domingo, 28 de abril de 2013

Dos noticias



1ª Noticia

Ha salido un mapa-guía de Córdoba para que las personas que vengan a visitarnos no se sientan extranjeras sino una más de la ciudad. Aquí está el enlace por si lo quieren ver. Colaboro con una pequeña recomendación.
 http://use-it.travel/cities/detail/cordoba/




Se trata de un proyecto muy interesante llevado a cabo por Jesús Taguas y su equipo. La prensa de Córdoba recogió así la noticia de la presentación:

El Día de Córdoba


Diario de Córdoba


Cordópolis


Yo soy una europeísta convencida, incluso en los malos momentos. Si os apetece podéis releer Aquí mi poema Europa


2ª Noticia






Ha salido la revista El invisible anillo. Colaboro en ella con un cuento titulado Breve paseo por el boulevard de las cuentistas. Aquí va el enlace por si le interesa a alguien comprarla: Revista

Está editada por la editorial Eneida, con su acostumbrado cuidado.










domingo, 21 de abril de 2013

Taller realizado con la asociación Kaifa



Durante los días 8 y 9 de Abril he dado un taller de literatura a las mujeres de la asociación Kaifa.




Empecé pidiéndoles que me dijeran lo que ellas podían enseñarme. Así rompíamos la barrera entre monitora y participante. Pretendía alejarme con ello de las tediosas presentaciones clásicas o de las animadas presentaciones en la que nos hacemos pasar por Sócrates, y nos convertimos en obsesos de la mayéutica. Apuesto, por tanto, por el respeto de los saberes de todas y una relación de tú a tú en la que intercambiamos conocimientos educadamente y nadie es una página en blanco, sino un lienzo lleno de matices.

En el taller leímos poemas de Concha Méndez y de Celia Viñas y buscamos nuestras raíces en el Lyceum Club Femenino de Madrid de 1926.

Al finalizar cada sesión bailamos juntas. El final siempre lo marca la canción "Fiesta" de Rafaella Carrà. 
Es importante saber divertirse y bailar y no pisar a nadie.



El lunes 15 hubo un recital en el Centro Cívico organizado por la Asociación Literaria Kaifa. Primero leyeron las integrantes de la Asociación Literaria Hasday: Juana Reina, María Romero Bodoque y Pepa Cabello.

Después leyó Matilde Arquero Mata y dos integrantes del Grupo Poético Wallada: María Romera Durán y Rafaela Sánchez.



También leyó María Ribera. Y la música la puso la guitarra de Daniel Martínez López.


La Asociación de Mujeres Kaifa pensó en mí para presentar el acto. Y me siento muy agradecida por ello. Aquí estoy junto a la junta directiva: Mª Ángeles Arquero y Paqui Villatoro quien recitó un poema de Mario Benedetti para cerrar el acto.












domingo, 14 de abril de 2013

Capítulo VII : La temprana edad - 6ª Toma




La habitación estaba silenciosa, sólo los pasos de Sole y sus tacones prestados y coloraos señalaban una extraña temporalidad, era el diapasón de los ritmos inquietos, parecíamos dos torpes cazadoras. Bordeamos la endeble hipotenusa que separaba la infancia de la vejez y entramos en el aposento de la tía Nati, que era antiguo y teatral como la palabra misma que lo describe. Al fondo, pegada a un muro extrablanco y sin ninguna decoración había una cama llena de clavos como la que años más tarde vi en el Circo de la Unión. ¡Qué extraña visión! Allí, ¿allí era donde dormía la tía Nati? Iba a preguntárselo a Sole cuando vi su cara pintarrajeada desposeída de todo maquillaje y con la frescura del ser temprano y asustado que de pronto se había limpiado y se mostraba sin máscara.

            -¿Qué te pasa? -pregunté. Le temblaban mínimamente las manos regordetas y sus ojos inmensos y verdes y su pelo rubio y toda ella mostraba una desazón impropia y sutil. Sus labios se abrieron y se cerraron y aunque hablaba no llegaba a pronunciar palabra. Yo me acerqué y mis cejas la interrogaron con apremio. Había un abismo entre las dos. De nuevo habló sin decir nada. Sólo sé que no podía aguantar su malestar creciente y esa cara tan hermosa llena de una represión tan clara-. ¿Qué te pasa? -le volví a preguntar, las dos éramos chiquitillas como coquinas y sin embargo ya habíamos aprendido a desconfiar la una de la otra-. Yo soy tu amiga -Sole sonrío y me recordó que no hacía mucho le había dado un empujón que casi la mato-. Te reíste de mí -le contesté.

            Guardamos silencio, supongo que sopesaba el pequeño delirio en el que estábamos metidas y la necesidad de deshacer aquella pescadilla que se mordía la cola con una fiereza ya añeja. Le di tiempo, es que en su casa eran minimalistas y no solían utilizar ni muchas palabras para expresarse ni mucha dorada a la sal ni mucho espacio, la nevera la tenían en el salón, en la cocina escaseaban los platos desde que su madre los rompió en un arrebato y dormían arrejuntaos los hermanos como piojos en costura, así que le di tiempo, menos mal que mientras tanto los clavos de la cama de tía Nati, por un proceso alquímico muy difícil de explicar ahora, se convirtieron en oro y empezaron a deslumbrarnos como si las dos estuviéramos sentadas en el filo de un balcón mediterráneo.

            -Yo también sufro -dijo con esa voz de cabello de ángel y esa dulzura pequeña de la que ya antes del parvulario ve que el futuro es una muralla insalvable.
            -No te preocupes -le dije-. Siempre nos podemos escapar -me sonrió-. Sí, podemos meternos en una Ballena.
            -¿En una Ballena?, ¿eso qué es?
            -Un pez mú grande donde cabe tó el mundo.
            -¿Tan grande?
            -Si un avión se cae al agua, a la gente que va dentro no le pasa ná porque la Ballena los salva.
            -Pero nosotras no vamos en un avión.
            -Ya, por eso tenemos que escaparnos, irnos pa la playa, echarnos al agua y buscarla.
            -¿Ella no viene a recogernos?
            -No, no puede acercarse a la orilla. Somos nosotras las que tenemos que ir hasta donde ella está.  
            -Yo no sé nadar.
            -Yo tampoco, pero no importa, aprendemos.
            -¿Y allí vamos a ser felices?
            -Sí, todos los días. Allí hay de tó y nadie nos va a regañar.
            -¿A ti quién te ha dicho eso?
            -Yo que lo sé.
            -¿Cómo se llama la Ballena?
            -Ballena y ya está.


Dibujo realizado por Cristina Vela



            En aquel momento llegó mi madre sigilosamente con la labor en las manos, metía el dobladillo a un vestío que le estaba demasiao grande. Dijo que tenía el agua prepará para lavarme, que estaba mú sucia, que dónde me había metío pa estar toa llena de churretes. Miré a los ojos de Sole que estaba calmada y me sonreía con esperanza, le hice una señal que ella comprendió rápidamente y decidimos telepáticamente guardar silencio. Pero mi madre, que no había aprendido aún los dones de la discreción, le dijo a mi padre que tenía una hija mentirosa que decía haber visto un pescado gigante y mi padre, al que le hizo gracia la ocurrencia, me dijo que las niñas no mienten y cogió el esqueleto niño de mi Ballena y lo envolvió con la barroca fraseología del que no sabe imaginarse una fe sin aditamentos.

Porque para Sole y para mí, la Ballena no era un animal sino una posibilidad alejada en la bruma, que intentábamos alcanzar desde el Balcón de las Utopías donde, desde que me llamaron mentirosa solíamos escondernos, y es que ella cada día necesitaba escuchar noticias de aquel ser que nos estaba esperando en el horizonte y muchas tardes, mientras caían flores violetas en el cielo acabado del día, me preguntaba con inseguridad: “¿Tú crees que seremos capaces de encontrarla?” Y yo le decía muy convencida que sí y Sole me miraba con sus ojos ágrafos y con la melancolía de las que se sienten desde el principio derrotadas, y es que Sole era tan minimalista que no tenía ni voluntad. 
 
            Mi padre sí que tenía voluntad de embadurnarlo todo y echaba patrá y palante el calendario para apuntarse tantos y decía barbaridades tan grandes como que la Ballena se llamaba Rafaela o que había que matarla porque tenía mú mala leche, y que lo mejor era hincarle un arpón a ver si escupía de una puta vez a un niño de madera que tenía dentro y que era mú malo y mú desobediente.

Pero nosotras, que habíamos descubierto el Balcón de las Utopías no estábamos dispuestas a abandonar nuestras ilusiones simplemente porque Jimmy Sailor diera argumentos de autoridad porque él había estao embarcao y nosotras no. Así que hacíamos oídos sordos y poníamos cara de póquer y subíamos por la Espiral de Témpanos que había tras la cortina de la Ventana Tapiada del aposento; y allí en el Balcón charlábamos de nuestras cosas, y veíamos la parábola lejana de aquel pez resbaladizo que nos hacía asomarnos de puntillas y crecer y crecer y no parar de crecer y estábamos dispuestas a todo, a todo menos a pasar por el Patio de la Hablación para que a cualquier gilipollas o a cualquier rancia o a alguna indiscreta les diera por cortarnos el resuello.



                                                           (Fin del Capítulo VII) (Continuará)









domingo, 7 de abril de 2013

Capítulo VII : La temprana edad - 5ª Toma


   
         A la Empanada de las Edades se entraba por el ángulo extremo y siniestro del Zaguán, el recinto estaba dividido en dos por una celosía de madera castellana, en el triángulo de la izquierda los niños tirados en una manta hablaban bajito.

            -¡Os pillé!
            -El juego ha terminao -dijo Currito Tirachina.
            -Pero podemos empezar de nuevo -propuso Marco-árbitro.
            -No, es mú aburrío.
            -Mejor jugamos a las casitas -dijo Sole que llevaba un vestido floreado y los tacones grandes que le había robado a su madre y la cara pintarrajeada y un olor a vejez prematura.
            -¡Niños, callarse! -dijo la tía Nati desde el otro lado de la celosía y se escucharon los abanicazos pausados de una mujer que imagina todas las musarañas posibles e imposibles durante las horas del mediodía-. Mira que si no voy a llamar pa que os den jarabe de palo.

            Todos cerramos los ojos y nos hicimos los dormidos, yo también. Allí, revueltos sobre la manta de rayas negras y naranjas parecíamos estar sobre una balsa; eso dijo mi primo Billy que actuaba como un capitán y hasta tuvimos que hacerle caso y quitarnos los zapatos, y de nuevo nos mandó callar la tía Nati y prontamente cerramos los ojos y apretamos los párpados para obligar al sueño.

            Desesperado vino un olor a mondarinas, era de unas ramas que Currito Tirachina había cogido de los árboles que había en el Solar de los Desahucios.

            -Huéleme las manos -me dijo muy bajito, cerca su boca de mi oreja. Yo le hice caso.
            -Las ramas las he cogío yo -dijo mi primo Billy con tono de propietario y sin saber por qué esquivé su mirada-. Venga, vamos a dormir.

            De nuevo intentamos cazar la región donde el reposo tiene su reino de velos. Me puse boca abajo agarrada a un cojín muy blando, a mi izquierda estaba Currito, a la derecha Sole, que con su boquita de pez dormía ya al lado de mi primo Marco, y al lado de mi primo Marco estaba Billy. Una colcha de calor nos dejó rendidos y no recuerdo ninguna imagen subrepticia que se colara en mi mente. Estaba en la profundidad que sólo dan la hora de la tarde y la inconsciencia más joven cuando mis pies desnudos sintieron el roce de una flor mojada, instintivamente quise desahacerme de ese contacto, los moví con rapidez, pero entonces unas manos los abrazaron como si fueran pajarillos que debieran ser calmados, levanté la cabeza con trabajo, se desplazaba amodorrada y me encontré con la sorpresa de los ojos esquivos de mi primo Billy.

            -¡Déjame en paz! -le dije.
            -¡Chisss! -respondió tendido como un vasallo-. Cállate que vas a despertar a los otros -y empezó a darme besos seguíos entre los dedos.
            -Que me haces cosquillas. ¡Déjame ya!
            -¿Qué pasa aquí? -dijó mi tía Nati vigilante justo detrás de la celosía, y a mí me dio miedo su mirada apagada de anciana muerta en vida, y a mí me dieron lástima los ojos suplicantes de mi primo que me pedía que no lo delatara.
            Se hizo un silencio de rito y la somnolencia abrió sus brazos más tibios mientras mi primo, seguro de mi complicidad, se pasó todo el rato que le vino en gana besándome los pies mientras decía:
-Parecen sapitos.



Que no, que no es un rape, que es un sapito chiquitito.











Que son sapitos fritos, emborrizados en harina de maiz para que a los niños y las niñas  que no soportan el trigo no se les hinche la barriguita con el gluten.














Fue grande ese día en que no tuve envidia de los tacones robados de Sole y aprendí la utilidad de ir descalza por la vida. Me acuerdo perfectamente, me acuerdo con la gratitud de la inocencia. Me acuerdo a pesar de que haya pasado el tiempo y sucesos imponentes o importanciosos amores hayan querido dejar huellas indelebles en mi ser no para satisfacer la voluntad de mis deseos sino para señalar la soberbia de sus hazañas eróticas. Me acuerdo de la ingenuidad de un acto sin ninguna pretensión excepto la del goce, y me acuerdo porque fue una muestra de sencillez que me sirvió para comparar otras experiencias y el grado con que se miden todos los verdaderos agasajos: la intensidad de la paciencia que el amado está dispuesto a soportar. Se trataba de un juego entre niños. Qué distinto de los actos llenos de cultura con los que desfilamos durante toda nuestra vida y nos engañamos ocultándonos en justificaciones de pertenencia.

Confieso que llevo aquella herencia y que hasta ha conformado mi forma de andar, tal vez para no estropear las caricias que llevo dibujadas en las plantas desde entonces. Bueno es saber que el amor muchas veces tiene la ignorancia como prenda y que no la utilizamos frecuentemente, también es bueno el sorbo del vino que se derrama suave y la entrega esmerada de los dátiles y la sed y el viento que nos acaricia la cara con la sal del mar. Bueno es conocer cuáles fueron las raíces de nuestra forma de querer. En fin, Venus (la que nació en Chipre, ¡Oh, la bella Chipre!) tiene caprichos que hay que respetar, sobre todo si nos encariñamos de sus pacíficas formas tan distantes de las arriesgadas aventuras que quieren grabarse a fuego para hacernos esclavas.

            Cuando nos despertaron para la merienda mi primo se olvidó de mí y yo de él aunque eso sí, respetamos el silencio que nos había cobijado con la madurez que da la cordialidad. Para merendar nos dieron un dedal de vino dulce y pan con chocolate. Mientras saboreaba el chocolate negro había una imagen que no se me borraba: los ojos de mi tía Nati a través de la celosía, esos ojos viejos y enmarcados en un resentimiento tan visible que se hacían insoportables, esos ojos proporcionaban una mirada extravagante como una hoz dispuesta a seccionar todo lo que antes a ella le habían seccionado. Era muy distinta a la mirada de mi primo Billy llena de pudor, sí, del pudor que persigue a los desvergonzados.

Pedí a Sole que me siguiera, ella me dijo que no, pero yo ya había descubierto la palabra gracias al silencio del Baúl Inspirado, de los consejos recibidos dentro del Armario de las Ausencias y de la presencia inexistente de la Esperatriz que contaminaba su cuarto entero con símbolos generosos; así que la convencí. Y las dos entramos de nuevo en la Empanadilla de las Edades, sentía curiosidad por saber qué había tras el biombo.


                                                           (Continuará)






domingo, 31 de marzo de 2013

Capítulo VII : La temprana edad - 4ª Toma



            -No tengas miedo, soy yo, la Esperatriz.
            Era una mujer joven y desnuda y con gestos de odalisca rodeada de ciegos flechados, tiernos como la carne membrillo.
            -¿Tú también estás muerta? -dije entre pucheros mientras en los oídos se reproducían los latidos de mi corazón.
            -No, no, no -me dijo suavemente-. Yo soy feliz y vivo en un valle donde hay un río muy grande rodeado de montañas con cimas de nieve.
            -¿Dónde está ese sitio? Llévame contigo.
            -No, no, no -me dijo suavemente y por eso no me enfadé con ella-. Cada uno tiene que conquistar su paraíso.
            -¿Cómo?
            Entonces la Esperatriz me hizo cosquillas con una pluma y me reí con mucho regocijo.
            -No seas tonta, toma lo que tengas a tu alcance y no te vengues de nadie.
            -¿Qué es vengarse?
            -Recordar con amargor. Ten.
            -¿Qué es esto?
            -Un terrón de azúcar.
            -¿Para llorar?
            -No, para que conozcas el sabor de los besos sin miedo. Cada vez que chupes uno aparecerá otro por arte de magia.
            -Me está entrando sueño.
            -Es normal después de dormir inquieta. Descansa mil y un minutos y después sigue tu camino.
            -¿Sola?
            -Sí.

            Y la Esperatriz se esfumó y yo me quedé rodeada de plumas dentro del armario que pareció ampliarse como una suite de un hotel hecho especialmente para niños. Allí dormí diecinueve horas y sesenta segundos seguidas con la paz blanda de las concordancias adecuadas entre cuerpo y espíritu. Cuando desperté me sentí fuerte y arriesgada y se me había olvidado la vigilancia de mis propios sufrimientos, ahora sí que había crecido de verdad y tenía ganas de sonreír y hasta estaba dispuesta a entregarme para que acabara aquel estúpido juego del escondite que por otra parte tanto me había enseñado. Así que de golpe abrí la puerta del Armario y de un salto me planté en medio de la habitación. ¡Qué tontería! Se me había olvidado que el tiempo me había pasado por encima con el sortilegio de sus noches encantadas, igual que los cuentos que fabricara una mujer para amar al límite del amor mismo, para amar hasta a sus íntimos verdugos. Una ráfaga de luz completa y plácida entraba por las dos ventanas y bañaba la estancia de celestes ráfagas.

            Pero esa luz empequeñeció en un instante y empezó a trasmutarse en yelo perla. ¡Qué raro! ahora junto a la ventana Norte había una mesa redonda con una taza grande en la que dormían los posos de un café lleno de presagios nefastos y entre la cama y el armario había una hornilla gigante. Se ve que durante mi estancia en el armario la cosas habían cambiado notablemente. La vida es así, sobre todo para los niños, que de pronto se ven sometidos a profundas mudanzas sin consulta previa. Decidí salir de la habitación, cuando empuñé la inmensa llave de la cerradura vi grabadas unas palabras enigmáticas en su contorno, doblé la cabeza y leí: El Salón de los Rechazados. Di media vuelta y eché un último vistazo. ¡Ah!, sobre el dintel de la ventana Este había una lámina estrafalaria: era la figura imposible de una japonesa rubiasca y con los ojos redondos, vestida con un kimono mediorojo donde estaba paralizado un bigotudo con espada de samurai, la mujer se hacía aire con un abanico. A la izquierda de la lámina había un nombre garabateado, me puse de puntillas, Claude Monet, ponía Claude Monet y una fecha: 1876. Seguramente era un retrato de la Esperatriz, un retrato de la noche de su fuga. Pero, ¿la Esperatriz no tenía el pelo negro? No sé. ¿No era pelirroja dentro del armario? No sé. Tal vez fue una impresión leve la que me había hecho manejar ese falso dato. Parecía una estampita de comunión llena de verdad y mentira.


La japonaise vista a través de los ojos de Irene.


                 El caso es que en aquel momento sonaron las campanadas de un reloj de péndulo estático que estaba encima del Baúl Inspirado, ¿había estado allí siempre? Dieron doce campanadas. Cuando acabé de contarlas me di cuenta de que sabía contar y por una simple asociación de ideas, los números se unieron a las letras y comprendí que era yo la que había leído los distintos carteles, por lo tanto también sabía leer. ¡Qué increíble!, ¡qué alegría más grande!, además se trataba de una alegría sigilosa, sin testigos que hubiesen presenciado algo tan natural y que se había producido gracias a un aprendizaje diáfano e inconsciente. Me sentí tan feliz que me entraron ganas de cantar, pero no sabía ninguna canción, excepto la de los cinco lobitos y esa no me gustaba. ¿Cómo los dedos podían convertirse en lobos?, ¿qué extraño mecanismo animalizaba a los humanos? No, no me gustaba esa canción. Así que empecé a decir: lalaralarito, lalaralarito, lalaralarito y un rayo de sol delicado atravesó el visillo de la ventana Norte para despedirme del recinto.

            Salí al Zaguán de los Fracasados, otra nueva sorpresa me estaba esperando: las losetas blancas y negras sustentaban la geometría estudiada de una decoración utilitaria; había mesas por todas partes, mesas redondas, mesas cuadradas, mesas rectangulares cubiertas de hules floreados y pretenciosos. ¡Qué extraño!

            Crucé a la habitación de enfrente, la habitación de Mari Polvo. La puerta estaba noblemente cerrada con un hermetismo delincuente, la abrí despacio, sin hacer ruido. El dormitorio estaba dividido en dos partes simétricas, en medio había una línea que separaba la Página Norte de la Página Sur. En la Página Sur hacía noche cerrada y en la cama el cuerpo de Mari Polvo acogía a otro cuerpo distinto acoplado sobre el suyo con el consentimiento de los jadeos placenteros, ambos estaban tapados por una tupida manta lila clara-clara bordada de copas blancas de todos los tamaños y que contenían vinos brasilados. Sobre la mesita de noche una vela color asperón. En la Página Norte una albura incongruente no me dejaba ver nada, la ventana parecía una linterna inmensa, así que quedó indescifrable aquella hoja del álbum. Cerré la puerta de la Bichambre. De nuevo me hallaba en el Zaguán de los Fracasados, ¿cruzaba en diagonal o me adentraba en la sala contigua? Siguiendo la senda de la pared llegué hasta la Cristalera de los Reflejos, la abrí y penetré en el Salón de las Peleas, una mesa grande estaba justo en medio, la cubría un tapete ámbar de pana, sobre ella un jarrón de formas clásicas, en el rincón otra mesa, esta cuadradita y alta, parecía un altar que esperara a un ídolo de imágenes sugerentes. Me vino un ruido de platos chocantes, atravesé el arco que comunicaba el Salón con la Cocina de las Mariposas, allí estaba mi madre, cara a la pared, fregando los platos.

            -Mamá, ¿dónde están los niños?
            -En la Empanadilla de las Edades -dijo mi madre sin dejar su tarea y la espuma le acariciaba las manos, y cuando me miró desde lo alto y agachó su cabeza pude ver que sus ojos estaban enmarcados por unas lívidas ojeras.
            -¿Eso qué es?
            -La habitación del principio y el fin, donde duermen la tía Nati y tus primos. Ve con ellos, pero no hagas ruido, es la hora de la siesta y tu padre está durmiendo en la Habitación del 2.
            -Vale -le dije muy suavito y me dispuse a ser obediente, no quería molestarla y menos ahora que había empezado a hablarme; bien visto, en tres años eran las primeras palabras que cruzábamos. Ya sé que mi léxico no era muy abundante, lo mismo la mujer se aburría con mi jerga diminuta. Pensé decirle que ya sabía leer, pero en aquel momento ella se llevó un dedo a los labios y me dijo: "¡Chissss!"

            Desandé lo andado, de nuevo estaba en el Zaguán de los Fracasados, junto a la Cristalera de los Reflejos, enfrente estaba la Habitación del 2 donde dormía mi padre, amplios ronquidos broncos vinieron a confortarme. Una sensación de calma cotidiana me acarició el alma.


                                                                                                 (Continuará)




          

domingo, 24 de marzo de 2013

Capítulo VII : La temprana edad - 3ª Toma




            -¿Tú eres mi hermano Paquito? -le pregunté.
            -Sí -me contestó.
            -¿A qué has venido?
            -Vengo porque me ha mandado la Esperatriz. Ella me ha dicho que te diga que no creas a los que quieran hacerte culpable de mi muerte, también me ha dicho que cuando estés cansada tienes que dejar hablar a tus creaciones y verás como ponen las cosas en su sitio sin que nadie se lo ordene.
            -No te comprendo.
            -Es muy fácil, por la boca muere el pez y los hombres vanidosos.
            -Siendo tan chico, ¿por qué sabes tanto?
            -Yo no sé nada, ya te he dicho que me ha mandado la Esperatriz y me ha prestado sus palabras.
            -¿Por qué no me lo ha dicho ella?
            -Porque tú la Esperatriz que conoces es de niebla y yo conozco a la Esperatriz joven que está rodeada de ángeles.
            -¿Para qué me va a servir lo que me has dicho?
            -Para sentirte inocente -dijo Paquito y se fue con viento fresco. Después sonó un pum, pum como si alguien llamara a la puerta.

            -¿Quién es?
            -Soy tu abuela Angustias.
            -¿Qué quieres?, yo no he matao a Paquito -dije rápidamente en mi defensa.
            -Ya lo sé.
            -¿Seguro?
            -Sí.
            -Entonces, ¿qué quieres?
            -Vengo porque me ha mandao la Esperatriz.
            -¿A ti también?
            -Sí. Y me ha dicho que te diga que cuando te hagas grande no olvides mirar las cosas desde lejos.
            -¿Cuánto de lejos? -como ustedes ven siempre he sido muy práctica.
            -La distancia exacta de los años que hayas tardado en vencer el pánico a la muerte.
            -Yo no me quiero morir.
            -Hay cosas peores que la muerte.
            -Pero yo no me quiero morir.
            -No te preocupes, no vas a morirte todavía.
            -Entonces pa qué dices tonterías.
            -Tienes que estar preparada para cuando se vayan los otros.
            -Yo no quiero que se vaya nadie.
            -Es ley de vida. Cuando se vayan...
            -Que te he dicho que no quiero que se vaya nadie. Me tapo las orejas.
            -Escúchame, no seas terca, cuando se vaya alguien que aprecies mucho abre los brazos y las piernas como si fueran las aspas de un molino de viento y deja que te corra la sangre por todo el cuerpo, no te empecines en encogerte como ahora, eso sólo lo hacen las niñas chicas.
            -Yo no quiero aprender más, vete.
            -Bueno, me voy. Pero toma este caramelo de café con leche -cogí el caramelo, me lo metí en la boca y me puse a llorar automáticamente, aquello era un veneno, seguro, porque si no qué me hizo llegar a tan lamentable y patético estado-. Cuando acabes de chupar el caramelo no sueltes ni una lágrima más, no te vayas a convertir en una viciosa de las tragedias, ¿lo has comprendido?
            -No.
            -No importa.
            -¿Por qué no me hablabas así cuando estabas viva?
            -Ya te he dicho que éstas no son mis palabras, que he pasao mi voz por el colador de la Esperatriz.
            -¿Y ese qué colador es?
            -El de la Belleza.

            Me eché a temblar, sentía el escalofrío que recorre a los cuerpos antes de la guerra y la ligera llama de la niñez bailó frágilmente, estaba dando un estirón, sin darme cuenta me había quedado dormida dentro del armario y ahora tenía la esbeltez de una niña de tres años y medio. A lo lejos escuché un eco lejano, como si un hombre y una mujer estereotipados, con sus voces, me intentaran enseñar qué es la vida. Tenía ganas de llorar, pero se me había gastao el caramelo, se me hizo un nudo en la garganta y mi voz estaba anclada en un mar de torpezas, si al menos hubiera una Ballena grande en la que poder cobijarme.


Foto realizada por Elsa García


Escuché un silbido y una lluvia de plumas blancas cayó sobre mi cabeza, había un revoloteo de alas extraño y el aire se llenó de brillantes sensaciones. Tuve sed y alguien adivinó que tenía sed porque me dieron un vaso de agua, estaba helada y bebí con fruición. De nuevo, alguien venía a visitarme.

                                                                       (Continuará)





domingo, 17 de marzo de 2013

Capítulo VII : La temprana edad - 2ª Toma


            

              Me dio tanto coraje que alguien tan débil como ella se atreviera a defender esa clase de risa, me entró tanta furia al pensar que si me estaba quieta encima sería yo también una víctima, que le pegué un empellón superlativo y cayó sobre el barreño y el agua apagó el fuego incipiente y rápidamente cogí un pedazo de madera y con la tizne empecé a ensuciarle la cara.

                            Ella gritó como una descosida y se armó tal follín que los niños al vernos manchadas como guarras quisieron ellos también disfrutar como cerdos, y mojaron sus dedos en las negruras de las brasas apagadas para dibujarse sobre las mejillas extraños símbolos de venganza.

                                                       Currito Tirachina empezó a encender mixtos como un loco y finalmente le metió un par en la bragueta al inerme Derri que empezó a arder por su sexo como si fuera un pequeño condenado de la Santa Inquisición o un Judas de los de la fiesta de San Juan. Yo no pude hacer nada, por un momento me iluminó su cuerpo de paja y el dolor de la pérdida del primer amor, paralizada ante las llamas y las carcajadas de todos, incluso Marco el prudente se reía por alternar.

                                                                                      Decidí hacerme fuerte sin decidirlo siquiera porque me guiaba un instinto, di otro empellón a Sole que cayó bocabajo sobre los adoquines y se le quitaron las ganas de cuchufletas y cogí una piedra que lancé directamente al ojo de Currito-Tirachina para que viera las estrellas y a mi primo Billy le escupí en la cara y a mi primo Marco le saqué la lengua y así, así excitados y con la respiración angustiada y con las caras tiznadas y el miedo del resquemor metido dentro del cuerpo, quisimos llegar más y más lejos en nuestra pequeña aventura por el sendero de la insensibilidad y Currito Tirachina, que era ceñudo y porfiador y hasta un poco masoca, dijo que si queríamos temblar a gusto lo mejor era que aprovecháramos las tinieblas de la noche y jugáramos al escondite. 

                                                                                                          La verdad es que la oscuridad nos estaba abrazando como un asfalto de aire. Había que aprovechar el negro que dominaba cada habitación de la Metacasa y ocultarnos como ladrones. Fue a Sole a la que le tocó hacer de madre, con lo que tendría que buscarnos por todas las estancias, yo como era chica, y mi violencia había sido sobrehumana sólo para mí misma, jugaría de cascarilla.
  
       Entramos a la Metacasa que estaba toda como el betún. Bueno toda, toda, no, que la Sala de las Peleas estaba iluminada y La Cocina de las Mariposas también. Entramos, digo, y para mí fue como si por primera vez la hubiera pisado porque por arte de magia quedó descubierta en su conjunto pleno. Me paré en medio del Zaguán de los Fracasados de donde colgaban fotos de guerreros con las piernas cruzadas como chulos, uno de ellos con gesto severo y triste, como si hubiera estado perdido toda su vida, perdido para los demás, tenía el labio colgando y los ojos llenos de mentiras piadosas.

                 Había más y más retratos, un legionario con sonrisa camelosa, una mujer con los zapatos de punta de golondrina y la blancura de un botón de nácar derretido, un hombre bigotudo que parecía un tenor italiano, una vieja con roete, mandil y pañuelo que abrazaba a dos niños cabezones, una novia rodeada de rosas blancas y una sonrisa falsa.  Creí haber analizado todos los cuadros y volví de nuevo a la entrada, sin saberlo mantenía la estrategia de las manecillas del reloj. Cuál fue mi sorpresa cuando ná más entrar a la izquierda, justo al lado de la puerta de la Habitación de la Esperatriz hallé un cuadro nuevo, era una foto mú bonita, con colorines... El buen hombre llevaba un sombrero, un traje lleno de remiendos que no se notaban, a no ser que fueras costurera, y en el ojal, radiante y pura, llevaba una flor blanca. Me quedé un rato mirándola y quise saber quién era aquel protagonista de la esquina, lo miré a los ojos como si sus ojos tuvieran vida y se parecieran a los míos, fue hermosa esa mirada y conservo grabada en mi corazón su vuelo informe y el silencio de un reconocimiento compartido.

                                    -Tonta, escóndete que te van a pillar -dijo mi primo Marco-. Métete en el Baúl Inspirado de la tía Lola.
                                               ¿De qué me estaba hablando mi primo? Entré sigilosa en la Habitación de la Esperatriz levemente iluminada por el reflejo dual que entraba sigiloso por la ventana Norte y por la ventana Este. Había una cama de cuerpo y medio revestida de una colcha escarlata en la que destacaban estampados racimos de uvas de un rojizo más fuerte. Un fuerte viento de levante traqueteó los postigos de cristales limpísimos, el cielo estaba encapotado y al lado derecho de la cama, sobre la mesita de noche de madera de naranjo, había una botella llena hasta la mitad de multitud de gotas transparentes, el gañote sufría la oclusión de un vaso bocabajo adornado con relieves precisos, esta fue la primera penetración que vi en mi vida, por lo menos, la primera conscientemente impresa en el registro de las imágenes concluyentes. 

                                                                      Sobre la cama había un cuadro apaisado, una mujer desnuda y envuelta en collares blancos reía las ocurrencias de media docena de amorcillos que le ofrecían más y más perlas marinas. A lo lejos se veía un castillo de escarcha rodeado de un foso de secretos y miles de niños jugueteando alrededor de su arquitectura fantástica. Tal vez se trataba de una foto de la Esperatriz cuando era joven y de su pelo rojizo como el de las actrices americanas que salen en las películas coloreadas. En el lado de la izquierda había un ropero con unas letras grabadas sobre las vetas de la misma madera: El Armario de las Ausencias. 

                                                                                            Un rayo de la luna vino a decirme dónde estaba el Baúl Inspirado: justo en el rincón entre las dos ventanas. Era un mamotreto azul de tapadera curvada como los que  descubren los piratas en las islas que esconden botines preciosos. ¿Sería capaz de abrirlo? Lo mismo la pereza, debida al hambre que me empezaba a entrar o el miedo infantil, porque el miedo siempre es infantil, me dejaba a las puertas del descubrimiento. Respiré hondo muy hondo, incluso bostecé, ¿me estaba entrando sueño o se trataba de una nueva estratagema que mi cobardía trenzaba para no superarme a mí misma?

                                                                                                            La Esperatriz, mi hada madrina, la que está y no está, pareció leer mi pensamiento y se conjugaron sus órdenes para que, de pronto, apareciera ante mis ojos un espléndido hojaldre relleno de frutos mediterráneos acompañado de un dulzón licor de avellanas desprovisto de alcohol, pero lleno de las locuras que procuran las libaciones en vasos pequeños. Una vez satisfecha el miedo fue decreciendo y es que mientras comía, tiernamente, mis ojos se acostumbraron a la penumbra y pude vislumbrar todas las sutilezas de la habitación de las dos ventanas: un pequeño espejo para contemplar las penas que no son deudoras del hambre y la necesidad, una polvera para maquillar los dolores de los amores inconclusos, descabellados finalmente por el paso de los días inútiles, un cepillo para peinar la descompostura de las tristezas y una barra de labios que nos recuerda las huellas de los besos sabrosos para cuando una ya no puede más y es necesario representarse hasta la saciedad las caricias que fueron o que serán, todo sobre un comodín veteado de verde. 

         Yo supe para qué servía cada objeto porque eran de tacto parlante y decían su utilidad en cuanto los cogía. Distraída por su empleo vínome, al oído la invitación musical del Baúl Inspirado que, harto de que no le prestara atención, empezó a sonar como una gramola. Y es que hasta los más terribles monstruos tienden a disfrazar su austeridad terrorífica cuando nadie les hace caso. Pero, y vayamos un poco más lejos, ¿era el Baúl un monstruo? Ya no podía esperar más, si no se iba a rebosar todo el misterio y entonces sí que no hay vuelta atrás. Abrí el Baúl con desparpajo igual que el que se lanza al mar de cabeza y una ráfaga de ensueño me agarró por la cintura y me metió dentro. 

                                Me quedé quieta boca-arriba con las manos sobre el pecho, cerré los ojos y me imaginé flotando sobre un río a mi medida, sin saberlo era una pequeña Ofelia con guirnalda de ilusiones abstractas; mi edad no daba para más. Aquello era muy aburrido, nadie venía a buscarme, tendría que salir por mí misma y saldría lo mismo que había entrado: sin ninguna noticia extravagante. Así que con naturalidad abrí la tapa y me puse en pie sigilosamente. Fuera del Baúl, que era simple y sin labrados arabescos y sin rebuscadas filigranas, consideré cuál era el provecho de entrar allí y pasarse las horas muertas mirando al aire.

            En fin, fui al  Armario de las Ausencias, tal vez mostrara mayor divertimento: abrí la puerta de en medio y me senté en uno de los cajones. Cerré por dentro y esperé a ver qué pasaba. Escuché el llanto de un niño mucho más pequeño que yo.

                                                                                              (Continuará)