Mi padre corrió eufórico por las calles de Singapur
sospechando que en su casa tenía, sin él haberse dado cuenta, a una arquitecta.
Volvió sudando y con los tomos en una carretilla, se sentó en la mesa de la
salita y se puso a hojear las páginas.
-¿Qué haces? -preguntó mi madre.
-Buscarle un nombre digno -contestó mi padre mientras no
paraba de mojarse el índice con la lengua. Así estuvo un buen rato, dándome
altisonantes apodos y mirando la cara que yo ponía hasta que ¡eureka!, lo
encontró-: Se llamará Irene como la emperatriz de Oriente que se deshizo de su
hijo y restableció el culto a las imágenes.
-¿Irene?, ¡qué nombre tan raro!, no lo lleva ninguno de
nuestros parientes.
-Se llamará Irene Federica de Singapur.
-¿Federica?
-Sí, Federica. Todas las reinas se llaman Federica.
-¡Ah! Yo no sabía eso. A mí me gustaba Inés como la
corderilla que teníamos en mi casa.
-Bueno, te voy a dar el gusto: Irene Federica María Inés
de Singapur y Grecia. Ese es el nombre que se merece, ¿no te has dado cuenta cómo
se ha fijado en la postal y ha edificado la iglesia cabalmente? Esta va a ser
pintora o algo así, es ella la que llevará la capa escarlata, ¡cómo he sido tan
tonto y no me he dado cuenta antes!, seguro que le dan algún premio o le ponen
alguna cruz real de esas que le dan a los dignatarios.
-¡Ay, Joselito, yo no te entiendo! -dijo mi madre.
-Si está muy claro, no es un prohombre sino una promujer
lo que llevabas en la barriga.
-¿Y eso es malo o bueno?
-Eso quiere decir que ésta es la que nos llevará al
TRIUNFO, ésta es más fuerte, fíjate cómo se deshizo de su hermano y luchó como
una bestia. Venga, vamos a lavarla y a ponerle ropa nueva.
Fue así como conocí el agua y por primera vez en la vida
me dieron un baño calentito, yo estaba tan contenta, hacía tantos morritos que
mis padres dijeron que era muy simpática y mi abuela que tenía don de gentes,
todo fueron halagos y complacencias y hasta mi madre se sacó una teta para ver
si tenía leche. Líquido no había, pero yo quedé satisfecha con su calor humano
y poco me importó el color negro de sus senos y hasta olvidé su antigua
displicencia. Después mi abuela me cantó una nana y mi padre no paraba de
hacerme carantoñas. Aquella noche fui por primera vez feliz aunque todo se lo
debía a la mierda, aquella noche no dormí en el cuarto de los trastos, que me
llevaron con ellos a su cama de matrimonio donde yo para hacerme aún más
deseada me cagué ante sus ojos y después amasé una flor que ofrecí a mi madre
mientras mi padre decía: “¿No ves, no ves como la criatura tiene culto a las
imágenes?”
A la mañana siguiente me vistieron con un traje de
lacitos y me pusieron frente a un espejo mientras me peinaban mis cuatro pelos,
me sorprendió tener unos ojos tan redondos y me asusté al verme reflejada, dicen
que me eché a llorar como una tonta. Mi madre me cogió y me llevó al pub a
enseñarme a los clientes. El mundo estaba poblado por miles y miles de hombres
y mujeres que caminaban deprisa por las aceras. Me agarré fuerte al cuello de
mi madre, todavía no tenía mucha confianza en ella y no sabía si le iba a dar
la ventolera de tirarme desde allí arriba. Cuando llegamos, mi padre tocó la
campanilla del bote y empezó a lanzar gritos de bienvenida, me mostró a todos
los parroquianos y con orgullo decía que yo sería alguien grande, que mi nombre
como el de Isabel la Católica o el de Madame de Pompadour viajaría por todos
los continentes con sobresaliente osadía.
Cuando
me vi rodeada de gente que hacía el payaso para llamar mi atención me entró tal
congoja que, de nuevo, eché a llorar. Me asfixiaba todo aquel tumulto que me
adulaba como si fueran fans de no sé qué cantante, no estaba acostumbrada.
Sailor Jimmy dijo que me habían afectado tantos ojos rajados observándome, que
yo estaba acostumbrada a ellos tres y que ahora enfrentarme a la muchedumbre me
daba pavor, aunque poco a poco tenía que ir superando esa timidez porque me
debía preparar para la disponibilidad que exige la masa; la celebridad que iba
a conquistar me lo imponía.
Me
pusieron en una cunita de bambú al lado de la caja y me compraron un muñeco con
los pelos amarillos y un peto de cuadros, al muñeco le llamaban Derri y era tan
grande como yo. Derri sí me gustaba porque era muy discreto, además nunca ponía
impedimento a mis deseos. Con Derri me sentí no sólo acompañada sino además
defendida, también me compraron una sonaja y, por fin, un chupete.
Allí
me pasaba el día, en aquel pequeño reino con música de Antonio Molina y el
ajetreo de platos al fondo, hasta que mi padre, henchido de orgullo, me mostraba
a algún amigo o conocido o simplemente a algún curioso que se sentía atraído
por los niños. Yo, cuando notaba al espía, empezaba a llorar al ver
interrumpido mi idilio con Derri y sentir ultrajado el reducido locus amoenus
que habíamos sido capaces de forjar. Entonces mi padre empezaba a buscar
excusas y decía que todavía yo era muy chica y no sabía todo lo que me
esperaba, las exigencias del público, los impuestos de la fama, el tembleque de
sentirme superior a todos y tener que hablar por encima de ellos mientras me
admiraban, que eso vendría con el tiempo y que él se preocuparía de irme
acostumbrando a toda esa gimnasia que tan bien dominan las celebridades.
Sailor Jimmy me tapaba con mi mantita rosa y
me dejaba estar allí con mi muñeco Derri mientras me echaba una mirada
edulcorada de verdadero amor y esperanza, sobre todo eso, esperanza por todos
los bienes que les aportaría a él y a su familia. Narraba a los clientes, con
su último acento adquirido, la noche de mi nacimiento y cómo yo siendo tan
pequeña ya había demostrado suficiente fortaleza como para desprenderme de un
hermano que podía hacerme sombra, decía que yo sería inconmensurable, que mi
quehacer en la historia me otorgaría un papel relevante y que después sería
premiada por mis actos acertados, que no estaba seguro, pero que lo mismo sería
arquitecta y que construiría catedrales, que seguramente me llamaría el Papa
para encargarme una iglesia que triplicara a San Pedro, que por ahí, por ahí
iban los tiros, que no lo sabía con certeza, pero que yo sería grande, inmensa
como una princesa con túnica de mando o como la gobernadora de los egipcios,
Cleopatra. (Continuará)