domingo, 9 de septiembre de 2012

Discursillo nº 1 : El rumor



         El  28 de Mayo de 2001 fui a Madrid a presentar mi novela El rumor, que no era mi primera novela, pero sí la primera que publicaba. Hacía sol, los puestos de libros del Retiro me parecieron insultantemente idénticos y entre ellos no encontré a Martín Gaite, esa dama. Había muerto diez meses antes y yo no pude cumplir el sueño de conocerla. Había leído los Usos amorosos de la postguerra española, Retahilas, Entre visillos, La búsqueda del interlocutor y otras búsquedas… ¡Ah! Y también su poesía editada por Hiperión: Después de todo. Poesía a rachas. Ese libro lo compré un día de calor, en Sevilla, en la librería Ocnos. Y me deleitaba con la lectura repetida del poema “Ni aguantar ni escapar”, que desde que lo conocí me ha parecido tan hermoso. “Ni trop haut, ni trop bas, c´est le souverain style” dice Munárriz, el encargado de la edición, que decía Ronsard. “Ni demasiado alto, ni demasiado bajo”, me decía a mí misma dándome particulares lecciones de estilo. Pero no, no hallé a Martín Gaite y no pude contarle que yo era tan desordenada, tan desordenada, que se me llenaban los cuadernos con la lista de la compra, con algún poema, las cuentas que siempre hago para nada, fragmentos de novelas que pienso algún día terminar y direcciones y números de teléfonos que pierden a sus titulares.

            Mi libro se presentó en la librería Crisol de la calle Galileo. Una escritora de voz como el pan, necesaria, leyó unas páginas de mi obra, concretamente del capítulo cuarto, no lo olvidaré. Me emocionó ese decir, la mujer se llamaba Paca Aguirre y me dijo que cuidara las palabras para que no se volvieran en mi contra. Nunca he tenido tan cerca un oráculo.

            ¡Cuánto le debemos a esas damas! Martín Gaite, Paca Aguirre, Esther Tusquets, Rosa Chacel, Ana María Matute, Marina Mayoral, Nuria Amat, Monserrat Roig, Ana María Moix, Marisa Madieri. ¡Cuánto valor! ¡Cómo me han educado sin ellas saberlo!, ni demasiado alto ni demasiado bajo, pero con constancia. Gracias a todas.

            Aquel día pronuncié este discursillo para darme un poquito de importancia, para que los que me querían me quisieran más y para que mi editor, Manuel Rico, y mi agente, Ángeles Martín, se sintieran orgullosos de mí. Estas fueron mis palabras de aquel caluroso 28 de Mayo del 2001.

Buenas tardes:

            El rumor es una obra sencilla con un lenguaje fácilmente comprensible. Eso sí, hay que señalar que en la escritura aparecen los siguientes fenómenos lingüísticos: ausencias arbitrarias de las terminaciones en –ado, la utilización también arbitraria de por todo, de pa por para, de por muy o de por nada. También hay alguna peculiaridad en el vocabulario que se resuelve fácilmente por el contexto. Inés, la protagonista-narradora de la obra, tiene una forma de hablar híbrida, pero esa hibridez es clara, a través de ella descubrimos el ambiente donde crece y hacía donde se encamina, a la vez señala la fuerza emocional que tiene cualquier forma de habla, mejor dicho, cualquier acto de expresión. En fin, a estos fenómenos no hay que darles más importancia de la que tienen: la de ser espejo del contenido dialógico de la novela.

            En El rumor quise contar la historia de una niña que vivía los últimos coletazos de la tiranía absoluta en un medio humilde y cómo influyó en su destino la llegada afortunada de la democracia.

            Lo del medio humilde me llevó a considerar que no quería que la novela se convirtiera en uno de esos textos carentes de sentido del humor y lleno de “realismo puerco” simplemente porque los personajes son gentes sin posibles, mejor dicho, sin muchas posibilidades. Así que busqué un tono risueño para contar las experiencias de Inesita y para ello hice que la novela estuviera escrita en primera persona aunque la narradora habla desde la distancia y la tranquilidad de ver cómo se van cumpliendo poco a poco sus íntimas ilusiones, cómo va elaborando su propio destino.

            Inés nos cuenta su vida en la escuela, su magnifico encuentro con un hombre que ella supone su abuelo, (un desertor de nuestra guerra civil), nos cuenta sus relaciones con sus amigas, nos cuenta la historia de Sabel, (símbolo de libertad), nos cuenta su existencia familiar, su primer amor. Resumiendo: bajo su óptica infantil nos narra el tránsito de un régimen de íntegra severidad a otro en el que se vislumbra la voluntad de, poco a poco, corregirnos los unos a los otros. Es decir, el paso de un escenario precientífico a otro donde el deseo de conocer y de aprender no está vedado por la irracionalidad de un poder ilimitado. En fin, nos cuenta su vida en Providencia, el lugar donde todo está escrito y donde, de pronto, todo, de nuevo, puede empezar a escribirse. Porque El rumor trata del Destino, de sus múltiples veredas. De ahí la cita del principio: “Muchas veces he pensado que de todos los signos del zodíaco, el mío es el peor. Pero no importa. Yo no iba a permitir que algo tan pequeño como las estrellas entorpeciese mi camino”. Dice Ava Gardner en su autobiografía publicada por Grijalbo en 1991.

            Bueno, como no quiero destriparles la obra voy a hablar del telón de fondo sobre el que se edifica, es decir: el Destino. Esa palabra tan desmesurada y que nos persigue constantemente es como un mar, un mar incesante de múltiples rumores y potencias. Cada uno llevamos nuestra cruz a cuestas como se dice vulgarmente y muchas veces somos tan ciegos que no consideramos la cruz de los otros.

            Por eso cree el campesino desde la montaña que la mar siempre está plana, y se equivoca, si no que se lo pregunten a Ícaro, el de los ojos borrachos de sol, aquel al que se le fundieron las alas de cera cuando estaba en pleno vuelo, aquel que no escuchó a Dédalo, su padre, y tuvo la soberbia de acercarse al astro rey y caer al mar. Les hablo del Ícaro de Bruegel:

            Les voy a describir el cuadro de este pintor flamenco: En el mar de pintura que creó el artista se ven las piernas desesperadas del muchacho agitándose, una mano pequeña y los chapoteos anárquicos de un hombre que se ahoga. El paisaje con la caída de Ícaro creado en 1558 es un cuadro donde el espectador posee la mirada de Dios y es difícil hallar al protagonista zozobrante. El resto de personajes que aparecen en la escena, es decir, el labriego, el pastor y el pescador, absortos en el arte de sus tareas, desconocen la tragedia que ocurre cerca de ellos. Atardece, a lo lejos se ve un puerto, justo al lado del hombre que está a punto de morir hay un barco silencioso. (Este párrafo es una síntesis de lo que aprendí en el libro Pieter Bruegel el Viejo: hacia 1525-1569: labriegos, demonios y locos de Rose-Marie y Rainer Hagen, Taschen, Köln 1994, gracias a él aprendí a contemplarlo).

                                                         

Paisaje con la caída de Ícaro


            Según las convenciones académicas de la época se solía dibujar a Ícaro y a su padre mientras volaban; el hijo entusiasmado en la ascensión, Dédalo prudentemente alejado del fuego de los rayos solares. Pero es que Dédalo ya era perro viejo. Arquitecto en la corte de Minos, donde construyó el Laberinto que paradójicamente se convertiría en su propia cárcel y en la de su hijo, no dudó a la hora de escapar de Creta en crear unas alas de plumas pegadas con cera, precursoras de los estrambóticos inventos de Leonardo da Vinci y de nuestras modernas alas deltas.

Caído junto a un barco que no lo ve.
                                              

            Y mira que le dijo a su hijo Ícaro que no se acercara al sol, que tampoco se arrimara al mar, que sólo en el justo medio evitaría el calor y la humedad, enemigos mortales para los hombres alados. Ya sabemos que el joven Ícaro no le hizo caso y, posiblemente, mientras se ahogaba recordaba bajo la turbulencia aplastante y muda del agua las palabras de su padre. Posiblemente Ícaro no sabía nadar o quedó aturdido con el golpe y murió sin saber que era un hombre que no había aprendido a descifrar la utilidad de las corrientes ya fueran de aire o de agua. En fin, como joven e inocente no conocía el antiguo deber del ser humano de someterse a la naturaleza como se someten los buenos nadadores.

Pataleo de piernas jóvenes. ¡Pobre Ícaro!
                                                          

            Hablemos ahora de los nadadores, de los juegos de agua, juegos tan diferentes de la lógica cruenta del ajedrez. El nadador o nadadora se pone de pie en la orilla. Sopesa el valor del agua, entre sus dedos resbala la arena húmeda, gracias a ello averigua la fuerza de la resaca. El día es hermoso, la claridad aplastante te deja medio ciega, no importa, te lanzas al mar como si fueras una flecha, das brazadas imitando a los atletas, unas olas pequeñas rebosan la mansa presencia del agua, las remontas, tu cabeza sobresale en lo alto de la cresta, parece que te hubieras comprado un voluminoso vestido azul con un solo volante. Pero ese vestido se enreda, las olas aunque siguen siendo pequeñas se multiplican y se cruzan, intentan desorientarte, aquello es la trapisonda. Se escucha la risa de los niños divertidos, la algarabía de la playa. Los latidos del corazón son rápidos y precisos, no habías reparado en ellos hasta que se produce un brusco cambio de ritmo: allí a lo lejos, como una zarpa se levanta una ola gigante. No te da tiempo a salir, sin más le plantas cara, las risas son ahora gritos de asombro. Rodeada de tanto líquido y tú con la boca seca. No tienes elección, mides el tiempo intuitivamente: esperas el momento justo de sumergirte, no puedes equivocarte, si no te convertirías en una marioneta del agua. Finalmente hundes tu cabeza, para ello has aprovechado el volumen de la ola que no deja de crecer y crecer, y penetras en la falda de la montaña líquida y excavas hasta lo más profundo. El ligero masaje de la onda sobre tu espalda delata su paso. Cuando la nadadora sale con el pelo revuelto y los ojos ansiosos descubre que el mar, de nuevo es una meseta. A lo lejos se anuncia una nueva ola, esta vez le da la espalda y utilizará su fuerza para que la lleve hasta la orilla.

El pescador con sus hilos transparentes y el pobre Ícaro luchando con las aguas.



            Lo mismo están ustedes pensando: esta mujer se nos ha perdido, ¿de qué nos está hablando? Les estoy hablando de los laberintos, del laberinto de cañadulces que se propone atravesar Inesita, del inmenso laberinto que es toda Providencia, el marco geográfico donde se sitúa El rumor, hablo del laberinto de las corrientes marinas, del laberinto de las palabras, el laberinto de la droga, el terror o el delirio. Y les estoy hablando de la necesidad que tiene todo ser humano de salir de ellos porque al final todos estos laberintos se reducen a uno: el miedo a la palabra de los dioses o a los hombres-dioses con su lógica absurda como muestra muy bien Albert Camus en su Calígula, lógica de enfermos.

El pastor mirando las nubes y el  pobre Ícaro con la cabeza bajo agua como un parado sin  subsidio


            Hablemos ahora de la enfermedad: En 1985 murió Rock Hudson. De nuevo se escuchaban las palabras maldición y plaga unida a una enfermedad: el SIDA. Y también, por supuesto, los hombres, tan fieros como nuestros prejuicios, señalábamos como culpables de esa enfermedad a los propios enfermos. Entonces pensé que inaugurábamos una nueva época: la de los virus mutantes y que si se creaba un fármaco debería tener la misma estructura formal que el virus que debía combatir, estructura voluble como el agua y sus marejadas. Pensé entonces que la literatura, si no quería quedarse encorsetada en sus propios flujos añejos, debería imitar también esa estructura. Cuando hablo de flujos añejos de la literatura me refiero a aquellas novelas de un YO devastador que por otra parte tanto nos han aportado sobre el conocimiento psicológico de los personajes, o me refiero al llamado realismo mágico que puede llegar al hartazgo milagrero si sigue profundizando en la vena narrativa sin explotar su variante dialogística, pero al que estamos tan agradecida porque ha dado a la literatura hispana una vitalidad popular. Al hablar de flujo añejo de la literatura me refiero al Superpoeta inspirado de Platón o al Supercamoens fingidor de Pessoa. No me refiero a las aportaciones respetuosas de las intimidades de los personajes, de la inteligencia de los lectores.

El labrador con la cabeza gacha, mirando su arado. Cree el campesino desde la montaña que la mar siempre está plana; dice el refrán.


            Y es que la literatura no puede vivir de la soberbia del autoengaño y sin valor de renovación sufriría entonces el mal de las artes desesperanzadas. Por eso los escritores deberíamos tener el valor de servirnos de nuestro propio entendimiento (¡Sapere aude!) para construir una poética para las Personas. Aquí lo que se pretende, como dice María Zambrano ya en 1958 en Persona y democracia. La historia sacrificial, es una “humanización de la sociedad”.

                                             

            Les voy a contar ahora cuál ha sido mi método de trabajo. Primero tuve que conquistar el tiempo para poder trabajar como mujer que escribe, esto me llevó a la consideración del concepto de EVITERNA. La eviterna es aquello que habiendo comenzado en el tiempo, no tendrá fin, como las almas racionales. Se puede escenificar con la línea recta. Los seres de la ODISEA se mueven en el eje espacial y su meta es el retorno. Los que apuestan por la Eviterna reconocen al tiempo como su guía y no tienen deseos de regreso, una vez que se ha conquistado la razón, un paso atrás significaría envolverse, de nuevo, en las telarañas del primitivismo. Pero atención: No es necesario que estos dos conceptos: Odisea y Eviterna, viajen separados, es más, no es posible: el mundo se ha hecho muy pequeño.

¿Podrá Ícaro llegar a buen puerto?


            Empecé a trabajar; en un lado tenía la idea de persona como medida de todas las cosas, en el otro la de eviterna. Y escribí y escribí y sigo escribiendo. Trabajo sin parar en ese proyecto, sólo espero que a ustedes les guste y tengan paciencia. La lectura y la escritura se producen a ritmos diferentes y los lectores, a veces, acostumbrados al Superpoeta platónico o al Superfingidor pessoiano pueden volverse exigentes. Yo sólo soy una persona de carne y hueso y además les tengo que confesar un secreto: (creo que no está mal que los escritores, de vez en cuando, descubramos nuestras acepciones íntimas): Yo de pequeña lo que de verdad quería ser era patinadora artística sobre hielo, pero me crié en Málaga y comprendí pronto que allí era difícil que nevara. Como los lápices si estaban al alcance de la mano me agarré a uno y como el papel se parecía al hielo dibujé sobre él historias. Desde entonces todas las mañanas del mundo me he levantado escritora. Y es que como cuentan en esa película de Alain Corneau: “Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno”. Ya ven, algunas veces hay que someterse al destino para salir del destino como hacen los nadadores del mar, y es que todos los humanos somos limitados, nuestra fuerza no es infinita, de pronto podemos ser sorprendidos por un Tsunami, es decir, Ícaro puede caer.

Piernas de Ícaro.


            Pero yo soy optimista, quiero pensar que el muchacho al caer fue a parar al Arrecife de las Sirenas y que allí ellas le cuidaron y le ofrecieron una casa dentro de una ballena. No hablo de la ballena de George Orwel aunque le estoy muy agradecida por su análisis de la obra de Henry Miller, tampoco hablo del Leviatán de Hobbes el temeroso ni de la monstruosidad blanca de Moby Dick, ni de la austera estancia de Jonás. Se puede decir que hablo de aquella ballena que se describe en el décimo octavo canto del Crótalon de Cristobal Villalón, esa novela de inspiración erasmista perteneciente a nuestro Renacimiento. Que mencione ahora el Renacimiento no es porque añore aquella Edad de Oro, sin ir más lejos este mismo texto que tanto admiro es bastante misógino, y eso no es de mi agrado. La Ballena hoy sería el universo de ficciones, el arte de la palabra, el ejercicio literario donde cabemos todos. Gracias.


Cuando volví de mi viaje a Madrid, mi amigo José Álvarez me regaló este ex-libris que había hecho para mí.
                              



            Hoy, doce años después de haber pronunciado aquellas palabras, tengo que decir que considero mi obra como una canción, un poco extensa, la verdad, pero, al fin y al cabo una canción.


                                   La canción de la pequeña palabra

                                   Hay días que tengo la virginidad en la boca
                                   y solas se me salen las rosas de la espalda.
                                   Todo sucede en la amarilla soledad de las luces
                                   o también en el refrescar oscuro del fin.

(Este poema abre el libro Poesía sociable publicado en 1997).







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