Hogar, concretamente cristalería, accesorios de baño, juegos de toallas y demás menaje.
            -Pues venga, vamos -dijo mi madre.

            En cuanto nos levantamos vino corriendo pa nosotras el camarero. Le pagaron y al salir iban diciendo que así cara a cara no parecía tan grande como cuando nos miraba desde lo alto. Tomasita, de pronto, dijo que la Metacasa llevaba mucho rato sola, parecía que se había acordao sin querer de la fecha de caducidad de los edificios, y que le tenía que echar un ojo a los que allí se habían quedao. Mi madre le encargó que me llevara con ella, yo no quería ir y me eché a llorar, mi madre me pegó dos hostias pa que no la molestara en sus investigaciones del mundo y le tuve que hacer caso.

            Cuando volvieron ella y Mari Polvo venían sofocadas y discutiendo porque Carmen la de las tetas negras aprovechó un momento en que el dependiente estaba atento a la conversación de Monjoncita con una paisana suya llamada Carasola que venía de Medialdea, que es el nombre de la city de la región de la Zafra, y le estaba contando el trabajito que le había costado a ella también huir del Laberinto del Azúcar. Mi madre aprovechó la distracción del tendero y se escondió el Diccionario Ideológico de Casares, que ya es saber esconder. Esconder un diccionario tiene mucho mérito, sobre todo si es ideológico, porque esos no tienen sólo palabras, sino además ideas. Pero es que a mi madre cuando se le metía algo en la cabeza lo llevaba hasta la últimas consecuencias, a ella nunca le dio miedo hacer un viaje al fin de la noche, ¿tendré que poner la última frase en cursiva? Lo digo porque a mí me han dicho que hubo un tal Jaime de Dublín que escribió lo que le salió los huevos sin que nadie lo entrecomillara. Bueno, a lo que iba, que la Carmen era un prodigio y era una lástima que su talento estuviera desaprovechao, pero ya se sabe, dios le da legañas a quien no tiene pestañas. Por lo menos eso era lo que decía Mari Polvo que se le pusieron los vellos de punta cuando mi madre empezó a percibir las cosas torcidamente:

            Al entrar en la Bichambre dijo que el cuadro de la Magdalena le había hablao y que eso tenía que tener una explicación y también dijo que el rosario de conchas poseía un sentido religioso, igual que una medalla, y que deberían averiguar la solución a esa adivinanza, no sólo por ellas sino también por mí, que Madame Couvercle llevaba razón, que yo era un ser dotado de múltiples posibilidades y que si sabía aprovecharlas tal vez fuese capaz de salvarlas de la ignorancia. Entonces fue cuando empezó a hablar de Yemayá, a aprenderse el Diccionario, a querer tener posesiones exclusivísimas a las que le grababa un sello con su inicial, y a quemar incienso y a beber mucha agua y a ir a la playa al medio día mientras mi padre se echaba la siesta.




                                                           (Fin del Capítulo X. Continuará)



             


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