domingo, 30 de diciembre de 2012

Capítulo VI : La Esperatriz -1ª Toma


      
     Cuando por la noche golpearon los cristales satinados del dormitorio de la Esperatriz, ella se acurrucó sobre sí misma y se tapó los oídos que le latían como si un caballo de coñac cabalgara en sus tímpanos. Quiso olvidar todas las palabras que había aprendido, quiso olvidar y olvidar y no le pareció suficiente el olvido, era tal la calentura que sentía y que le apretaba el pecho que nada la vencería. Así que cerró los ojos y respiró hondo y le dio la espalda a Lázaro Malacara que venía desde el valle de Scevo para golpear su ventana.

            -Lola, ábreme la puerta que te traigo un regalo.

            Pero Lola agachó la cabeza, se acurrucó aún más sobre sí misma y se pasó la lengua por los bordes de los labios. Era él quien la estaba llamando. Él, Lázaro Malacara, que había cabalgado sobre su yegua blanca y la había herido con las espuelas de las prisas que son propias de los enamorados. Pero ella no quería que le metieran bulla aunque fuera el mismísimo Alfonso XIII el que viniera a visitarla.

            -Lola, ábreme que eres una provinciana. ¿Por qué no vamos a dejar rienda suelta a esta luna de sexo? ¿No te das cuenta de que vengo caliente como los palos de un churrero? Y tú, ¿qué quieres, engañarme? ¡Por Dios, si te lo noto en la voz que es donde se notan todas las cosas! Y ayer en el plano astral titubeaste como una niña. Lola, que soy yo y de carne y hueso.

            Y es que Lázaro aunque era chaparrito tenía más labia que Salinas de Gortari que repartía medallas doradas de falsedad a mejicanos ilustres.

            Lola entonces mojó sus dedos en el tazón que tenía sobre la mesita de noche, tazón lleno de raspaduras de yelos y yerbabuena y se lo untó por la lengua recién despertada del sueño.




            -Lola, que soy un hombre cabal, que no le voy a decir a nadie lo que hagamos esta noche, que he reservao una habitación en el Málaga Palace y no la tengo que dejar hasta la hora del Ángelus del día de mañana. ¿Qué quieres que me raje ahora después de haber cruzao el Atlántico? Venga, paloma negra, no juegues conmigo ni con la virgen de Guadalupe.

            Y en aquel momento la Esperatriz, que se sentía ya perdida desde que escuchó su voz, tuvo que reconocerse a sí misma que estaba empapada y que le importaba un rábano gordo los ejercicios espitituales que hizo en el seminario aconsejada por la Srta. Nancy, la cruz que salía en el Nodo y que estaban construyendo los vencidos, y la pulcritud temporal de los acontecimientos. Decidió entonces irse por un momento. Lola se levantó con la respiración agónica de la petit mort y se dijo que a la porra la mala suerte, los augurios nefastos que construyen los resecos célibes y el trozo de acera que a las ocho de la mañana acostumbraba a regar, también mandó a la porra la silla de enea sobre la que pasaba  el día sentada mano sobre mano viendo a la gente atareada que solía llevar relojes Certina para orientarse, algunos Omega, los pocos.




            El reflejo de Lázaro Malacara en el cristal de su cuarto tenía los dones de un rostro herido, llevaba una cicatriz orgullosa en la mejilla izquierda que alguien le había hecho porque él en una noche de parranda le nombró la madre a Vicente, un compañero vengativo que llevaba botas de cuero. También sobre una ceja Lázaro Malacara portaba la seña de un golpe que se dio con una ventana en la hacienda de Don Carlos, un cacique que vestía de negro y que en noches de delirium tremens decía que era pariente del Zorro. Además de su pelo ralo y de su piel cuarteada por tantos días al sol, Lázaro contaba con una mirada de caviar y un aliento fresco de café con hielo, porque Lázaro no solía tomar, que no, que no tomaba ni tequila ni aguardiente, que Lázaro sólo bebía agua fresca y detestaba el tabaco. Así que cuando Lola lo escuchó tirarle chinitas a su ventana sabía que aquella voz que la requería se metería en su corazón como un pájaro infantil y que sin ella poderle poner frontera le besaría sus senos con el deleite del que se toma una limonada. Ya se los había besado durante noches enteras cuando en la región de los astros se encontraron por casualidad en una linde de la sierra de la Tierra Fría, allá por la altiplanicie, donde se encuentran los cuerpos secos que hartos de esperar presencias empiezan a practicar el amor udrí con el amante que se inventan. Allí sur la place chacun passe, chacun vient, chacun va; drôle de gens que ces gens-là. Drôle de gens! Drôle de gens!

            Lola se tapó los oídos y sin embargo escuchaba sus taconazos de brigadier sobre los adoquines húmedos de la noche marítima que estaba acariciando a Málaga entera igual que una lluvia de sal y risa. Lola se miró al espejo y se dijo en francés, porque si algo tiene el amor es que da el don de lenguas: L´amour est un oiseau rebelle que nul ne peut apprivoiser.... L´amour est enfant de Bohême, il n´a jamais, jamais connu de loi... Si tu m´aime je t´aimerai. Así que Lola sólo con el viso beige que para colmo no era suyo, que se lo había robado a la Sra. Nancy en una de las veces que iba a hacerle la colada y que mientras su hermana se metía conchas de jabón en las bragas, ella simuló un dolor de tripa y se guardó la prenda mojada bajo el vestido, Lola, digo, sin importarle su porte abrió la puerta del cuarto y salió descalza al vestíbulo, después con sigilo quitó los cerrojos de la calle y con los ojos de una ninfómana que sólo sabe pedir más y más y más, y encor, porque no olvidemos que el amor da el don de lenguas le susurró a Lázaro Malacara: Tra la la la la la la la coupe-moi, brûle moi, je ne te dirai rien, Tra la la la la la la la je brave tout, le feu, le fer et le ciel même.

            Y Lázaro Malacara que estaba en la puerta esperándola con un cochecito oriental llamado djin-richi-cha le hizo una empalagosa reverencia y le ofreció que se sentara. Después Lázaro, humildemente, se colocó entre los palos para guiarla por las calles de la salinera Málaga. Ella, antes de sentarse, se puso una bata de contemplativa y cogió entre sus manos un libro de Alberti de hermosa encuadernación azul, se trataba de los pleamareños versos de A la pintura. Vino la húmeda ficción del mar a lamerle sus pies que afortunadamente no eran de japonesa y rodearon la Plaza de la Merced donde estaba erecto el obelisco de Torrijos y se metieron cuesta abajo por la calle Victoria hasta que desembocaron en el Parque negro de noche y de misterio, allí bajo una palmera tenue como su inexistente reflejo opaco se paró Lázaro y entonces ella, con una voz finísima mitigada por la luz opaca, dijo con ironía hablando de sí misma en tercera persona: “La Lola se va a los puertos”.

                                                                       (Continuará)



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