domingo, 6 de enero de 2013

Capítulo VI : La Esperatriz - 2ª Toma


     
        Lázaro fatigado por la conducción temeraria de un vehículo tan poco apropiado para el machismo de un mejicano, hijo de la gran chingada, dijo:

            -Lola, yo no puedo más.
            -Tú eres el que me has raptao.
            -Tú te has dejao.
            -Esperando me quedé anoche y no viniste, esperando llevo meses y años. No es hora de ponernos a discutir. Yo creía que íbamos a hablar de amor y te encuentro como chófer de este armatoste estrafalario.
            -Es que quería impresionarte. ¿No te gusta?, lo he comprado en un bazar de la Alameda y también me han dao un reloj digital.
            -¿Y eso pa que sirve?
            -Para medir el tiempo milésima a milésima.

            Lola dejó el libro azul sobre el cuero rojizo del sillón y lo miró con sigilo de gata y pupilas huecas de cañones de escopeta. Entonces él comprendió que estaba haciendo el ridículo, el más inmenso ridículo.

            -Lola, es que no sé cómo agradarte, es que estoy tan nervioso que me tengo que echar a correr como un empleadillo que transportara a Pierre Loti.
            -Vamos a ver, Lázaro, ¿no dices que tienes una habitación en el Málaga Palace? Pues aprovechémosla.
            -Te va a gustar mucho, es añil.
            -¿Une chambre bleue?
            -Yes.
            -Coño, vamos p´ allá.

            Lázaro dio tres bufidos como un toro y una patada en el suelo.

            -No, en el carrito no, Lázaro. A pie, uno al lao del otro y tira ese reloj de mierda, hoy vamos a medir el tiempo con una colcha de seda.
            -¿Y cómo vamos a hacer eso?
            -Ya veremos.
            -¿Y por quién?
            -Por nosotros, por Andalucía libre, España y la Humanidad.
            -Pues chiquilla, ya que vamos a ser tan importantes dame diálogos más buenos, que no soy tonto ni tengo una piedra por corazón.

            La Lola se quedó mirándolo y pensó que necesitaba una copita de absenta para guardar silencio, se imaginó el licor verdoso en un vasito de plástico con dos cubitos de yelos transparentes flotando a la deriva.

            -Yo no soy la que da ni la que quita, ahí te equivocas -dijo la Lola.
            -Entonces, ¿tú quién eres?

            La Lola guardó silencio y pensó en el mundo, en la bola del mundo que vio cuando era chica en la casa de Don Mateo el maestro, la bola que se había caío en una palangana y tenía los continentes hinchados como una murmuración. Lola pensó en su hermana, y pensó que si alguna vez le contaba esta noche de jazmines inquietos le diría que el mar despedía un ligero tufo a mejillones, y que mientras hablaban no la llamaría por su nombre sino que la bautizaría como si fuera una princesa atenta con la esperanza de ver desterrados los ultrajes violentos. Sí, la llamaría Dinarsad. Y pensó Lola que con tranquilidad le narraría el apretaero del pecho que como un mazacote de hierro no la dejaba respirar. Y que de pronto, en aquel trance, le entró como un desvanecimiento y tuvo ganas de comer carne membrillo para remontar el mareo y aunque le hicieron palmas las aletas en el fondo estaba triste por tener que actuar como una coñocéntrica. Es un desierto de arena, pena; es mi gloria en un penal, ay pena, penita pena. Entonces fue cuando surgió el milagro, los Jardines de Puerta Oscura empezaron a relumbrar como un limón, y a ella se le cayó la bata de japonesa y le creció de no sé sabe dónde una bata de cola amatista y esmeralda, y La Lola se puso a bailar por soleares y se abanicaba con fuerza y empezó a oler a rosas. Lázaro Malacara empezó a reír como un verdadero borracho y se inclinaba sobre su vientre y se echaba para atrás como si se fuera a partir por la cintura y se golpeaba los muslos y se le saltaban las lágrimas, y hasta empezó a toser de una forma compulsiva mientras el vapor de las aguas los envolvía a los dos y los hizo abrazarse con la ternura de quienes quieren crecer.

            -¡Qué bonitos son los versos de Alberti! -dijo la Lola por decir algo.
            Fue entonces cuando apareció la banda de jazz que venía de tocar en el Café-Teatro mientras los asistentes tomaban zumo de tomate aliñado con sal y pimienta, sal como la piel de la Esperatriz y pimienta como sus ojos picantes. Los trombones resonaban con su fuerza de viento y el saxofón parecía una bocaná que entra por una ventana enrejada. Había trompetas delicadas como el amor de los niños que se aman entre niños y golpecitos de baguetas sobre la piel marfil de un tambor rodeado de un aro plateado. Había tantas cosas aquella noche en que Venus estaba anaranjada y la luna era una raja de coco como mis pechos de reina. Sí, había muchas cosas aquella noche, entre otras las manos pequeñillas de la Esperatriz con las uñas transparentes como si fueran gotas de rocío.





            -Lola, llevas razón, vámonos al hotel -dijo Lázaro Malacara y en aquel momento una ráfaga de viento los elevó a los dos y en volandas aparecieron en el Morro y escucharon el chocar de las olas y vieron la plaga de luces y a algunos pescadores de caña y a varias parejas que estaban echando un polvo con desparpajo.

            -El mundo es más poderoso que nosotros y la belleza nos empuja sin parar.
            -¿Quieres que nos bañemos antes de acostarnos? -preguntó Lázaro, y el mar se cuajó de escarcha y tuvo hambre de horchata.

            Vinieron entonces voces salidas de una viola olorosa, voces de mujeres acobardadas y la Esperatriz, desde lejos, contempló el trono de la Zamarrilla llevado por costaleros ciegos, de ojos quietos, pero inmensamente abiertos. ¿Qué significaría esa visión?, se preguntó, y el tiempo no quiso darle respuesta que los dos echaron  a andar pasito a paso, muy despacito, hasta llegar a las puertas del hotel donde un señor canoso vestido de almirante gris y botones dorados les abrió una puerta pesadísima. Cuando se acercaron al mostrador de recepción, ambos con sus desorbitados trajes, hablaron con la sencillez del jugo de una flor en la entrepierna.

            -¿Qué desean los Señores?
            -La Suite Pétalos de Hielo -dijo Lázaro mientras que con sus espuelas rojas arañaba el parquet.
            -Aquí tienen las llaves -y un botones con traje malva y galones de desierto cogió unos baúles invisibles que transportó con sumo cuidado hasta el ático.

            Lázaro y Lola se subieron por primera vez juntos en un ascensor tapizado de burdeos y sintieron cerca sus respiraciones y sintieron tan cerca sus respiraciones que parecían músicos a los que se les escucha el roce de la piel suave sobre las cuerdas de un laúd.

            Al niño, que andaba con el culo ligeramente salío y llevaba zapatos de charol brillante, Lázaro le dio cinco pesos y cerró la puerta de la habitación que era blanca con dibujitos dorados y miró a Lola que estaba asomada al balcón, que le dijo:

            -Aquí podremos hacer el amor como paganos, que no nos dará la sombra de ninguna catedral.
            Lázaro se acordó de la Iglesia-Manquita que les estaba guardando sus espaldas y del mármol rosa de su portada y de los sones de las campanas y sonrió con la placidez de un deseo que se anunciaba propicio.


                                                          

            -Voy a llenar la bañera con agua dulce y voy a echar gel de fresas.
            -¿Gel?, ¿qué es eso? -preguntó la Esperatriz, no hay que olvidar que estábamos en los años cincuenta.
            -Un jabón como si fuera un jarabe, pero no seas tonta, mujer, no te lo vayas a comer. Es mejor que nos bañemos por separado, yo no quiero ver todavía tu cuerpo desnudo.
            -Si estás harto de verlo en las regiones del sueño.
            -Sí, pero hoy, poco a poco quiero recorrértelo con la punta de los dedos mientras cierro los párpados.
            -Vale, vale, vale -dijo la Esperatriz y aunque parezca que no dijo nada, no deberíamos engañarnos, que los tímidos si se llaman Lola y llevan años esperando suelen asentir rápidamente como si se les hubieran puesto los pelos de punta por un inesperado contacto.

            Lázaro entró en el baño y mientras cantaba un corrido se aseó el pecho cuyos vellos despuntaban como estalagmitas minúsculas y se afeitó todo menos el mostacho porque pensaba hacer cosquillas a la Lola mientras su afilada lengua de vengador le acariciaba primero el vientre, después el clítoris y más tarde, en un alarde que ni escrito por Aretino, le zamparía el músculo del habla en el agujero profundo de la vagina.

La Lola mientras tanto se puso a contar las estrellas, ¡era tan pitagórica! y no sabía por qué todo le salía en conjunto de cuatro que es el número de la justicia. También vio la luna y un caballo blanco, como las latas de leche condensada que compraba en el estraperlo, que atravesaba el cielo con una cabalgada de incienso.

Empezaron a llover jazmines y a Lázaro, que le llegó el olor se preguntó para sus adentros qué sería la sencillez. Y Lola que lo escuchó pensar decidió no responderle, que si esa noche iban a cerrar el capítulo del amor udrí no debían ahora andarse por las ramas, tabicó ella la mente y él escuchó el silencio. Lola, que no había visto nunca una nevera chica, se agachó a registrarla y encontró dentro una cajita de Afternoon, deslió uno de los bombones y le dio un bocado y la menta se derramó en su boca deseante.

            -Lola, que te toca a ti -dijo Lázaro, que no se echó Varon Dandy ni ningún perfume que taponara la delicadeza de la pituitaria.

            Y Lola cerró los ojos para no verlo y él andó a tientas para lo mismo. Ella se descalzó y tiró la bata japonesa o de cola o de sabe Dios qué y lo digo así, porque yo, la reina, no soy narradora omnisciente, por lo menos no practico la omnisciencia métrica. Y cuando Lázaro escuchó que Lola para ahorrar agua no abría ningún grifo le gritó desde la bola del mundo que dentro tenía licores: “Lola, coño, ni que estuvieras en la posguerra, no te laves con el agua que a mí me ha sobrao, no tengas miseria.” Y Lola por un momento tuvo miedo, dicen por ahí que nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño. Mientras estaba en la bañera rodeada de espuma la Lola, que acostumbraba a transmigrar, se fue en busca de Camarón.

                                                                                             (Continuará)



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