domingo, 18 de noviembre de 2012

Capítulo V : En el patio - 2ª Toma



            -¿Pero de qué coño estáis hablando? -dijo la tía Nati con los ojos desorbitados como si estuviera presenciando la carnalización de un dogma y para ella, en ese momento, el coño que acababa de decir estaba lleno de ira y de expreso desaire. Su voz era la de una prisionera que jamás había salido de un calabozo de típicos témpanos.
            -¡Mamá del pollito que hace pío, pío! -dijo Mari Polvo con mucho retintín.

            Carmen la de la tetas negras, lanzando una carcajada, recogiéndose el vestío y haciéndose aire con la palma de la mano en la entrepierna se puso a cantar:
            -Mi abuelita tenía un pollito, lo criaba debajo la cama, cada vez que la vieja gruñía y el pollo cantaba, la vieja decía: dale ahí, dale ahí, dale ahí.
            Mari Polvo y la prima Tomasita siguieron el compás al ritmo de las palmas mientras la Sebastiana y la Fuensanta sonreían visiblemente alborozadas.
            -Esta niña está loca -dijo la tía Nati.
            -No, loca no, que tengo un pesar en el corazón que no sé cómo echarlo pa fuera.
            Sebastiana detuvo la labor de los pistilos y con un susurro lleno de quietud y misterio se dirigió a las más jóvenes.
            -Mi marío cuando está apenao se lía unos cigarros con unas yerbas que compra en el puerto, si queréis traigo una poquita.
            -Venga, ve a por ella -la animó Mari Polvo.
            -Ya mismito estoy aquí -y salío la Sebastiana a todo correr atravesando el zaguán donde la Esperatriz tibiamente me acurrucaba.
            -A mí no me gustan las cosas raras en mi casa -dijo la Nati.
           -Mujer, no temas, qué malo puede traer la Sebastiana -la tranquilizó la Fuensanta que aun siendo mayor que ella estaba siempre más abierta a las pocas novedades que le procuraba la vida-. La juventud es más sana que nosotras. Fíjate, yo a mis años todavía no sé lo que es bailar, ¿es eso una pena o no? Claro que es una pena, pero es que a mí no me enseñaron a menearme y casi tó lo hago sentá, hasta planchar.
            -Yo no la quiero ofender Fuensanta, pero a usté lo que le pasa es que es mú floja.
            -No es flojura, es la reuma Doña Nati y la mala pipa con que me han criao.
            -Verdad, mamá, eso de que te dejen recién nacía en la puerta de una casa cuna lo tienes que llevar marcao pa toa la vida -dijo Mari Polvo.
            -¿Usté es huerfana? -preguntó Carmen con interés.
            -Sí, chiquilla -respondió Fuensanta con la tristeza prendida de los solitarios puros.
           -Como yo ahora -dijo mi madre y dio una nueva berracá y se abrazó a Mari Polvo que la recogió en su seno y le acarició el pelo.
              -No te quejes, niña. Fuensanta no ha conocío a su madre y tú sí, lo suyo es más grave.
            -No se crea usté Nati, yo eso lo tengo comparao con los que son ciegos de nacimiento y los que pierden la vista después de haber visto una rosa. ¿Qué será más doloroso? El que ha visto y deja de ver, ¿verdad? -dijo la Fuensanta, y habló como si fuese una filósofa pura.
            -Lleva usté razón -dijo Tomasita como si le hubieran tocao los centros-. Cómo va a ser lo mismo la que nunca lo ha probao que la que de pronto le quitan el caramelo de la boca.
            -¡Ah!, ¿pero tú se la chupas a mi hermano? -preguntó con diligencia Mari Polvo.
            Tomasita con arrobo de amapola dijo que no con la cabeza.
            -Que yo no me entere, que si no, te pongo de comer aparte y desde luego no serán mis cucharas las que te lleve a los labios -dijo la tía Nati.
            -Pues fíjese usté, Doña Nati, sus cucharas de alpaca saben chispa más o menos igual que la polla de mi Teodoro -dijo Fuensanta con la dignidad de una virgen Sevillana.
            -¡Usté se la chupa al Teodoro?, con razón tiene esa cara de pito -dijo Mari Polvo dándose una palmada en el muslo y lanzando una carcajada.
            -¿Es que por ahí se sale el tuétano, verdad? -preguntó la tía Nati con curiosidad.
            -No digas tonterías mamá. El tuétano es lo que está dentro de los huesos y eso es como un churro.
            -Yo no me lo trago, mire usté, pero el sabor que me deja es como la alpaca.
            -¡No tendrá Teodoro la picha de plata! -dijo Mari Polvo.
            -¡Qué chalaúras se te pasan por la cabeza, Mari! -dijo la tía Nati.
            -¡Ay que ver la Sra. Fuensanta lo callaíto que se lo tenía!


            -¿Y no le da a usté asco? -preguntó tía Nati.
            -Al principio no me gustaba, pero al pobre le hacía tanta ilusión. Además, pensé, si no se lo hago yo lo mismo se busca a cualquiera en la calle Camas y esos sitios son tan malos y tan peligrosos y mi Teodoro no es un hombre fuerte, usté sabe lo de su enfermedad de chico; yo lo que no quiero es contrariarlo, mire usté.
            -¿Y él se lo chupa a usté? -preguntó Mari Polvo.
            -Calla, calla, calla. ¡Por Dios!
            -La Sra. Fuensanta lo hace por necesidad, porque a los hombres no se le puede decir que no, pero ella no es una mujer viciosa -dijo la tía Nati haciéndose cargo de la situación-. Mi marío, que en gloria esté, nunca me pidió ná de eso. Él llegaba, vaciaba y a otra cosa. La verdad es que nunca me ha dao guerra.
            -Ni guerra ni paz -papá era un malaje, siempre con el labio colgando, con la escupidera llena de esputos y con la correa en la mano.
            -No hables así de tu padre, Mari, que nunca nos faltó de ná. Lo del labio era de herencia, al hombre que le costaba trabajo reírse y contestarte a lo que le preguntabas, lo de la escupidera era porque tenía flema en el pecho del tabaco y lo de la correa es normal en un macho.
            -¡Que lo diga usté Nati! Mi tío Nicolás era igualito que su marío. A mi madre nunca le felicitó ni un santo ni un cumpleaños; ahora, eso sí, a él había que tocarle las campanillas cuando le salía de los huevos, por eso me tuve que ir pa Barcelona, porque el mú guarro tenía la mano larga. Y mi madre, ¿cree usté que mi madre hacía algo? ¡Qué iba a hacer! Ná de ná. Ella no se daba cuenta -dijo mi madre y sus sollozos machacones parecía un fino telón de fondo.
            -Pero ese ¿qué tío es?
            -Un hermano de mi madre que era mocito viejo.
            -Mujer, si la pobre no se daba cuenta ¿qué iba a hacer?
            -Po fijarse, mujer, fijarse. Y avisar.
            -Vamos a ver cómo lo haces tú con tu hija.
            -A mi hija no le va a faltar de ná. Ni el silencio quiero que la toque ni al viento voy a dejar que la roce -dijo mi madre olvidando ya los días que pasé en Singapur rodeada de mierda.
            -Eso se dice mú pronto, pero después la vida da muchas vueltas y una no puede taparle a los hijos tó lo que quisiera -dijo la tía Nati con la resignación de una mujer enterada por las habladurías de las vecinas de que su hija tenía un querío y que ese querío era hombre casao y que Mari Polvo solo era  la otra y a nada tenía derecho porque no llevaba un anillo con una fecha por dentro-. Yo no digo que tu madre no te debía haber guardao de la mano de tu tío, no es eso de lo que te hablo, lo que yo te digo es que cuando a un hombre se le mete algo en la cabeza acaba cumpliéndolo; lo mismo la mujer no pudo hacer más.
            -Podía haberlo matao.
            -¡Qué ocurrencia! -dijo la tía Nati mientras se persignaba.
            -Carmen, los hombres son más fuertes que las mujeres -dijo Tomasita, que solamente creía en el amor-invasión y que lucía unas ojeras moraítas de noches en vela y la voz dolorida de las que no son capaces de exigir lo que su cuerpo le pide.
            -Que lo hubiera esperao una de las noches que venía borracho y le hubiera endiñao un botellazo en lo alto la cabeza.
            -Con un botellazo no se muere nadie -dijo Mari Polvo que había estao en más de una verbena y había presenciado peleas de soberbia donde corría la sangre escandalosa pero no llegaba nunca al río.
            -Bueno, que le hubiera metío una puñalá en el estómago a ver si se reía de una puta vez. No, que me tuve que ir yo pa Barcelona a servir y eso es lo más triste que hay en este mundo.
            -Tampoco es pa tanto, que aquí la que más y la que menos toas hemos quitao mierda y mira qué sanas estamos -respondió tía Nati.
            -Sí, pero da mucha tristeza estar en casa ajena limpiando el rastro que los otros dejan -dijo Doña Fuensanta que la propiedad más grande que había tenido era la Casilla, un par de habitaciones de paredes endebles, en el centro del patio, que tía Nati le tenía alquilada porque la pobre se había portao muy bien con ella durante una guerra que hubo de mil novecientos treinta y seis a mil novecientos treinta y nueve.
            -Si yo no le quito la razón, pero que hay cosas peores.
            -No tener perrito que te ladre, por ejemplo -dijo Tomasita que tenía una tristeza lánguida como un mar dulce y la mirada ausente de los obcecados.
            -¿Qué puede haber peor que no estar una segura en su propia casa?
            -No estar segura en la calle -dijo tía Nati.
            -En la calle siempre se está bien -dijo Mari Polvo.
        -Tú es que eres mú rialenga -dijo la tía Nati con la represión propia de una mujer sin el convencimiento de su fuerza y con el cariño escondido que profesaba a una hija que en el fondo necesitaba más amor que nadie porque era una oveja negra de esas que dicen los evangelios que se van por el monte y se pierde de la vista del pastor y está a punto de despeñarse y partirse los sesos contra una piedra.
            -¡Ay! Mú realenga y tó lo que tú quieras, ¿pero quién te va a cuidar a ti de vieja? -respondió Mari Polvo abrazando a su madre y ésta se expandió como una gallina clueca.


            -No me hagas cosquillas, tonta -dijo la tía Nati ruborosa y satisfecha de sentir su vejez asegurada aunque fuese en las manos de una taquimeca algo putilla que, al fin y al cabo, era lo que era Mari Polvo. Le dio un beso a su hija y la miró con el compasivo afecto que se le profesa a un alma perdida.
            -¿Tú ves?, mi madre nunca me besó así -y Carmen la de las tetas negras rompió de nuevo a llorar con desesperación.
            -¿Y esa mujer cuándo va a volver con el alivio? -dijo Doña Fuensanta refiriéndose a la Sebastiana que tardaba más de la cuenta.
            -Como el Vicente no es encogío ni ná... Seguro que tiene la yerba esa bajo llave.
            -Pero no es mal hombre -dijo la tía Nati condescendiente.
            -No, si aquí no hay ninguno malo, pero vaya si joden -dijo Tomasita inconsciente de las paradojas lingüísticas que se debatían en su mente.
            -Mi tío si que era malo, tenía la llave de la despensa enganchá de la trabilla del pantalón y cada vez que queríamos algo se lo teníamos que pedir a él, qué tío más malo, más mala follá y más desconfiao, si sus deos le parecían huéspedes.
            -No, el Vicente no es de esa calaña, ná más que es mú suyo pa sus cosas, pero la Sebastiana dispone en su casa como le viene en gana.
            -Po mi madre no disponía, ella agachaba la cabeza y ya está. Mis hermanos comiéndose los mocos mientras el malaje se zampaba buenos trozos de chorizo gaznate abajo. Así fue como nos tuvimos que ir de allí.
            -Yo no sabía que tuvieras hermanos.
            -Hermanos, hermanos no eran. Hermanastros.
            -¿Y dónde están ahora?
            -Uno en Alemania y otro se reenganchó en la legión y yo a Barcelona.
            -Mujer, a ti no te ha ío mal.
            -No, si no me quejo, es que maldigo mi suerte -la verdad es que mi madre no se quejaba del presente ni del periplo emocional a la que la había sometido la imaginación desbordante de Jimmy Sailor, ella de lo que se resentía era del helor que le había acompañao toda su vida, esa inseguridad de los que andan por el mundo con el tufo de la huida atado a su cuerpo.
            En ese momento se escuchó el arrastrar de la silla de la Esperatriz que dejaba paso a la Sebastiana que venía con un pañuelo en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.
            -Aquí está -dijo la Sebastiana alargando el envoltorio-. He aprovechao para traer unos poquitos roscos de huevo de los que sobraron el otro día.
            -Venga, yo voy a hacer un buchito de café -se apresuró la tía Nati-. Doña Fuensanta tráigame una taza, que como usté comprenderá después de lo que me ha contao del chupeteo...
            -No, si me hago cargo -respondió Doña Fuensanta con humildad.
            -Toma, llévate esto pa dentro -dijo Tomasita dándole la fuente de habichuelas.
            -¿No te ha visto tu marío? -preguntó Mari Polvo.
            -¡Qué va! No sé dónde se habrá metío.
            -¿Qué están haciendo los diablillos? -preguntó Fuensanta.
            -Ahí en la puerta, jugando.
            -¿Y esto cómo se hace?
            -Vicente lo mezcla con el tabaco y lo lía.
            -Tomasita, trae papel.

         Carmen se secó las lágrimas y siguió con la vista las uñas puntiagudas de Mari Polvo que con diligencia realizaba la operación. Tomasita y Sebastiana parecían dos testigos mudos delante de un notario. Mari Polvo lió una trompetilla de padre y muy señor mío.

                                                                                     (Continuará)