domingo, 31 de marzo de 2013

Capítulo VII : La temprana edad - 4ª Toma



            -No tengas miedo, soy yo, la Esperatriz.
            Era una mujer joven y desnuda y con gestos de odalisca rodeada de ciegos flechados, tiernos como la carne membrillo.
            -¿Tú también estás muerta? -dije entre pucheros mientras en los oídos se reproducían los latidos de mi corazón.
            -No, no, no -me dijo suavemente-. Yo soy feliz y vivo en un valle donde hay un río muy grande rodeado de montañas con cimas de nieve.
            -¿Dónde está ese sitio? Llévame contigo.
            -No, no, no -me dijo suavemente y por eso no me enfadé con ella-. Cada uno tiene que conquistar su paraíso.
            -¿Cómo?
            Entonces la Esperatriz me hizo cosquillas con una pluma y me reí con mucho regocijo.
            -No seas tonta, toma lo que tengas a tu alcance y no te vengues de nadie.
            -¿Qué es vengarse?
            -Recordar con amargor. Ten.
            -¿Qué es esto?
            -Un terrón de azúcar.
            -¿Para llorar?
            -No, para que conozcas el sabor de los besos sin miedo. Cada vez que chupes uno aparecerá otro por arte de magia.
            -Me está entrando sueño.
            -Es normal después de dormir inquieta. Descansa mil y un minutos y después sigue tu camino.
            -¿Sola?
            -Sí.

            Y la Esperatriz se esfumó y yo me quedé rodeada de plumas dentro del armario que pareció ampliarse como una suite de un hotel hecho especialmente para niños. Allí dormí diecinueve horas y sesenta segundos seguidas con la paz blanda de las concordancias adecuadas entre cuerpo y espíritu. Cuando desperté me sentí fuerte y arriesgada y se me había olvidado la vigilancia de mis propios sufrimientos, ahora sí que había crecido de verdad y tenía ganas de sonreír y hasta estaba dispuesta a entregarme para que acabara aquel estúpido juego del escondite que por otra parte tanto me había enseñado. Así que de golpe abrí la puerta del Armario y de un salto me planté en medio de la habitación. ¡Qué tontería! Se me había olvidado que el tiempo me había pasado por encima con el sortilegio de sus noches encantadas, igual que los cuentos que fabricara una mujer para amar al límite del amor mismo, para amar hasta a sus íntimos verdugos. Una ráfaga de luz completa y plácida entraba por las dos ventanas y bañaba la estancia de celestes ráfagas.

            Pero esa luz empequeñeció en un instante y empezó a trasmutarse en yelo perla. ¡Qué raro! ahora junto a la ventana Norte había una mesa redonda con una taza grande en la que dormían los posos de un café lleno de presagios nefastos y entre la cama y el armario había una hornilla gigante. Se ve que durante mi estancia en el armario la cosas habían cambiado notablemente. La vida es así, sobre todo para los niños, que de pronto se ven sometidos a profundas mudanzas sin consulta previa. Decidí salir de la habitación, cuando empuñé la inmensa llave de la cerradura vi grabadas unas palabras enigmáticas en su contorno, doblé la cabeza y leí: El Salón de los Rechazados. Di media vuelta y eché un último vistazo. ¡Ah!, sobre el dintel de la ventana Este había una lámina estrafalaria: era la figura imposible de una japonesa rubiasca y con los ojos redondos, vestida con un kimono mediorojo donde estaba paralizado un bigotudo con espada de samurai, la mujer se hacía aire con un abanico. A la izquierda de la lámina había un nombre garabateado, me puse de puntillas, Claude Monet, ponía Claude Monet y una fecha: 1876. Seguramente era un retrato de la Esperatriz, un retrato de la noche de su fuga. Pero, ¿la Esperatriz no tenía el pelo negro? No sé. ¿No era pelirroja dentro del armario? No sé. Tal vez fue una impresión leve la que me había hecho manejar ese falso dato. Parecía una estampita de comunión llena de verdad y mentira.


La japonaise vista a través de los ojos de Irene.


                 El caso es que en aquel momento sonaron las campanadas de un reloj de péndulo estático que estaba encima del Baúl Inspirado, ¿había estado allí siempre? Dieron doce campanadas. Cuando acabé de contarlas me di cuenta de que sabía contar y por una simple asociación de ideas, los números se unieron a las letras y comprendí que era yo la que había leído los distintos carteles, por lo tanto también sabía leer. ¡Qué increíble!, ¡qué alegría más grande!, además se trataba de una alegría sigilosa, sin testigos que hubiesen presenciado algo tan natural y que se había producido gracias a un aprendizaje diáfano e inconsciente. Me sentí tan feliz que me entraron ganas de cantar, pero no sabía ninguna canción, excepto la de los cinco lobitos y esa no me gustaba. ¿Cómo los dedos podían convertirse en lobos?, ¿qué extraño mecanismo animalizaba a los humanos? No, no me gustaba esa canción. Así que empecé a decir: lalaralarito, lalaralarito, lalaralarito y un rayo de sol delicado atravesó el visillo de la ventana Norte para despedirme del recinto.

            Salí al Zaguán de los Fracasados, otra nueva sorpresa me estaba esperando: las losetas blancas y negras sustentaban la geometría estudiada de una decoración utilitaria; había mesas por todas partes, mesas redondas, mesas cuadradas, mesas rectangulares cubiertas de hules floreados y pretenciosos. ¡Qué extraño!

            Crucé a la habitación de enfrente, la habitación de Mari Polvo. La puerta estaba noblemente cerrada con un hermetismo delincuente, la abrí despacio, sin hacer ruido. El dormitorio estaba dividido en dos partes simétricas, en medio había una línea que separaba la Página Norte de la Página Sur. En la Página Sur hacía noche cerrada y en la cama el cuerpo de Mari Polvo acogía a otro cuerpo distinto acoplado sobre el suyo con el consentimiento de los jadeos placenteros, ambos estaban tapados por una tupida manta lila clara-clara bordada de copas blancas de todos los tamaños y que contenían vinos brasilados. Sobre la mesita de noche una vela color asperón. En la Página Norte una albura incongruente no me dejaba ver nada, la ventana parecía una linterna inmensa, así que quedó indescifrable aquella hoja del álbum. Cerré la puerta de la Bichambre. De nuevo me hallaba en el Zaguán de los Fracasados, ¿cruzaba en diagonal o me adentraba en la sala contigua? Siguiendo la senda de la pared llegué hasta la Cristalera de los Reflejos, la abrí y penetré en el Salón de las Peleas, una mesa grande estaba justo en medio, la cubría un tapete ámbar de pana, sobre ella un jarrón de formas clásicas, en el rincón otra mesa, esta cuadradita y alta, parecía un altar que esperara a un ídolo de imágenes sugerentes. Me vino un ruido de platos chocantes, atravesé el arco que comunicaba el Salón con la Cocina de las Mariposas, allí estaba mi madre, cara a la pared, fregando los platos.

            -Mamá, ¿dónde están los niños?
            -En la Empanadilla de las Edades -dijo mi madre sin dejar su tarea y la espuma le acariciaba las manos, y cuando me miró desde lo alto y agachó su cabeza pude ver que sus ojos estaban enmarcados por unas lívidas ojeras.
            -¿Eso qué es?
            -La habitación del principio y el fin, donde duermen la tía Nati y tus primos. Ve con ellos, pero no hagas ruido, es la hora de la siesta y tu padre está durmiendo en la Habitación del 2.
            -Vale -le dije muy suavito y me dispuse a ser obediente, no quería molestarla y menos ahora que había empezado a hablarme; bien visto, en tres años eran las primeras palabras que cruzábamos. Ya sé que mi léxico no era muy abundante, lo mismo la mujer se aburría con mi jerga diminuta. Pensé decirle que ya sabía leer, pero en aquel momento ella se llevó un dedo a los labios y me dijo: "¡Chissss!"

            Desandé lo andado, de nuevo estaba en el Zaguán de los Fracasados, junto a la Cristalera de los Reflejos, enfrente estaba la Habitación del 2 donde dormía mi padre, amplios ronquidos broncos vinieron a confortarme. Una sensación de calma cotidiana me acarició el alma.


                                                                                                 (Continuará)