domingo, 16 de marzo de 2014

LA REALIDAD - 1. El nombre



          Ya les he comentado que yo quería ser patinadora artística sobre hielo, lo dije en un discursillo. Pero nada, que no nevaba y tuve que cambiar de profesión. Así que comencé a escribir para agradar, para hacer feliz a los que me rodeaban, para entretener, para jugar, para conocerme a mí misma. Comencé a escribir por el placer físico de tener un lápiz o una pluma entre los dedos, por el placer de mentir.

            La ficción es mentira, la realidad no. Ficción es la novela, el teatro, la poesía. Realidad es el artículo periodístico, la crónica, etc. Estamos en una época tan confusa que hay que dejar las cosas claras desde el principio.

            Mentir es bueno. Nunca me ha gustado la sinceridad excesiva, el comentario desabrido y alejado de la más mínima norma de educación. Nunca me han gustado esas gentes que llevan la verdad por bandera y son capaces de cometer las mayores tropelías en su nombre.

            Nuestra sociedad padece una enfermedad galopante: el exceso de palabras, el hablar por hablar, el mentir fuera de las coordenadas de la ficción. Detesto a esos dogmáticos que no aprecian ni las bondades del silencio ni los beneficios del equilibrio.

            Se lleva gritar, la música altísima, la ambición desmedida, ya sea para ser pobre o para ser rico. La exageración, en suma.

            Yo quisiera escribir con la maestría de una bailarina ejercitada en la mesura que sabe agradecer al respetable público el reconocimiento. Y quisiera que el respetable comprendiese que quien escribe es sólo una mujer que soñó un día ser como María de Francia, y por eso, siguiendo sus estelas opté por el seudónimo de Salvadora Drôme.

            Dice Marguerite Yourcenar que un seudónimo “aleja primero de la tradición familiar, suponiendo que haya una, o en todo caso de las trabas familiares; se es libre”. Pero yo de la Yourcenar me fío sólo a medias. Me hubiera gustado que hubiera sido más lesbiana de lo que era, por lo menos literariamente hablando. Echo de menos un gran personaje femenino a la altura de Adriano, por ejemplo.

            Siempre me gustó mi nombre, me ha abierto muchas puertas: es fácil de recordar. Me llamo Salvadora por mi abuela paterna. Ella era una mujer buena que murió joven y que le prometió a su nuera (mi madre) que un día volvería del reino de los muertos para contarle cómo era el cielo, si es que hay cielo. Como se puede apreciar se manejaba con ciertas dosis de escepticismo y eso es sano, demuestra inteligencia, madurez y sentido del humor.

            Me apellido Drôme porque ese es el lugar donde se inició mi vida, un lugar alejado de donde realmente debería haber nacido, el lugar de la casualidad. Y quise, cuando me lancé a la vida literaria, que viajara conmigo la conciencia de que, vaya a donde vaya, seré siempre una extranjera. Y eso, me lo reconocerán ustedes se lleva mucho, es el gran tema de nuestro tiempo: el exilio.







Consejillos:
Leer el poema “La extranjera” de Gabriela Mistral.
Leer el capítulo “El sol de los desterrados: literatura y exilio” perteneciente al libro Múltiples moradas de Claudio Guillén.







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