domingo, 23 de marzo de 2014

LA REALIDAD - 2. La realidad




            Un día llegó un hombre al patio, allí donde estábamos atareados con nuestras cosas. Y ese hombre entró en conversación. Empezó a hablar mal de otro hombre del pueblo, muy mal, la verdad. Nosotros que nunca éramos dados a posicionamientos vehementes permanecimos en silencio y un tanto sorprendidos. Yo estaba en medio de los grandes escuchando.

            De pronto mi tío Día intervino y comenzó a asentir, a darle la razón. Yo admiraba profundamente a mi tío, fue mi primer superhéroe, nada importaba que estuviera cojo, para mí eso era lo de menos, lo quería sinceramente y me encantaba que fuera a mi casa. Mi hermano y yo nos volvíamos locos cuando escuchábamos el timbre, nos asomábamos al balcón, veíamos que era él y bajábamos las escaleras excitados: estaba la diversión asegurada. Siempre le pedíamos que nos contara algunas de sus aventuras, nos la sabíamos todas, y elegíamos entre sus relatos diversos en los que él, sin lugar a dudas, aparecía como vencedor; nos daba igual que supiéramos de memorias sus hazañas, siempre lo pasábamos bien escuchándole y quedábamos arrobados ante su valentía: era un contador de historias, un ser generoso, todos buscaban su compañía y además sabía jugar al ajedrez. Yo de mayor quería ser como él, así de libre y despreocupada, así de atrevida. Su cojera no le impedía montar en bicicleta o subir a lo alto de la Piedra de la Torre como si fuese un campeón de atletismo, le encantaba charlar con la gente, jugar al dominó, concentrarse mucho cuando leía. A través de él comprendí lo que era la concentración, aunque, ahora me doy cuenta, él la practicase de una manera excesiva.

            Pues bien, digo que mi tío intervino y comenzó a darle la razón a ese hombre que soltaba sapos y culebras por su boca. Como un buen boxeador aguantó todos sus golpes dialécticos hasta que el oponente se cansó. Una vez cansado el maledicente, mi tío, con parsimonia, encendió un cigarro, se puso en pie. Para mí, tenía el porte de un noble, de alguien en el que se puede confiar, de alguien que es requerido por todos, de alguien que tiene amigos y amigas, y eso, verdaderamente, es envidiable.

            Mi tío Día, que para mí tenía un nombre misterioso y que no lograba saber de dónde lo había sacado, era yo muy pequeña para conocer lo que eran los apellidos y las evoluciones lingüísticas del andaluz. Mi tío que tenía un nombre que era como un faro, como una luz, le dijo a ese hombre lenguaraz e insano que  tendría que estar de acuerdo con él que de quien estaba hablando, además de ser como él decía, tenía otras cosas que eran buenas y se le habían pasado por alto. Y comenzó a enumerarlas. Y cada vez que decía una cualidad en defensa del ofendido era como si le diera una bofetada con un guante a ese hombre que vino a enturbiar la paz del patio y a llamarnos, en cierta manera, ignorantes. No sé de dónde sacó mi tío tantos argumentos, dejó arrinconado a su adversario que de pronto se revolvió en la silla de enea que estaba sentado y le dijo de muy mala manera: “Pero ¿tú de qué estás hablando?” Y mi tío con la serenidad de un actor shakesperiano, con la entonación precisa, apoyado en su pierna buena y estirada su pierna sin rótula le contestó desafiante, mirándole a los ojos, sin achicarse: “De la realidad, yo estoy hablando de la realidad.”

            Todos respiramos aliviados, alguien había sabido poner las cosas en su sitio. A todos nos pareció una respuesta genial y todos estuvimos de acuerdo en que mi tío llevaba razón, la realidad es algo complejo y lleno de matices, caleidoscópica, que diría un pedante. Recuerdo que sonreímos victoriosos y yo, una vez más, pensé que mi tío era un genio y que nadie podía con él. También descubrí aquella tarde lo que era “la realidad” y cómo había que construir personajes de verdad. Por supuesto, el que solo veía las cosas blancas o negras se fue con el rabo entre las piernas, y la paz, de nuevo, volvió al patio, y nosotros seguimos con nuestras cosas.

            Cuando nací mi tío mandó una carta a mi madre y decía que sin verme él sabía que yo era como una golondrina. Así me llamaba. Era un poeta, uno más de la familia, todos apreciábamos el saber literario, no es de extrañar que yo haya salido escritora, estaba rodeada de buenos narradores y de mujeres noveleras.





Consejillo: Si quieres ser escritor o escritora no es necesario que leas a Vladimir Propp y su Morfología del cuento, para mi gusto es bastante esquemático, ahora sí, lo que tienes que tener claro es que en la vida siempre debes contar con adyuvantes, ya lo dice Fina Birulés en la introducción de ¿Qué es la política? de Hannah Arendt: “La acción no puede tener lugar, pues, en el aislamiento, ya que quien empieza algo sólo puede acabarlo cuando consigue que otros le ayuden”.


Consejillo: Si quieres  tener amigas y amigos lo mejor es que te hagas epicúrea, hay un hermoso libro que te podrá ayudar: La amistad según Epicuro de Maite Larrauri  con ilustraciones de Max.





            Y otra cosa: nunca creas a quien te diga que se ha leído treinta libros al mes o tiene cinco mil amigos. Ese está fuera de la realidad.











domingo, 16 de marzo de 2014

LA REALIDAD - 1. El nombre



          Ya les he comentado que yo quería ser patinadora artística sobre hielo, lo dije en un discursillo. Pero nada, que no nevaba y tuve que cambiar de profesión. Así que comencé a escribir para agradar, para hacer feliz a los que me rodeaban, para entretener, para jugar, para conocerme a mí misma. Comencé a escribir por el placer físico de tener un lápiz o una pluma entre los dedos, por el placer de mentir.

            La ficción es mentira, la realidad no. Ficción es la novela, el teatro, la poesía. Realidad es el artículo periodístico, la crónica, etc. Estamos en una época tan confusa que hay que dejar las cosas claras desde el principio.

            Mentir es bueno. Nunca me ha gustado la sinceridad excesiva, el comentario desabrido y alejado de la más mínima norma de educación. Nunca me han gustado esas gentes que llevan la verdad por bandera y son capaces de cometer las mayores tropelías en su nombre.

            Nuestra sociedad padece una enfermedad galopante: el exceso de palabras, el hablar por hablar, el mentir fuera de las coordenadas de la ficción. Detesto a esos dogmáticos que no aprecian ni las bondades del silencio ni los beneficios del equilibrio.

            Se lleva gritar, la música altísima, la ambición desmedida, ya sea para ser pobre o para ser rico. La exageración, en suma.

            Yo quisiera escribir con la maestría de una bailarina ejercitada en la mesura que sabe agradecer al respetable público el reconocimiento. Y quisiera que el respetable comprendiese que quien escribe es sólo una mujer que soñó un día ser como María de Francia, y por eso, siguiendo sus estelas opté por el seudónimo de Salvadora Drôme.

            Dice Marguerite Yourcenar que un seudónimo “aleja primero de la tradición familiar, suponiendo que haya una, o en todo caso de las trabas familiares; se es libre”. Pero yo de la Yourcenar me fío sólo a medias. Me hubiera gustado que hubiera sido más lesbiana de lo que era, por lo menos literariamente hablando. Echo de menos un gran personaje femenino a la altura de Adriano, por ejemplo.

            Siempre me gustó mi nombre, me ha abierto muchas puertas: es fácil de recordar. Me llamo Salvadora por mi abuela paterna. Ella era una mujer buena que murió joven y que le prometió a su nuera (mi madre) que un día volvería del reino de los muertos para contarle cómo era el cielo, si es que hay cielo. Como se puede apreciar se manejaba con ciertas dosis de escepticismo y eso es sano, demuestra inteligencia, madurez y sentido del humor.

            Me apellido Drôme porque ese es el lugar donde se inició mi vida, un lugar alejado de donde realmente debería haber nacido, el lugar de la casualidad. Y quise, cuando me lancé a la vida literaria, que viajara conmigo la conciencia de que, vaya a donde vaya, seré siempre una extranjera. Y eso, me lo reconocerán ustedes se lleva mucho, es el gran tema de nuestro tiempo: el exilio.







Consejillos:
Leer el poema “La extranjera” de Gabriela Mistral.
Leer el capítulo “El sol de los desterrados: literatura y exilio” perteneciente al libro Múltiples moradas de Claudio Guillén.







domingo, 9 de marzo de 2014

Carcaj - Gota de mar











Gota de papel




No me abandones tú.
La poesía la mantienen los ogros en
el infierno,
tengo tu lepra de orquídeas.
Dios me juzgará por las metáforas,
yo no quise ser poeta.






Recreación de papiroflexia a cargo de
Nicolás Gutierrez Hidalgo  que tuvo lugar
en Diciembre de 2013 en el centro de exposiciones CajaGranada.






















domingo, 2 de marzo de 2014

Comunicados reales










hay que respirar
                                                                     dejar lugares vacíos





                                dejar que el sol acaricie nuestros párpados


dejar que el alma respire





darle tregua a la ficción para, después, construir la realidad
















El domingo que viene pondré unos versos y después, al siguiente, iniciaremos una nueva aventura literaria.








domingo, 23 de febrero de 2014

Capítulo XII - A lo que le llaman fin : 3ª Toma






           Estaba matizando todas las hazañas futuras, megalomanías útiles para darme ánimos, y me jaleaba para no desfallecer en medio de la maratón cuando un gran alboroto recorrió la casa. Había pasado un par de años sentada frente al buró y no me había dado cuenta. Miré mis dedos sutiles y placenteros, no me extrañó nada el olvido de las horas, era tan grande el goce... Salí de la Bichambre y hallé a la tía Nati con sus ojos de tris-tris abrazada a Mari Polvo que de nuevo había vuelto, ¿quién la había traído esta vez? Su metamorfosis era espectacular: vestía un traje italiano y los ademanes delicados de quien ha conquistado su silencio y no le molestan los secretos, llevaba un echarpe verde marihuana y la frescura del aguaplata, tenía el tacto añejo de los libros antiguos y la serenidad de quien no busca pódiums, el tiempo había reencontrado sus ingenuidades más íntimas, quería que la llamáramos por su nombre de pila.

            La tía Nati le decía: “¡Ay, mi hija pródiga, yo sabía que tarde o temprano regresarías!”  Me molestó que manifestara con tanta prepotencia una omnisciencia tan avasalladora, pero suele ser así, cuanto menos sabes más crees saber. La tía Lola que como siempre chocheaba preguntó que quién era aquella del pelo teñío y Carmen, a la que se le caía la baba y mostraba la profundidad abisal de los hipnotizados, no le hizo ni puto caso. Jimmy Sailor la miró con la ironía detestable y entarimada de un corredor de fondo. En fin, ese es el trato que se le da a algunos libros.

            -¿Qué haces aquí? -le pregunté.
            -De nuevo te has perdido -hablaba como los personajes de los cuentos.
            -No, yo sé muy bien dónde estoy -le dije.
            -¿En dónde?
            -En la Metacasa.

            Entró en la Bichambre y le echó un ojo a las páginas que llevaba escritas. Sobre la mesa instalada junto a la ventana dormía una montaña de hojas desaforadas.

            -¿El funesto de Zafra?, ¿de que va? -me preguntó.
            -Es la historia de un Príncipe que vive en Alcalá de Henares y soporta miles de aventuras todas ellas correctamente narradas con las terminaciones en ADO -le contesté poniendo cara de escritora superinteresante.
            -¿Y este es tu seudónimo?
            -Sí, Juana Danza.
            -¿Juana?
            -Sí, con la misma sonoridad que Jendel.

            Le echó un vistazo a las páginas y sin dudarlo comentó:
            -Me parece a mí que estos personajes no tienen una línea lógica.
            Y yo orgullosa y resabiada le contesté:
            -Estoy hablando desde el Ojo de los Injertos donde se trenzan todos los prejuicios y no me toque mis personajes porque son fieles reflejos de su mapas genéticos o ¿es que no estás al día?
            -Yo no sé dónde te va a llevar tanta vanidad -me dijo derrotada como una embarcación inteligente.
            -A olvidar la vanidad.
          
            -Este tratamiento del tiempo y del espacio no son creíbles -dijo Mari Polvo con su voz cargada de experiencia.
            -He dibujado el cronotopo lógico de las inconsciencias -dijo la escritora Juana Danza con la ingenuidad de los principios.
            -Bueno,  yo no sé cómo puedes ser tan lianta. Anda, vamos a dar una vuelta.
            -Otra vez.
            -Sí, que sin darte cuenta te empantanas.
            -¿Dónde vamos?
            -Al taller de encuadernación.
            -Tengo que arreglarme -dije al encontrar mi aspecto suspendido en un espejo donde se reflejaba alguien parecida a una homeless.
            -Venga, que te espero -dijo Mari Polvo condescendiente mientras revisaba con su mirada discreta toda la habitación-. No están nada mal los cambios.

            Yo sonreí y con la toalla en la mano atravesé el Zaguán de los Fracasados, cuando entré al Retrete de las Princesas me encontré con una bañera redonda y burbujeante que se llamaba jacuzzi y de regreso a la habitación hallé sobre la Sala de la Peleas una lubina a la sal, entonces me acordé de Sole, ¿qué habría sido de su vida? y también me pregunté ¿cómo los de la Metacasa habían llegado a tener posesiones tan exquisitas?

Me encontré de frente con el tío Andrés que había resucitao y mostraba orgulloso en sus manos de sabio las llaves de un coche con aire acondicionao. Y Billy le hablaba de no sé que negocio que daría tantos y tantos dividendos con los que podrían iniciar una mudanza. Y Carmen, de pronto, sonrió cuerdamente bajo los efectos de unas pastillas desagraviantes. Y la tía Nati, cuya mente albergaba dos ideas y media, quiso imponerlas con el abanderamiento de un orgullo ignorante. Y la Esperatriz que se daba abanicazos extremos exigía su ritmo redundante porque para eso ella llevaba sufrío lo suyo. Y Jimmy Sailor, como un tenor que no puede olvidar que él es el protagonista de los Do de pecho, me pedía el abajamiento digno de una prima donna enferma de tosidura para que él no perdiera el lugar de los focos. Y hasta Tomasita, que había sido toda su vida una simple albarrana, exigía que encastillara su nombre con la doradura extenuante de una fuera de serie; mientras Doña Fuensanta y don Teodoro permanecían callados porque seguían siendo dos muñequillos de un reloj al que se le había acabao la cuerda. Y todos andaban con la soberbia del que no tiene camisa y se encuentra un cuello. No, si todavía los voy a tener que llevar otra vez al mundo real.

            -Venga, vamos -dijo Mari Polvo y cogió el bolso rojo deslumbrante.
            Y salimos a la calle donde nos estaba esperando un muchacho con los ojos negros y sonrisa de extranjería.
            -¿Quién es éste?
            -Marco, ¿no te acuerdas de él? -dijo Mari Polvo y me señaló el automóvil gris y humilde y la verdad que un poco guarro, ya podía haberlo lavao un poquillo.

            -¡Ah! Sí, sí me acuerdo.
            -Vamos a tomarnos una cervecita -dijo Marco.
            -Tengo cosas que hacer.
            -No tienes nada que hacer -me dijo Mari Polvo con la severidad del que sabe hasta dónde llegan los cometidos de cada uno-. Que todo lo quieres hacer tú.
            -Es que te tengo que contar un viaje que hice en el Globo de las Horas.
            -¿Tú has salío de la Metacasa?, ¿tú has viajao?, ¿no te drogarás?
            -Mira que eres mal pensá, ¿eh?         
            -Como este mundo es tan raro. Bueno, otro día me lo cuentas. ¡Ah!, ponte esta capa.
            -¿Cuál? Yo no veo ninguna capa. No me tomes el pelo.

            Y Mari Polvo me echó sobre los hombros una capa invisible de respeto y en ese mismo instante decidí que tiraría aquella otra capa con el forro escarlata que me hicieron de ambiciones y ansiedades. Y  Mari Polvo se fue, no sé si en un landó o en un ómnibus, da igual, porque ella siempre compra billete de ida y vuelta.

Miré atrás, la Metacasa parecía un inmenso Baúl del que había salido con las manos vacías, pero con una lección que no tenía precio, esa era mi herencia: pensé que lo importante es cómo hace una las cosas, no cuántas cosas has hecho.

Marco entonces me abrió la puerta del coche y nos fuimos a la playa. Y allí bajo el sol me habló de su vida, era juez en no sé qué ciudad. Y yo le pregunté por Sole y me dijo que si se me había olvidado el entierro.

            -¿Qué entierro?
            -El primer entierro de nuestra vida, cuando apenas teníamos cinco años y a Sole le pusieron unos lazos negros en el pelo.
            -Ah, sí, es verdad hubo un entierro. ¿De qué murió?
            -Entre todos la mataron y ella sola se murió -dijo Marco-. Hay muchas Soles en el mundo.

            Las olas con su caricia de sal hacía escocer las heridas y la sombra de un pez gigante nos hablaba de la inocencia. Marco se acercó y me besó lentamente como si carenara una barca.





            Marco tiene las manos singulares del que sabe sacar los roces. Y mientras me besa me dice que mi piel tiene el sabor inocuo del agua de la sierra y que yo soy su Princesa de Babilonia, su reina de los delfines y que me va a tratar como a una obra de arte.
            -Hombre, tampoco te pases. Sólo soy una mujer que escribe.
            -Sí, tú eres mi golondrina,  mi Reina de Singapur.
            -Mira, vamos a dejarlo en reina de la morralla.

            Y reímos mientras suena la Watermusic, Suite Nº 2, D major en el C.D. del coche y entonces... Y entonces recuerdo que tengo no sé qué guardado en la guantera y salgo corriendo en su búsqueda y cuando cierro la puerta veo mi Nikon FM que está en el asiento de atrás y encogida de frío no resisto la tentación de hacerle un retrato al perfil de la ciudad. Y Marco dice riendo:

            -¿Ahora te vas a poner a echar una foto?
            -Es un momento, pongo el automático.
            -Increíble. A cualquiera que se lo cuente no se lo cree.
            -Es en blanco y negro -le digo para tenerlo entretenido mientras compruebo la sensibilidad del carrete.
            -Vaya gracia, encima no se va a ver el atardecer.
            -Sí, sí se va a ver.
            -¿Cómo?
            -Voy a retocarla con acuarelas
           
            Y mientras le pongo la funda a la Nikon pienso que esa ciudad es igual que cualquier otra, que Madrid, que Barcelona, que París o Combray o New York, que hemos hecho bien en visitarla este fin de semana. Que perfilaré sus calles y sus aceras de Brilliant Yellow con la fantasiosa alegría que aprendí de mi padre, el fabuloso marinero Jimmy Sailor, y que con la enriquecedora imaginación que asistía a mi madre Carmen la valiente llenaré el cielo de Pink Lady, y que vestiré Málaga de sensualidad Lihgt, la misma sensualidad que la tía Nati tanto le hubiera gustado conocer; y que debía ser generosa como Mari Polvo y ponerle a todos los personajes unas gotitas de Pearl Gray, porque todos los personajes, señoras y señores, son buenos. Y que después tendería esa imagen iluminada en la terraza para que se secara pronto, porque si algo me enseñó la Esperatriz es que hay que ser impaciente, que no podemos perder el tiempo ni los momentos felices.

            -Bueno, ¿vienes o qué?
            -Sí, voy, voy, voy.
            Entonces Marco me mira y yo lo miro a él y cuando ve mis ojos de Ivory Black me dice señalándome con el dedo como si fuera un personaje de Leonardo:                                          
            -No se te ocurra hacerme una foto.
            Y yo le contesto:
            -Ya te la he hecho sin darte cuenta.
            -Me lo podías haber dicho.
            -No quería que posaras -endulzo mi tono de voz para tranquilizarlo mientras me acaricia el rumor de las cañas cercanas-. Vas a salir muy guapo, he puesto el objetivo a 50 mm.

            Y Marco se ríe. Y entonces... Entonces  si algo aprendí de la prima Tomasita es que una debe saber poner límites y no estar todo el día dándole vuelta a lo mismo. No sean morbosos. ¿Es que están ustedes aburridos? ¿Qué más quieren saber sincères lecteurs et lectrices, mes semblables, mes frères, mes soeurs? ¿Acaso quieren ser Omniscientes? ¡Por Dios!, ¡que atrevimiento! Esto no es la aldea global, esto es la Ciudad de las Intimidades.




                   
                                      (Fin de La Reina de la Morralla, novela por espaciosas entregas)











            

domingo, 16 de febrero de 2014

Capítulo XII - A lo que le llaman fin : 2ª Toma

      


      Mari Polvo era una mujer pública, (pero vamos a ver, para entendernos, era simplemente una mujer que salía a la calle, tenía amigas, buscaba su lugar como ciudadana para beneficio propio y de toda su ralea). Ella era una mujer libro, sobre su piel llevaba tatuadas las partes más interesante de su cuerpo que alguno de sus desconsiderados amantes se había atrevido a subrayar. En la espalda, bajo su columna curvada tenía un número indicador de su rango. Sabía ser agradable con todo el mundo y me hizo una caricia en la cabeza y me sonrió.

Bajamos la calle de la Victoria, había un cine que parecía una caja de bombones y un jardincillo de donde salían jóvenes borrachos. Llegamos a un edificio que se levantaba sobre un teatro romano. En la entrada, a la izquierda, había un cuadro inmenso de Goya, dos hombres hundidos en la tierra estaban a punto de matarse como si fueran dos forasteros que no quisieran conocerse nunca. Yo no sabía qué era una copia, no distinguía la diferencia entres las postales y los lienzos, ni el tacto de la música clásica cuando se produce en directo ni aún hoy sé diferenciar el caviar iraní del ruso. Me quedé extasiada ante aquella imagen de camisas inflamadas y blancas. En un instante llegué al convencimiento de que debía difundirse por el mundo con la velocidad de la luz para que todos viéramos lo que es la crueldad.


Duelo a garrotazos



            -Venga, te voy a hacer el carnet.
            -¿De identidad?
            -No, de la Biblioteca.

            Mari Polvo o la Cuca, da igual, era una mujer libro que sólo podía estar una semana entera entre tus brazos, después volvía a su lugar hasta que otro cliente (lector-lectora) la requiriese.

Subimos unas escaleras de lujo y por un pasillo que ahora vislumbro vagamente desembocamos a una especie de taberna ficticia donde había toneles de mentirijilla con el nombre dorado de los vinos.
            -¿Vamos a beber?
            -No, ¿no te das cuenta de que es un decorado? -entramos en una sala repleta de estanterías, antes le dijimos buenos días a un señor muy serio, era su jefe. Firmé en una cartulina blanca y me dio permiso para que curioseara a mi antojo-. Mira aquí puedes encontrar a Jendel -me señaló unos libros grandísimos que parecían de la misma familia, me dijo que se llamaban Enciclopedia-. Ahora no te la vayas a aprender de memoria como hizo tu madre con el diccionario. Busca lo que te interesa y ya está.

            Prometí que la obedecería, pero el dichoso Jendel no aparecía por ningún lado, así que tuve que empezar desde el principio. ¡Por Dios!, ¿cómo no se le había ocurrido decir a María Teresa Campos desde Radio Juventud que Jendel se escribía con H como Jagüai? Lo estaba viendo venir, las haches iban a ser mi perdición.

            Mi corazón latía sobresaltado, al principio confundí su ritmo con la angustia de la tortura sibilinamente amasada durante lustros y lustros y lustros por el maldito demonio de la desigualdad. Pero estaba equivocada: temblaba de placer. Escondida en el laberinto de los libros podría sobrevivir discretamente sin que nadie me molestara, tal vez incluso conseguiría que un día me consideraran digna de respeto.

 Descubrí que Händel, Haendel, Hendel y Handel eran la misma persona, que en los conciertos que escribió para oboe, el oboe aparece mú poquillo, casi ná, y que el oboe viene de la palabra francesa hautbois, que significa madera alta, y que es un instrumento con doble lengüeta, algunos agujeros y varias llaves, y que las personas que lo tocan pueden transformarse en el objeto que utilizan y que a eso se le llama metonimia, y que la metonimia es una figura retórica, y que las figuras retóricas son los instrumentos de un arte que se llama Literatura o Bellas Letras o Humanidades, de nuevo llegué a la H.

            Levanté la cabeza, la sala estaba silenciosa, la luz entraba táctil y cenital, sin darme cuenta permanecí enteramente quieta, se me había olvidado respirar, dicen que es normal en momentos altamente reflexivos. Resoplé de pronto volviendo a la vida, desanudada la pausa, percibí mi propio jadeo como el mensaje inequívoco que te confirma el placer. Estaba salvada, había llegado a buen puerto. Sonreí. No sé por qué conexión neuronal rápidamente la felicidad se convirtió en aprensión y le di a la palanca del freno. Pensé en las almas vulgares, en aquellas que queman los bosques, que talan los troncos y que no permiten que vuelen las cometas: Tenía que defenderme.

Busqué a Mari Polvo, no la hallé en ninguna de las calles del laberinto de las estanterías. Le pregunté a su jefe que era extrañamente pesimista y llevaba manguitos negros y era calvo y macilento. Me dijo que acababa de salir, que ya no volvería hasta dentro de dos semanas, que las otras Mari Polvos estaban en el depósito, que habían sido devoradas por la polilla de los libros. Eché a correr envuelta en confusión, bajé la escalera como una poseída. La hallé disoluta y abierta entre unas manos significativas como las que pinta Leonardo, pertenecía a un muchacho alto, de tez morena, llevaba toga de juez y cuando vio mi ansiedad nos dejó a solas:

            -¿Qué te pasa? -dijo Mari Polvo.
            -Me han rodeado de malos presagios.

            Ella se echó a reír, tenía el don de travesear todos los andamios con una carcajada. Yo, en cambio, quise ser invisible, me sentía tan torpe. No sé porqué me habló de Tintoretto y de una tal Verónica y me dijo que no debía ser orgullosa, que hay gente que no se puede permitir el sentido del ridículo, que no me andara con remilgos, que esos sentimientos sí que son nefastos porque llevan el gravamen propio de los impuestos de lujo.

            -¿Qué a la Señora no le gusta pedir?, ¿verdad? -ese era el tratamiento que la Cuca le daba a las mujeres porque ella, que estaba acostumbrada al desprecio, nunca recibía ese título y cuando decía que alguien le había tratado como a una dama era porque iba de farol-. No se te va a caer ningún anillo, no te preocupes.

            Sentí una curiosidad inmensa, tenía la inquietud de los inicios cuando realmente estaba llegando al final de un logrado camino de mutismo. Quise conocer el nombre de sus amantes, mi ignorancia no me dejaba ver que el veneno de la omnisciencia había fructificado en mí de una forma inconsciente.

            -¿Quién era el hombre que estaba en tu cuarto?  -recordé la oscuridad de la Página Norte de la Bichambre, el consentimiento con que recogía bajo su manta de vinos brasilados a ese ser que no le mostraba ninguna consideración.
            -Mister Derri.
            -¡Mi muñeco! 
            -Creo que debes leer a Chespir -me dijo Mari Polvo con una sonrisa irónica sobre sus labios, seguro que ella conocía la nueva espiral donde me metía-. Mister Derri, Derribo para quien prefiera las películas subtituladas, es crítico y no sé por qué se empeña en buscarme sólo las erratas. ¡Qué le voy a hacer?, le gusta hacer el amor a oscuras -pensé que me estaba enfrentando a un ser maléfico, engatusador y lleno de putrefacción, di un paso atrás-. Te equivocas -me dijo Mari Polvo con esa boca dialógica disfrazada de carmín-, con la marcha atrás se te ponen los ovarios como asteriscos. Tienes que llegar hasta el final, ser verdadera.

            ¡Por Dios!, aquello era el colmo. Ella me estaba diciendo que yo fuera verdadera. Decidí pagarle con la misma moneda. Se iba a enterar de lo que era cinismo:

            -Ahora pretende vuesa merced que yo diga la verdad y la verdad sólo la merecen quienes saben respetarte. ¿Es usté de esa clase o se viene abajo en cuanto le sacan de su territorio? Bien está, que si verdad quiere yo le daré verdad con creces y se le meterá en las venas y en las sienes como el rumor del viento a través de las ramas de la casuarina. Quién sabe, lo mismo ha tenido usté ya mi verdad entre sus manos y no se ha dado cuenta.

            -Hablas como los resentidos que guían a los ciegos y me subrayas como la gente que sólo se ve a sí misma en cada una de las palabras. Eso es locura, ese es el mal de Carmen la suave republicana.

            Agaché la cabeza. Mari Polvo de nuevo había conseguido sonrojarme, automáticamente descubrí que ese no era un buen sentimiento. Ella simplemente me estaba pidiendo que creciera, si había surgido el fantasma de la duda entre nosotras era porque me tenía verdadero aprecio y quería que reconociera el valor de su saber, esa semilla la había sembrado sencillamente para que ella siguiera siendo ella y yo continuara siendo yo aún después de habernos conocido. Quise ser sincera:

            -¿Cómo te gusta que te traten?
            -Desde luego no como el buen soberano Jimmy Sailor, que me rechaza de entrada, me dobla en cualquier esquina y después me deja tirada porque dice que soy de esa clase de cuentos que sólo leen las mujeres. Trátame como a una persona no como a una máscara. Fíjate, un día esta Biblioteca desaparecerá y eso no tendrá la menor importancia. Quedará al descubierto el teatro, sólo el teatro, y en él habrá que otorgarle los aplausos a los actores honestos que no se lleven los disfraces a casa.

            Le di un abrazo, sin más rodeos. Y hasta tenía ganas de llorar, estaba muy emocionada y me sentía feliz y hasta quise que me perteneciera, pero los libros como los amores nunca nos pertenecen; que algunos, generosos, se quedan bajo la piel y no cesan de susurrarte que seas libre y que te rías, ¡coño!, de una puta vez.

           No quería despedirme de ella y sin embargo había llegado el momento, tenía que estar dispuesta para la ceremonia de los adioses, debía abrir mis manos, dejar que volara y cuando la vi alejarse me dio la impresión de que tenía perfil de pájaro. El muchacho de la toga también se despidió y sus cejas perfiladas con la maestría de un pintor detallista me hicieron un gesto de gratitud. 


Debía volver a la Metacasa, tenía que airearla, ya no quería dormir en la cuna. Le diría a Carmen Republicana que me instalaba en la Bichambre y que me diera la cama de matrimonio, que yo quería dormir a mis anchas, que se la cambiaba por dos camitas individuales, que así Jimmy Sailor (el Soberano), y ella o se respetaban como hermanos o volvían a desearse. 

A Doña Fuensanta le diría que me diera el tapiz, que a mí ya no me importaba pedir ni hincarme de rodillas, que quería colgarlo al lado de la Magdalena, que ya era hora de que se nos reconociera nuestra labor de hilanderas. Y una vez instalada en mi nueva habitación con esa pluma de ave venida de Singapur haría un dibujo fidelísimo sin coordenadas erradas, que son pocos los artesanos que llevan el ritmo en sus venas y son capaces de trasplantar casas y murallas sin que se altere la impresión verdadera del conjunto,  que a ese mapa de Medialdea le redondearía algunas esquinas para que ninguna Esperatriz se perdiera. 

Y todas las tardes iría a la Biblioteca para poder construir un país grande como una Enciclopedia y que en ese país no valían las tertulias matemáticas de uno y uno igual a dos medidos con distinto rasero, que yo también tengo derecho a tener mis ambiciones. Y si alguien se le ocurre decirme que tengo delirios de grandeza le daré la razón como a los locos y le diré que qué hay de malo en querer ser la mejor escritora del planeta, que pa eso llevo años estudiando la galaxia y las estrellas y preparando un relato donde cuento la historia de la tierra desde el punto de vista de su satélite, ¿es que van a llamarme lunática a estas alturas? 


                                                                       (Continuará)









domingo, 9 de febrero de 2014

Capítulo XII - A lo que le llaman fin : 1ª Toma




                        Despertóme una avecilla que me cantaba al albor. Había dormido durante toda la noche en el aseo tendida sobre la solería helada, si por lo menos el suelo hubiera sido de madera tal vez podría haberme abrazado a su calidez. Tenía las manos húmedas y los párpados cargados de hinchazón y sueño, apenas podía ver nada. Me dolía mirar y me acurruqué sobre mi propio cuerpo que derivaba sin límite hacia el fracaso y la autoaniquilación. Pero ya digo, despertóme una avecilla, para más señas golondrina de colores mates y afortunados. Me ofreció una de sus plumas y por no ser mal educada me levanté y le di las gracias. Era hermosa y quise acariciarla, entonces ella voló mientras dejaba la humildad de sus sonidos sociables. Me miré al espejo: la imagen era monstruosa: mi mirada estaba plagada de esquejes antiguos: tenía una careta barroca e insoportable: llevaba maquillaje de actriz sin darme cuenta: tenía que tener cuidado si no quería llegar a ser un pequeño Lorenzaccio. STOP.

            Salí del baño, en mis manos portaba el ala frágil que me proporcionaría la huida. Comprendí después de contemplar mi rostro cuajado en aquel transparente negativo que si no quería convertirme en Madame Cliché tenía que humanizar los tópicos que durante años me habían servido de sustento. ¿Serviría para algo? Sí, claro que sí. Siempre es útil vestir de dignidad a los estereotipos, se hacen cercanos y abandonan su estirpe temible, capacitan para el diálogo y sugieren festejos.

            Necesitaba guardar silencio. Entré en la Casa del Reloj y me puse a dibujar haches mudas, Doña Fuensanta y Don Teodoro guiaban mi mano infantiloide, ellos eran generosos conmigo, no tenían nada que hacer excepto dar la hora, pero esa tarea hacía años que no se producía. Ellos, realmente, eran dos muñequiños de plata dormidos por la inoperancia de un cronómetro suizo. Padecían la gran parada y por eso estaban eternamente quietos y a mi disposición. Allí, acurrucada sobre los minutos muertos hacía muestras calladas. Muestras y muestras y muestras y muestras hasta que un día llegó Mari Polvo y preguntó por mí:

            -¿Dónde está la niña?
            -¿Qué niña? - preguntó Carmen repúblicana.
            -No lo sé -respondió Jimmy Sailor con la ignorancia propia de un rey
            -Yo la vi ayer haciendo garabatos en el patio -dijo la tía Lola, autonómica ella, cercada su mente por el dique de sus propias limitaciones.

            Mari Polvo que era decidida y nada perezosa fue en mi búsqueda, la buena mujer aunque estaba desencuaderná de tanto trabajar se agachó frente a mi casa de ficciones y me pidió permiso para entrar. Me extrañó tanto aquel gesto que todavía conservo la sorpresa.

            -Venga, que te voy a lavar la cara y te voy a invitar a un chocolate calentito. Tienes los ojos irritados, ¿es que has llorao?
            -No.
            -Entonces ¿qué te pasa?
            -Se me ha metido una mota.
            -Ven que te vea. Te la voy a quitar. Aquí está -dijo la Cuca enseñándome el borde limpio de su pañuelo, porque la Cuca era simplemente una mujer que sabía satisfacer hasta a los enfermos imaginarios, dominaba a la perfección el juego del trompe l´oeil-. Venga, vámonos pa la calle, todo se arregla con un oportuno cambio de aire.
            -¿Cojo la capita?
            -No -me dijo tajante-. ¿No te das cuentas de que tienes más capas que una cebolla? Ya está bien, ahora vamos a ir en línea recta.
            -Así fue como empecé, pero no me dejaron.
            -No te justifiques. Venga, que ha llegado la primavera. ¿Y esa pluma?
            -Es de golondrina, si alguien me la quiere quitar noto que ya no me ama.
            -¡Vaya!, y yo que creía que hacías las cosas a tontas y a locas. Bueno, dejemos la charla y vámonos pa la calle que es donde se ve si uno sabe tener ademanes respetuosos. Hay gente que no sirve ni pa tomar cervezas.
            -Y digo yo, ¿por qué no nos bebemos un vino en vez de tanto chocolate, tanta agua y tanta tontería?
            -Todo se andará, ciudadana –dijo Mari Polvo que conocía las tapias con cristales y sabía cómo sobrepasar fronteras.






            Entonces sonó una música finísima, era alegre y mesurada, olía a civilización, tenía el regusto de las grandes conquistas humanas, la medida constitutiva de las leyes aprobadas por acuerdo y la voz templada de los instrumentos que huyen de las estridencias. Miré de soslayo a Mari Polvo, al fin y al cabo no la conocía tanto y me daba vergüenza estar a su lado, en ese momento el silencio la envolvía, comprendí que esa era una de sus cualidades: dejar acepciones en blanco para que yo las rellenara. En la radio la locutora habló de Jendel y de no sé que Zuit.

            -Yo quiero conocer a ese hombre -le dije a Mari Polvo y ella me dio la mano. Quise borrarme del mapa, sentía mucho frío, olía a sudor, había pasado una noche detestable que me había parecido un siglo.
            -Te voy a llevar a donde trabajo, es aquí cerca. No te preocupes por tu aspecto.



                                                                                              (Continuará)