domingo, 2 de junio de 2013

Capítulo VIII : La tabla del 2 - 3ª Toma





            Y Carmen la de las tetas negras lo siguió como una autómata y se metieron en la Habitación de la Esperatriz. Y todos los de la Metacasa cuando la vieron pasar le dijeron qué guapa estás Carmen, estás más mujer. Y es que hay experiencias en la vida que te llenan de madurez, el descubrimiento de las Matemáticas es uno de ellos.

            Ya en la Habitación de la Esperatriz Jimmy Sailor dijo que lo mejor era poner una mesita redonda frente a la Ventana Este para que así él pudiera tomar café tranquilito mientras echaba un cigarro y le diera el aire en la cara, que siempre es bueno, porque eso hace que las reflexiones sean más frescas, y es que él tenía una tarea inconmensurable: iba a ordenar el mundo. Sí, iba a hacer estrictas ordenaciones como Carl von Linné y después todos nos podríamos aprovechar de sus hallazgos. Jimmy Sailor ¡joder! era un altruista. Así es que lo mejor era poner una hornilla pegada al Armario pa que Carmen friera churros por las mañanas y los vendiera.

            -Pero Jimmy, ¿no te parece mejor que pongamos la hornilla al lao de la ventana y así pueda salir el humo a sus anchas y la mesa aquí? -dijo la Carmen señalando el centro de la habitación.
            -Es que entonces no puedo ver el paisaje, ¿no te das cuenta, mujer?, ¿es que no me tienes ninguna consideración? -dijo Jimmy ¡joder!, que como ya se ha visto tenía una relación muy genuina con los muebles y es que todos los colocaba a su alrededor como si él fuera el centro del mundo, el rey Sol o el Planeta Tierra cuando vivíamos equivocados por Claudio Tolomeo. Jimmy, desesperanzado por las terquedades de su mujer, se sentó sobre el Baúl Inspirado y se quedó mirando a su esposa con una tristeza infinita porque en el fondo él era un genio incomprendido, un pequeño príncipe destronado por los caprichos de la Carmen, y es que la Carmen era una caprichosa, ¡tan lujosa ella!


"De todo quedaron tres cosas" obra de la escultora Isabel Reyes Lillo


            -Pero Jimmy -dijo la Carmen con un susurro- ¿no te das cuenta de la zorrera que se va a meter en la casa si no dejamos salir el humo a sus anchas? Y si ponemos el hornillo frente al ropero nunca se podrán abrir las puertas ni se aireara la ropa que tiene guardada la tía Lola desde hace siglos.
            -¿Seguro que tampoco te parecerá bien que recubramos la habitación de espejos para que parezca más amplia? -afirmó Jimmy narcisillo que no le gustaba que le pusieran avispas en los cojoncillos.

            Carmen, la Carmen, de España y no la de Mérimé guardó silencio y comenzó a devorar palabras. Las palabras que no nacen son como cuerpos tiernos que masticamos contra nuestra voluntad, y mientras masticaba recordaba que ella era una persona de carne y hueso, que tenía que comer todos los días, que estaba sola en una ciudad desconocida y que el único documento que tenía era el libro de familia. Agachó la cabeza, sopesó la profundidad de la muerte de Angustias y dijo con silbantes eses propicias para los susurros, pero ofrecidas para andar y resbalarse por un laberinto de exhibicionistas:
            -Se hará lo que tú digas.
            -Me alegra que por una vez en tu vida seas lógica –dijo Jimmy licenciado en lógica-. Yo sabía que tarde o temprano ibas a darme la razón. Lo sabía, lo sabía...

"De todo quedaron tres cosas" Obra de la escultora Isabel Reyes Lillo


            A través del Armario La Reina de la Morralla escuchó esas palabras repetidas e instintivamente se le pusieron los pelos de punta: Jimmy Sailor era un Sabelotodo. Fue la primera vez que ella escuchó hablar de usted o ustedes, de esa forma tenebrosa de leer el pensamiento ajeno y que hasta entonces le había pasado desapercibida, y es que Jimmy Sailor era tan gracioso y tan apuesto que no daba la sensación de poseer un poder tan absoluto. Y usted entró en la vida de la Reina con letras mayúsculas: la Omnisciencia. Sintió miedo y un olor dulzón le invadió el rostro.

            -¿Dónde estará la niña? -dijo Carmen la de las tetas negras y a la Reina le extrañó como una puñalada aquella pregunta, ¿por qué se acordaba de ella si no era la hora de la merienda, ni de la cena ni de ninguna comida, ni la hora de lavarla, ni la hora de dormir o la chiflada hora de rezar?
            -Hemos tenido suerte de tener una hembra -requeterazonó Jimmy-, al principio no me hizo gracia, pero ahora me doy cuenta de que es lo mejor, ya tenemos quien nos cuide de viejos. Van a ser años duros donde tendremos que trabajar como esclavos para tener nuestra propia casa, después estaremos cansados y con una hija siempre nos sentiremos recogíos, por lo menos tendremos quien nos limpie el culo.

            En el pecho de la Reina sonó el oscuro y apagado sonido de unas túnicas y de pronto se vio metamoforseada en una quitasangre, por supuesto sonaron bocinas tristes como anuncios de fracaso y sobre su cabeza una corona de orfebrería espinada marcaba su misión. Llegaron las campanillas y después los tambores: pron, pron, pron. Taaan tan, tantataaanta, tarananara tanaranara taranaraná, pun, pun, pun. Las cornetas rayaron los faroles y el palio empezó a bambolearse, sin darse cuenta la acababan de llenar de puñales y resplandor. ¡Arriba el trono!, ¡al cielo con ella!, ¡guapa, guapa, guapa para nada! Ni que decir tiene que una saeta quebró su corazón. Diiiindo, diindodindo, diridiridiriridiririrí. Pum, pum, pum.* (Consultar R.V. Faibleman: Principles of solfeum fataliste der nazarenum) por supuesto en alemán, como manda la señora Merkel, ¡uf! ¡uf!, mientras se construyen islas tropicales en Krausnick para parecerse a esos países del sur, Sur, Sur.



                                                                       (Continuará)






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