domingo, 5 de agosto de 2012

Primer viaje a la Ciudad de los Magnolios



Tus dedos invisibles
en la torre del mar
donde vivíamos sin desayuno
y la luz se hizo mansa
mientras lloraban los extranjeros.

Tus dedos despertando
sensaciones tan leves y
tan ciertas…
Y me recogen sin destino
como si se hubieran quedado
en la primera edad.

Tus dedos compañía
de los mapas,
fraternos al principio
para ser más pecado.

Tus manos tiernas
como palmeras
abundantemente regadas
por la humedad del clima
neblino y sin alhajas.

He de seguir la ola
y la sal de tus caricias
como la ciudad de Roma
sigue sus leyes y las olvida;
como las piñas saben,
dulces, al agua a la que sirvo;
como sabe tu piel
a concha y balneario,
a blanquísima muselina
dentro del espejo
donde se albergó, por un instante,
tu belleza, allá entre las viñas.


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