domingo, 13 de mayo de 2012

Capítulo I : Emigrantes - 3ª Toma


        Era así como los nombres de estos seres invisibles pasaban a ser para él tan familiares que no cesaba de hablar y hablar de ellos como si fueran primos hermanos. Dijo mi padre que su mujer llevaba en su interior a un insigne descubridor de algo inefable que él no llegaba a asimilar en su pequeña mente llena de acentos extranjeros, pero que le darían una medalla en unas regiones frías y que él iría a recibirla con una capa como la que prohibiera Esquilache, otro conocido suyo. La Carmen, que no se creía nada de su marido desde que le mintiera tan atrozmente ocultándole sus orígenes, le decía que estaba loco y lleno de pretensiones como un señorito pobre. Pero mi padre se empeñó y le respondió que si no se daba cuenta del tamaño de su vientre, que eso era porque el niño tenía una cabeza tan grande como el propio César y que a ese hijo le llamaría Paquito por Paco el Tuerto, su abuelo, que había inventado la horchata aunque no lo supieran los valencianos. Por esta causa mi madre hizo todos los patucos celestes y los gorritos a juego con un diámetro adecuado para la insigne frente que recogería. Estaban muy contentos con su heredero y la Carmen aprovechó aquella alegría para anunciarle a Sailor Jimmy que Singapur no era lugar para que se criara un prohombre, que debían volver a Andalucía. Mi padre dijo que no, que les iba bien en aquel país amarillo y que allí se quedarían hasta que tuvieran capital suficiente para comprarse un Seat 1.500 y pasear su victoria por la calle Larios o la Gran Vía.


Hace años los coches circulaban por la calle Larios de Málaga.


Mi madre, que era muy lista, se hizo una foto como Dios la trajo al mundo y se la envió en un sobre certificado a su propia madre. Cuando la Angustias vio a su hija con un barrigón tan grande que parecía que se había tragao un elefante (y que conste que he cogido este animal al azar, que no quiero ofender a nadie) no se lo pensó dos veces: cogió un puñao de habas y un cuarto kilo de quisquillas de Motril y se fue en busca de su niña, que no la podía dejar sola a la hora del parto. Pero la Angustias, que no había viajado mucho en su vida, confundió las líneas de comunicación y después de andar perdida un mes en el Transiberiano llegó a Singapur, de chiripa, con el cuarto kilo de quisquillas podridas y con las cáscaras de las habas. Cuando mi madre vio a su madre se emocionó tanto que aquella misma noche rompió aguas y Sailor Jimmy la tuvo que llevar a un hospital donde la ataron de pies y manos porque la pobre no se estaba quieta ni confiaba en los malayos. Decía que se iba a morir, por culpa de un mentiroso, en la camilla de un sanatorio donde nadie decía una palabra en cristiano.


Habas


        Mi madre tenía unos dolores horrorosos y gritaba como una poseída por el demonio, estaba rodeada de enfermeras y médicos que no podían hacer nada por su poca dilatación. Ante aquel ataque de histeria sólo quedaba aplicarle una buena dosis de anestesia y hacerle una cesárea, pero ella se resistía y mordía con su boca a todo el que se le acercara y se revolvía como una serpiente a ver si así podía desenredarse de las cuerdas que la tenían aprisionada. Un espectáculo, vaya. Mientras, a mi padre le entró sueño y como aquello estaba en punto muerto decidió irse a dormir para que el tiempo pasase más rápido. Mi abuela se quedó allí llorando sin entender una palabra de lo que decían los médicos y sorbiéndose los mocos porque se le había olvidao el pañuelo. A mi madre, finalmente, consiguieron inyectarle la anestesia y Don Chiang Kai-Shek comenzó la operación.

 Era normal que Paquito tuviera que nacer por el vientre, tenía tanta cabeza que por el coño no podía salir, así que el doctor Chiang aplicó un tajo en la barriga tan grande como un portón de cochera, para entonces mi madre ya estaba dormida y no veía el destrozo que le estaban haciendo. Se hizo un minuto de silencio donde sólo se escuchaba el resentimiento de Angustias porque el irresponsable de su yerno se había ido a sobar a Morfeo como un somormujo somnílocuo, y es que mi padre no metía la lengua en paladar ni debajo agua; mientras su chiquilla estaba en peligro de muerte. En ese minuto pasaron muchas cosas. (Continuará)

Habas deconstruidas.